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La riqueza de los muertos: festejos del Qingming

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A inicios de la primavera, en China, el día de la “limpieza y claridad” está dedicado a recordar a los muertos. En los cementerios, las familias enteras ofrendan billetes falsos, autos en miniatura y las comidas favoritas del difunto. Entre espíritus e inciensos, otros tantos aprovechan los feriados para una escapadita turística. Desde Shanghai, escriben para Dang Dai Lucila Carzoglio y Salvador Marinaro.

 

Por Lucila Carzoglio y Salvador Marinaro

En una esquina de Baoshan, barrio obrero al norte de Shanghai, la familia Hu dibuja tres círculos con tiza. La abuela hace bollos de papel y los apila, dentro de la circunferencia, con barquitos que simbolizan pesas de metal precioso. Su hijo prende el fuego y la familia se inclina al unísono en dirección a las tres llamas. En la intersección de dos avenidas rodeadas por edificios que se repiten uno igual al otro, los espíritus aparecen.

Se dice que la tradición del Qingming (traducido como el día de “limpiar tumbas”) es tan antigua como China. El culto a los antepasados constituye uno de los pilares del Confucionismo, esa disciplina a mitad de camino entre la religión y la filosofía que ha funcionado como núcleo medular del pensamiento y el Estado chinos desde el siglo V a.C. hasta hoy.

Durante la Revolución Cultural, Mao Zedong prohibió los rituales religiosos en un intento de “modernizar el espíritu y exorcizar los males del pasado”, pero las costumbres son difíciles de olvidar y las prácticas en honor a los muertos continuaron realizándose de modo clandestino. Hoy, el Qingming se celebra con tres días feriados, aunque uno de ellos se recupera el domingo. Ya ni la muerte justifica la ausencia en el trabajo.

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La familia Hu vive desde hace años en Shanghái, por eso creen que sus difuntos no deben andar muy lejos. Queman plata de mentira para que a sus antepasados no les falte nada en el otro mundo. También les ofrecen su comida favorita: un bol de arroz con pescado en salsa de soja y fruta fresca. Es noche cerrada, a lo lejos otra familia iluminada por las llamas comienza el mismo rito. Está prohibido encender fuego en la vía pública, así que ellos esperan a que los guardias se vayan a dormir para rendir tributo a sus difuntos.

Ya durante el día, un chico del brazo de su madre patea sin querer las cenizas que quedaron apiladas. Cuatro policías dan pitidos y hacen cruces con las manos para guiar el tránsito de la gente que va al cementerio. La humareda puede verse a varias cuadras de distancia y la cantidad de personas por los alrededores hace pensar más en un recital que en una jornada de duelo.

En el pórtico del cementerio de Baofeng, los empleados apilan baldes y tachos que reparten entre las familias para que el fuego no se descontrole. Billetes falsos de 8 mil millones de yuanes, letras del Banco Dorado, pesitas de papel de oro y plata, todo se quema para que a los abuelos, tíos y parientes tengan lo necesario y hasta se den algún gustito.

En las tumbas se amontonan pescados, cerdos, pollos y tofu, junto a las qingtuan, unas bolas de arroz glutinoso y poroto tradicionales de esta fecha. Hojas doradas, envueltas como un fajo de dinero, rezan en mandarín: “Oro para los ancestros. Dinero y alto estatus. Gloria y esplendor. Protección a los ancianos y prosperidad a la descendencia”.

La abuela Feng recita en mandarín y rocía la tumba de su esposo con vino amarillo, incluidos el autito en miniatura y la ropa nueva que le dejaron al pie de la lápida. La botella todavía no se acaba y el alcohol se huele a metros. “Era su bebida favorita. Por eso cada año, le traemos una botella, semillas y té”, dice la hija del matrimonio.

La tumba de Li Mei está coronada por narcisos, margaritas, lirios, dos cañas de azúcar y un paraguas. “Por si llueve”, explica uno de sus descendientes y toma uno de los tachos para encender las ofrendas. Mientras, la nieta, una adolescente con zapatillas blancas y auriculares puestos, sonríe entre epitafios. El padre pone una tela en el piso y se arrodilla con los inciensos en la mano. Le indica a su hija que haga lo mismo. La escena se repite: padres que limpian la tumba y cargan los baldes, abuelos que rezan y distribuyen las tareas del rito como parte de una enseñanza, los jóvenes que miran y copian.

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Cada familia es un pequeño árbol genealógico que crece de repente entre inciensos, plegarias y algún llanto. El día se aprovecha para estar juntos y comer después de visitar el cementerio. Al ser grupos numerosos, la conmemoración se planea con antelación: la tía se encarga de cocinar las ofrendas, la mamá de los papeles, el tío del transporte de la familia. Esta vez a Lili y a sus primas les tocó cuidar la casa. Los dos autos que había no eran suficientes para llevar a todos.

Como festividad histórica relacionada al ciclo de las estaciones, el Qingming marca para muchos el inicio de la primavera. Los cerezos en flor y el clima veraniego, sin embargo, no distraen las culpas. “Nuestros padres lo dieron todo por nosotros, así que uno nunca está a la altura de sus sacrificios”, dice Xiaomei. El ritual debe repetirse obligatoriamente durante tres años consecutivos tras el fallecimiento. Cumplido el lapso, es común que las familias continúen la liturgia, pero muchas veces las mudanzas impiden la limpieza de la tumba.

Según varias creencias familiares, esto puede generar enojos y resquemores en el inframundo. El hermano de Xiaomei, por ejemplo, tuvo dos años seguidos un accidente en las mismas fechas. Su padre, después de discutir con la esposa a qué ancestro debían reverenciar, viajó al norte para limpiar el nicho del abuelo. De ese modo, pudieron cerrar el ciclo de mala racha.

Entre los Zhen, algo similar se cuenta intramuros. Tras dos días de fiebres altas, los remedios no hacían efecto en la menor de la familia. La abuela tomó un bol de arroz, unos palitos y se puso a rezar. “Sé que nos extrañás y por eso viniste, pero la nena es sensible y está sufriendo. Prometo ir a visitarte pronto y llevarte algo”, dicen que dijo. Apoyó los palitos y dejó el bol en la puerta de la casa para que el espíritu saliera. La nena empezó a sentirse mejor ese mismo día.

Día de congoja para algunos, día de culpa para otros, lo cierto es que para muchos también es un feriado más entre tantos. En el distrito de Jing’An, una zona céntrica donde un templo budista convive con centros comerciales, los curiosos se reúnen alrededor de un set de filmación. Un diario local invitó a tres laowai a probar distintos tipos de qingtuan para hacer un video. El resultado es una compilación de caras de nervios, un poco de impresión y algo de disfrute, que se difundió en las redes chinas.

Por abajo, en el mundo subterráneo, la gente también se abarrota. Las líneas del metro no conectan con el más allá, pero llegan a tiempo al próximo destino. Durante estos feriados, cien millones de turistas se debatieron entre la tradición y aprovechar el fin de semana largo para unas vacaciones.

 

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