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Kasghar, otro viaje al Oeste

Turismo

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Por Gustavo Ng

En la habitación multitudinaria del Kashgar Old Town Youth Hostel duerme Zhang Yunfeng, que está viviendo una aventura. Conocía todas las provincias chinas menos ésta, Xinjiang, la mayor de todas, tan grande como Francia, Gran Bretaña, Alemania y España juntos. Los padres le prohibían venir porque correría peligro su vida en manos de los terroristas uigures, una de las 55 minorías étnicas de viven en China, se extienden en toda Xinjiang y algunos reclaman independizarse del resto de China.

El reclamo tiene diferentes formas, una de las cuales ha sido violenta, lo que espanta al resto de la sociedad. Asustado y dándole la razón a sus padres, Zhang Yunfeng evitó ese territorio del extremo noroeste de China, la provincia más grande y más desierta. Sin embargo, calentaba su corazón el anhelo por pisar todos los rincones de su patria y así concibió el plan de escalar en montañas de Xinjiang donde no había gente. Se entrenó como alpinista en su ciudad, Shanghai, y logró su cometido. Estaba satisfecho, pero he aquí que en la capital, Urumqi, debió tratar con uigures y comprobó que su alerta no estaba bien fundamentada: los uigures eran amables con él, gente como cualquiera, enfocados en sus trabajos, procurando ser buenos vecinos, buscando una casa mejor, construyendo un futuro para sus hijos, cuidando a sus padres viejos y con miedo a toda violencia.

Alguien le propuso ir a Kashgar, que no estaba camino a casa, sino al contrario, a 1.000 kilómetros de Urumqi, casi en la frontera con Pakistán, y allí los uigures eran mayoría. Rechazó la disparatada idea, pero ya su corazón había ganado el control de su destino y lo llevó al Pueblo Viejo de Kashgar, hecho de callejuelas pobladas de niños, entre casas iguales a las de 200, 500, tal vez 700 años atrás; casas de adobe, de dos plantas, con ventanas y puertas que eran joyas del arte arquitectónico.

Zhang Yunfeng descubrió mercados callejeros donde los campesinos de los alrededores iban a vender sus verduras, sus frutas y la carne de sus ovejas, concurridos por mujeres con la cabeza tapada y vestidas de colores magníficos.

A cada paso se encontró con los vendedores de melones, sandías y uvas, las frutas que los uigures producen para proveer a toda China. La tierra donde vivían los uigures era extremadamente árida, de hecho estaba en el lugar del mundo más alejado de cualquier mar. ¿Cómo podían producir aquellas frutas tan exquisitamente jugosas? En el Museo de Kashgar, Zhang Yunfeng habría de enterarse de las dinastías que se habían empeñado en consolidar el territorio construyendo sistemas de riego.

Aprendió también que los esfuerzos de los gobiernos de China por crear civilización en Xinjiang estaban también relacionados con la Ruta de la Seda. Kashgar fue el oasis más importante de esa ruta porque era el centro de intercambio de los imperios chino, ruso y británico. Por siglos los emperadores mandaron comerciantes, administradores, fuerzas de seguridad y otros agentes para controlar aquel flujo comercial, tan creador de globalización como lo serían los barcos europeos más tarde y, desde la segunda mitad del siglo XX, las tecnologías de la comunicación.

En las calles de Kashgar, Zhang Yunfeng habría de impregnarse de los restos vivos de la Ruta de la Seda, como los vendedores de alfombras que recibían clientes de Occidente o de Beijing en busca de exultantes alfombras nuevas o soberbias alfombras llegadas de Afganistán o de Yemen, fabricadas hacía 200 años. Las alfombras son omnipresentes en los espacios de Kashgar. Se tienden alfombras donde se come, donde se duerme y en las casas de té los hombres pasan el tiempo hablando y negociando sentados sobre alfombras. Tienen alfombras los colectivos para ocho personas que van en una plataforma tirada por una moto, la tienen los hoteles de lujo y son alfombras las que revisten los asientos de las miles de motonetas, el medio de transporte preferido.  Las alfombras son componente genético de un mundo en que la sangre nómade jamás se extinguió y aún corre con fuerza.

Otros tesoros transportables centellean sus brillos en las calles de Kashgar. Las joyerías están siempre pobladas por novios, madres de hijas que cumplirán años, familias con boda en puerta, esposos maduros en un momento de galantería. Muchas circunstancias son ocasión para regalar oro labrado hábil y bellamente. Otras joyerías se dedican exclusivamente al jade. Algunas se extienden hasta donde llega la vista, habitadas por collares, estatuillas, brazaletes y dijes que circularon entre la costa oriental y Europa en los laberintos del tiempo.

El comercio que creó mundos a través de la Ruta de la Seda anida en Kashgar. Zhang Yunfeng lo comprobó en cada rincón de una ciudad donde todo se vende y se compra frenéticamente. Abundan en el Pueblo Viejo los mercados, de medicamentos, de gorros musulmanes (topar), de frutas secas, de ropa, de cobres y bronces para la cocina, de cosmética para las hermosas uigures. Nuestro joven no podía dejar de fotografiar cada detalle, como si tomara una foto de cada estrella de una galaxia. Así llegó al Gran Bazaar, uno de los más grandes de toda Asia, que explota cada fin de semana.

Una muchedumbre a pie, en moto y otros vehículos se amontonaba en cada metro cuadrado de los pasadizos que forman una red de incontables kilómetros, recorriendo puestos en los que se vende mucho más de lo que la imaginación más fértil puede concebir, desde mamaderas hasta drones, desde paneles solares hasta radios descompuestas, o camellos...

Los mercados del Pueblo Viejo se organizan por calles: la del hierro, la de las alfombras y otras. Es algo antiguo y hoy está puesto en valor turístico. El gobierno central promueve el turismo en Kashgar e invierte en la cultura uigur, fuente mayor del atractivo de estas antiguas ciudades.

Los uigures, 90% de la población de Kashgar, necesitan cultivar la identidad de su cultura, convertirse cada vez más en sí mismos, para recibir ingresos de la industria turística china, que crece de manera vertiginosa y hace colapsar su capacidad en las vacaciones. Necesitan cultivar la identidad amasada por diez, quince o  más siglos, para no ser asimilados por la cultura china.

Ahora los líderes uigures y los funcionarios gubernamentales han conseguido esta solución, que aparece como sabia, no sólo respetando las tradiciones, el lenguaje, la religión de los uigures, sino profundizándolas. Lo ancestral deviene en atractivo turístico y así la salida del aeropuerto es espectacular, se crean parques y las casas del Pueblo Viejo, tras ser amenazado con el desmantelamiento, se reconstruyen desde los cimientos con servicios modernos, pero con la arquitectura original y el trazado urbano milenario. Por esas callejuelas Zhang Yunfeng fotografió puertas magníficas, herreros trabajando en la vereda, panaderos que cocinaban sus nan (panes de larga vida) en hornos verticales, vendedores de melones, vendedores de jugos de granada, que exprimían a la vista. Y tomó retratos, muchos retratos de solemnes ancianos, de familias que posaban tomándose los brazos, de niños con caras de sabandijas. Y así terminó de comprobar que no sólo nadie lo atacaría, sino que estaba entre gente afectuosa.

Un gran alivio fue creciendo en él hasta que su corazón se llenó de agradecimiento. Necesitó hacer algo con ese sentimiento, pensó mucho hasta que tuvo esta ocurrencia: imprimiría las fotos de retratos y se las llevaría a los retratados. Así lo hizo, y cuando empezó a distribuirlas se vio envuelto en una fiesta. La gente lo rodeaba, lo palmeaba, todos reían. Un hombre grueso, enorme, le pidió que fuera a su casa al día siguiente y, al llegar, Zhang Yunfeng se encontró con una extendida parentela que lo esperaba con una mesa servida en su honor. Era una interminable mesa con un mantel blanco sobre el que relucían exquisiteces como joyas.

Zhang Yunfeng entregó al hombre la foto enmarcada de su padre, un uigur venerable que había posado con su nieto, y se abrazaron.

 

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