La larga tarde: cinco fragmentos del tiempo en Mendoza

18 septiembre, 2026

El codirector del Instituto Confucio de la Universidad de Mendoza, Oscar Chen, escribió en el último número impreso de Revista DangDai un relato introspectivo sobre sus percepciones en Mendoza, donde la siesta, los árboles y el asado le traen en Cuyo resonancias de su China natal. Aquí lo reproducimos.

Por Oscar Chen

Introducción: El umbral de la siesta

Mi llegada a Mendoza no se inscribió en los mapas de la geografía, sino en los engranajes de un reloj silencioso. Cruzar el planeta desde las llanuras fluviales de China hasta este confín americano suele entenderse como una victoria geométrica; sin embargo, como director chino del Instituto Confucio en la Universidad de Congreso, comprendí que el verdadero viaje era cronológico: aprender a habitar una temporalidad que no se rige por el segundero industrial, sino por leyes de raigambre mineral. El primer encuentro real con esta tierra ocurrió en el silencio de mi siesta fundacional en las calles de la Quinta Sección. 

Aquel sosiego no es un mero descanso biológico, sino un pacto metafísico que la ciudad firma con el sol para suspender la mortalidad. Es un laberinto donde el presente se detiene y la realidad se vuelve porosa, permitiendo que el pasado y el futuro coexistan en una misma baldosa. Al caminar por las veredas desiertas, las hojas de las moreras, estáticas bajo el cielo diáfano, parecían fijadas en una pintura sobre seda de la dinastía Song, donde el vacío del lienzo no es ausencia de materia, sino la plenitud del pensamiento que reposa antes de transformarse en trazo. En la estética oriental, el vacío (kong) opera como el espacio activo que permite el movimiento del sentido; de igual modo, la siesta cuyana no interrumpe la vida de la urbe, sino que la funda sobre una condición de latencia sagrada. No es un tiempo estéril, sino una tregua soberana frente al cansancio moderno, donde el ser humano recupera el derecho a la pura contemplación.

En ese remanso, empecé a descifrar la gramática secreta de la identidad cuyana, una lengua que se escribe con la disposición de los cuerpos ante la luz. Como traductor, sé que las palabras más importantes de un idioma son los silencios que separan los vocablos; de la misma manera, la clave de esta región reside en su silencio de “las tres de la tarde”. Semejante vacío habitado constituye el equivalente espacial de lo intraducible en la literatura: aquello que no puede ser burdamente trasladado, sino que exige ser hospedado en la propia sensibilidad. Las páginas que siguen no son más que el registro de esos fragmentos: cinco incisiones en el tiempo donde el destino de dos tierras revela su íntima correspondencia.

I. La paciencia del oasis: el tiempo del desierto

Para un ojo habituado a los paisajes del sur de China, donde el agua es una presencia milenaria, el primer impacto de la llanura de Cuyo es una paradoja de sequedad y frescura. Al caminar por las veredas, lo primero que detiene la marcha son las acequias: canales abiertos que flanquean cada calle, recogen la luz del cielo y transportan el agua del deshielo andino como el sistema circulatorio de un milagro cotidiano. Mendoza es una obra de arte esculpida sobre la nada; un triunfo de la geometría sobre la hostilidad del desierto gris.

Al recorrer el Parque General San Martín, pienso en el esfuerzo invisible de los antiguos huarpes, quienes entendieron que la vida dependía de la obediencia al declive natural del suelo. Diseñaron una red capilar que transformaba la escorrentía de los Andes en un sistema ordenado, distribuyendo la supervivencia gota a gota. Esta ingeniería guarda una profunda analogía con la traducción literaria: consiste en tomar una corriente ajena y encauzarla hacia un lenguaje nuevo, volviéndola fértil para el lector sin despojarla de su fuerza mineral originaria.

Esta cultura del cauce resuena en el diálogo entre el español de América y el chino mandarín. Traducir no es superponer vocabulario, sino buscar los hilos de agua subterránea —las obsesiones universales del alma— que corren bajo ambos mundos. Al trasladar la poesía de Tu Fu o las paradojas taoístas a este entorno, realizamos una sutil incisión en la tierra, pero no inundamos la llanura con conceptos extraños, sino que encauzamos ese caudal a través de la sensibilidad local. Ocurre aquí una inversión de la tradicional tesis sobre el dominio de la naturaleza: al verter el pensamiento oriental, la rigidez de la cuadrícula urbana cede ante la fluidez del Tao. Traducir no es domesticar la sequedad con discursos asfálticos, sino recordar que la verdad, como el agua andina, posee la fuerza de lo informe; bajo esta premisa, las palabras milenarias terminan por refrescar la mirada sobre la condición humana.

La vid es el testimonio definitivo de esta paciencia mineral: una cepa de Malbec no ofrece su mejor fruto en la abundancia, sino en la austeridad del desierto, allí donde la planta sufre para encontrar su alma, descendiendo metros en busca de corrientes recónditas. Esta carencia hídrica obliga a la raíz a una introspección geológica, convirtiendo la escasez en concentración cualitativa. Traducir, en su dimensión más orgánica, comparte esta misma penuria ecológica: el traductor desciende a las capas más profundas de la lengua ajena no para saquearla, sino para permitir que esa savia extraña fructifique en la arcilla propia. En ese desvelo, el viticultor mira el cielo con la misma ansiedad con que el filólogo examina un manuscrito antiguo. Cada racimo contiene el registro de un año de vigilia: heladas de primavera, granizo estival y el viento Zonda. Nada puede acelerarse en el reino de la tierra, como tampoco puede apurarse el milagro de la comprensión entre dos lenguas.

II. El ritual del curado: la memoria del mate

Esta misma paciencia vegetal se traslada a la intimidad de los hogares, donde el mate condensa la hospitalidad criolla. La infusión es un dispositivo de resistencia temporal, un detente contra la prisa que nos obliga a mirarnos a los ojos. En las pausas del estudio solitario o en las charlas de la tarde bajo la parra, el rumor del agua caliente constituye el trasfondo indispensable de la convivencia. Pero antes de convertirse en catalizador de confidencias, el cuenco debe atravesar una metamorfosis física: la memoria secreta de las cosas.

Fascinado por sus formas —los mates imperiales de cuero labrado, los modelos torpedo y los rústicos rancheros de maderas nativas—, adquirí una pieza tradicional de calabaza en la Plaza Independencia. En su estado original, el objeto era tosco y salvaje; olía a madera verde y amarga, con paredes internas tapizadas de fibras residuales. Me advirtieron que no cometiera el error de usarlo de inmediato: un recipiente virgen necesita ser iniciado por el fuego del agua y el tiempo, exigiendo una tregua entre la naturaleza indómita y el deseo del hombre.

La labor de templar el objeto dura varios días: consiste en rellenar el vacío con yerba usada y húmeda, dejando que la penumbra haga su trabajo de erosión. Al amanecer, se raspan las paredes internas para desprender el tejido orgánico ablandado. Las primeras veces, el raspado arranca costras de una identidad silvestre que se resiste a la domesticación. Sin embargo, tras varios ciclos, la calabaza sella sus conductos porosos y su interior adquiere la textura suave y noble de la madera de los templos antiguos. El objeto adquiere así una memoria del gusto: cada infusión llevará el eco sutil de aquellas primeras yerbas sacrificiales.

Esta técnica del curado es la mejor lección sobre el arraigo en esta provincia custodiada por los cerros. Un puente real entre dos mundos exige un proceso de maduración íntima y de raspado mutuo. Los primeros meses aquí han configurado mi aprendizaje del entorno. He tenido que permitir que las costumbres locales, las sobremesas extendidas y la hermosa cadencia de su lenguaje transformen mis estructuras de pensamiento, desprendiendo las costras del prejuicio literario. Esta transmutación íntima desborda la mera asimilación intelectual; representa lo que Ricoeur llamaba la hospitalidad lingüística, donde el sujeto renuncia a la soberanía de su propia lengua para dejarse habitar por la alteridad. Para comprender una cultura extraña es necesario dejarse “curar” por ella, aceptando que la propia subjetividad debe ser raspada.

Los lazos auténticos entre las comunidades se construyen con la lentitud de la madera que absorbe la humedad. Al caer la tarde, el entendimiento mutuo entre Oriente y Occidente se va forjando en el silencio del respeto. Al igual que mi cuenco de calabaza, que necesitó paciencia para mudar su amargura silvestre y volverse receptivo, nuestra conversación exige tiempo para sellar las grietas del desconocimiento; aprendemos a descifrar los silencios de la cultura ajena no como vacíos de la razón, sino como espacios necesarios para la maduración del espíritu.

III. El fuego y la espera: la dialéctica del asado

Fue durante una noche serena en la calle Fernando Fader donde presencié este arte culinario, mientras los acentos de Cuyo, Buenos Aires y otras provincias configuraban un pequeño mapa hablado. El anfitrión no utilizaba carbón industrial, sino leña de jarilla, sarmientos viejos y algarrobo, maderas duras que al arder perfuman el aire nocturno. El primer acto es la fabricación de la brasa: los leños arden hasta transformarse en bloques incandescentes cubiertos por una fina capa de ceniza gris. La madera parece liberar el sol acumulado durante años, entregando su energía de manera pausada y noble.

La verdadera dialéctica del asado reside en la gestión analógica de las distancias, las alturas y los grosores de la carne. En la zona periférica se coloca el matambre, una pieza delgada que exige proximidad y tiempo breve: es el prólogo necesario que calma la ansiedad de los comensales mientras circulan las primeras copas. En el centro, a una distancia prudencial, se disponen las piezas principales: el vacío y la tira de asado, cortes monumentales que demandan una cocción indirecta y horas de penetración lenta mientras la charla se adentra en la medianoche.

El asador me confió que el secreto consiste en no apurar la carne: si se fuerza el fuego por el hambre inicial, el corte se “arrebata”, mostrando un dorado hermoso pero engañoso por fuera mientras su centro sigue inaccesible. Explicó que hay que dejar que el calor viaje despacio, acariciando la materia desde el hueso hacia adentro. Sus palabras me parecieron de una lucidez filosófica que trascendía la gastronomía: una lección magistral sobre la verdadera naturaleza del entendimiento y la paciencia del ser. Esta advertencia resulta crucial en la aproximación a las civilizaciones remotas, donde el intelectual apresurado suele “arrebatar” el sentido, imponiendo lecturas superficiales que clausuran la verdad interna del objeto. El auténtico desciframiento, por lo tanto, ignora la prisa del consumo cultural y exige la maduración lenta que viaja desde el núcleo hacia la superficie.

Convivimos con dos velocidades del fuego en el espíritu de los pueblos. Hay dimensiones que exigen la inmediatez y el asombro efímero de descubrir caracteres o ritmos extraños; sin embargo, los lazos estructurales del reconocimiento profundo pertenecen a la temporalidad del vacío cocinado a fuego manso. Si forzamos la cercanía mediante un intercambio apresurado, el resultado se desmoronará ante los primeros vientos del olvido. Debemos aprender la sabiduría de la brasa mansa: proteger el núcleo del encuentro, permitir que la convivencia diaria ablande las resistencias de la lengua y comprender que la verdadera armonía no consiste en acelerar los procesos, sino en coordinar el entusiasmo inicial con la maduración lenta de la memoria compartida.

IV. El jardín de los trazos: la infancia y el tiempo latente

Hay un hilo invisible, una correspondencia secreta, que une los laberintos de la escritura oriental con el discurrir de las tardes en las escuelas de los distritos más apartados. Cada encuentro de un alumno cuyano con la tinta y el pincel no es una mera transmisión técnica; es una bifurcación íntima en su biografía, una ventana inesperada en el mapa previsible de sus destinos, capaz de transformar su relación con el mundo.

He asistido a aulas cobijadas por la arboleda, donde sobre los pupitres de madera gastada se despliegan las hojas de papel de arroz y los pinceles de bambú. Las ventanas enmarcan la silueta majestuosa de la Cordillera de los Andes, cuyas cumbres nevadas parecen vigilar el esfuerzo de esos dedos infantiles que intentan domar los trazos del carácter Amistad (友, Yǒu). La tinta negra sobre el papel blanco resuena con la nieve eterna sobre la roca oscura, estableciendo una simetría que hermana la caligrafía con la geografía. Esta correspondencia visual nos recuerda la tesis clásica de la pintura china: el paisaje exterior y el trazo interior no son entidades separadas, sino manifestaciones de un mismo flujo de energía vital, el Qi. La montaña andina y el pincel de bambú respiran bajo la misma ley de equilibrio y contraste.

Para esos alumnos, el Oriente ha dejado de ser un concepto abstracto; ahora es la musicalidad de un saludo o una fábula milenaria. Al verlos concentrados, comprendo que la escritura tradicional es, ante todo, un ejercicio de respiración, una disciplina del cuerpo y una quietud mental que desafía la dispersión del mundo moderno, conectándolos con un ademán estético repetido a lo largo de la historia. Frente a la inmediatez incorpórea de la era digital, el trazo pausado devuelve al niño la soberanía sobre su propio gesto, convirtiendo la caligrafía en una resistencia de la carne.

El aula funciona como un espacio de hospitalidad donde los idiomas colaboran. Cuando les enseñamos que “mañana” (明, Míng) no es un vocablo abstracto, sino una grafía poética compuesta por la unión del sol (日) y la luna (月), les entregamos una clave estética que asocia el porvenir con la luz conjunta de los astros. Esos niños que hoy ensucian sus dedos con tinta son las semillas de un jardín temporal cuyos frutos pertenecerán a la historia futura.

La enseñanza intercultural es un acto de fe en la latencia del tiempo humano. La semilla del lenguaje pasará por un largo crecimiento silencioso antes de ofrecer su verdadera cosecha. Esos niños serán los adultos que custodiarán los senderos del pensamiento en la región andina; no meros técnicos de la literalidad, sino mediadores auténticos que llevarán la silueta de la cordillera y las llanuras orientales en su memoria afectiva. Cuidar estos espacios mínimos es asegurar que el diálogo entre ambas tierras no sea una plantación efímera, sino un bosque diverso y resistente.

V. El descuento y el azar: el pulso del fútbol y el tango

Ningún acercamiento a la identidad argentina es completo si se ignora el magnetismo de sus dos grandes pasiones del movimiento: el fútbol y el tango. Ambas manifestaciones comparten una relación dramática con la administración del tiempo, revelándose contra la linealidad del cronómetro industrial de Occidente para adentrarse en el territorio del azar, la fatalidad y el milagro de último minuto.

El fútbol aquí posee una dimensión cronológica elástica que desafía la física tradicional, cuyo clímax ocurre en el “tiempo de descuento”. He presenciado encuentros en el estadio Malvinas Argentinas donde la fatalidad de la derrota parecía sellada, pero en el último suspiro, la historia entera se revierte. El hincha jamás abandona las gradas antes del pitido final porque sabe, en veredas como las de la calle Arístides Villanueva, que el descuento es el territorio donde la fijeza del marcador puede ser vencida por el coraje desesperado del último minuto.

Esta mística encuentra su espejo nocturno en la geometría de la milonga y el tango. El secreto profundo de esta expresión no reside en la velocidad de las piernas, sino en el uso magistral del corte y la quebrada: pausas súbitas donde la melodía parece detenerse sobre una nota de bandoneón y los bailarines permanecen suspendidos. El corte es el silencio elocuente que otorga sentido a la pieza; un segundo de quietud que congela la memoria y contiene la intensidad de una vida entera.

Ambas vivencias trazan un paralelo con la resiliencia histórica que hermana a nuestras culturas. En mi tierra natal conocemos el valor de la resistencia pasiva condensada en la expresión ancestral Chiku (吃苦): la capacidad de asimilar el rigor amargo del presente con la mirada puesta en la restauración del mañana. Esta orilla cuyana, por su parte, ha hecho de la incertidumbre su intemperie habitual, dotando a sus ciudadanos de una asombrosa imaginación para la supervivencia y de una fe mística en el último suspiro. Ambos pueblos sabemos que la memoria definitiva pertenece a aquellas almas que tallan la dignidad en los minutos finales del descuento. Es allí, en el límite del tiempo decretado, donde ambas culturas se encuentran: no en la comodidad de la abundancia, sino en la trinchera del instante extremo. El misticismo del “último minuto” y el estoicismo del Chiku son, en el fondo, dos formas de salvar la dignidad humana frente a la fatalidad de la historia. No se trata de una resignación pasiva ante el destino, sino de una ontología de la resistencia: tanto el arrabal cuyano como el secano andino y la llanura asiática saben que el tiempo real no se mide en la linealidad del progreso, sino en la intensidad con que el espíritu sostiene su mirada frente al abismo.

Epílogo: El encuentro en la tarde eterna

Cierro estos apuntes cuando el sol de otoño se oculta tras la Cordillera de los Andes, encendiendo las cumbres del Cordón del Plata con un fulgor rojizo que evoca los muros de la Ciudad Prohibida de Beijing cuando el día se retira. En este instante, mientras la noche cae sobre las acequias de la calle Espejo, el sol nace en las llanuras orientales de mi patria. La gran montaña andina se revela, así, como un espejo gigante que une los amaneceres lejanos con los crepúsculos americanos en una sola respiración cósmica.

Esta condición de antípodas perfectas, a menudo usada como símbolo de distancia insalvable o de una relación puramente utilitaria mediada por el intercambio de bienes, olvida el alma de las naciones. En la dimensión del espíritu, de la traducción literaria y de la cultura de la calle, los extremos geográficos no se repelen: se buscan para completar el orbe a través de una hermosa simetría, edificando oasis de convivencia donde originalmente imperaba la aridez implacable del páramo. La distancia extrema genera una atracción filosófica insospechada: la necesidad mutua de contemplar la mitad que nos falta para concebir la totalidad del fenómeno humano. Al final del camino, las antípodas se revelan como dos guardianes que custodian las puertas de un mismo templo universal.

He titulado este ensayo La larga tarde porque es bajo esta luz lenta y propicia para la hospitalidad donde encontré el espacio para repensar mi labor como traductor. Al habitar este suelo y dejarme permear por el silencio de la siesta en la Quinta Sección, descubro que mi propio tiempo interior se ha fundido con el pulso de la tierra cuyana. Con un mate de calabaza curado entre las manos y bajo la sombra de la parra, un ciudadano del lejano Oriente y un habitante de esta joven orilla americana descubren que sus senderos convergen. No somos extranjeros habitando orillas opuestas del olvido continental, sino caminantes que han aprendido a descifrar juntos el laberinto de las horas ante la mirada eterna de la cordillera andina.

Categorías: Comunidad

NO HAY COMENTARIOS

Existen comentarios pendientes de moderación

PUBLICAR COMENTARIOS