Cómo evitar que la modernización tecnológica profundice las brechas sociales

29 julio, 2026

Por Zhang Jiuan (*), para DangDai. La inteligencia artificial, la automatización y las plataformas digitales están transformando la producción y la vida cotidiana a una velocidad sin precedentes.

Las empresas pueden recurrir a algoritmos para elevar su eficiencia; los hospitales, ampliar su cobertura mediante tecnologías de atención a distancia; las escuelas, llegar a más estudiantes a través de internet; y las personas, acceder con mayor facilidad a la información. La tecnología parece abrir una puerta hacia el futuro.

Sin embargo, esa puerta no se abre de la misma manera para todos. Algunos obtienen mayores ingresos y más alternativas gracias a la tecnología, mientras otros temen que las máquinas sustituyan sus puestos de trabajo. Las grandes empresas se expanden con rapidez apoyadas en los datos y los algoritmos, mientras las pequeñas y medianas pueden quedar aún más rezagadas por falta de capital y de talento especializado. Quienes viven en las ciudades acceden a la telemedicina y la educación en línea, pero las zonas apartadas, los hogares de menores ingresos y las personas mayores no siempre cuentan con una conexión estable ni con competencias digitales básicas. Cuanto más rápido avanza la tecnología, más urgente se vuelve una pregunta: ¿está reduciendo las desigualdades o creando nuevas brechas sociales?

La tecnología, por sí sola, no genera equidad. Las nuevas herramientas modifican primero la productividad y la forma en que se asignan los recursos, pero sus consecuencias sociales dependen de quién las controla, con qué propósito se utilizan y cómo se distribuyen sus beneficios. La automatización puede liberar a los trabajadores de tareas repetitivas o peligrosas, pero también puede hacer desaparecer empleos en poco tiempo. Si las empresas concentran los beneficios de una mayor eficiencia y los trabajadores deben asumir por su cuenta los costos del desempleo, la reconversión laboral y el aprendizaje de nuevas capacidades, la actualización tecnológica se convierte en una nueva fuente de desigualdad.

Las plataformas digitales muestran la misma ambivalencia. Reducen los costos de transacción y abren oportunidades de mercado para conductores, repartidores, trabajadores independientes y pequeños comercios, pero el empleo en plataformas suele estar acompañado por ingresos variables, jornadas inciertas, evaluación algorítmica y una protección social insuficiente. La tecnología puede ofrecer trabajo sin garantizar estabilidad, dignidad ni una trayectoria profesional clara. A medida que los trabajadores dependen más de las plataformas y estas concentran datos, acceso a los usuarios y capacidad para fijar las reglas, el desequilibrio entre eficiencia y derechos se hace más evidente.

Los datos se están convirtiendo en un nuevo recurso productivo. Las empresas que controlan plataformas, algoritmos, servicios en la nube y datos de usuarios pueden construir ventajas de mercado muy poderosas. Sin reglas de competencia y regulación pública, la innovación tecnológica puede concentrar riqueza y poder en pocas manos. Los servicios públicos digitales pueden mejorar la eficiencia, pero cuando existen grandes diferencias en conectividad, equipamiento, educación y alfabetización digital, las desigualdades preexistentes se reproducen bajo la forma de una “brecha digital”.

Por eso, el éxito de la modernización tecnológica no debe medirse únicamente por el grado de avance de una tecnología. También importa saber si llega a la producción y a la vida cotidiana, si crea empleos de mayor calidad, mejora los servicios públicos y amplía las oportunidades de desarrollo. Este es también un punto de partida central de la modernización china: la ciencia y la tecnología son instrumentos del desarrollo, no su finalidad última.

Modernización al estilo chino

La modernización china procura articular la innovación tecnológica con la economía real, la modernización industrial y la mejora de las condiciones de vida. La inteligencia artificial puede elevar la calidad y la eficiencia de la industria manufacturera, pero también apoyar el pronóstico agroclimático, la gestión del riego y el control de costos. Las tecnologías digitales permiten a las pequeñas y medianas empresas acceder a mercados más amplios y, al mismo tiempo, mejorar los sistemas de logística, energía y transporte. Solo cuando la tecnología se incorpora a las cadenas productivas y a los procesos de producción, y se traduce en capacidades empresariales, competencias laborales y mejores servicios públicos, el progreso tecnológico puede generar un valor social amplio y duradero.

Al mismo tiempo, la actualización tecnológica debe avanzar junto con la transición de los trabajadores. Las nuevas industrias crean nuevos empleos, pero estos suelen requerir conocimientos y capacidades diferentes. Por eso, la formación técnico-profesional, la capacitación laboral y el aprendizaje a lo largo de la vida no son un complemento externo de la política tecnológica, sino una parte esencial de la modernización. No basta con exigir que los trabajadores se adapten a la tecnología: también hay que crear las condiciones para que puedan hacerlo. Las empresas y el Estado deben compartir las responsabilidades de capacitación, reconversión y protección social, en lugar de trasladar todos los costos a cada individuo.

La tecnología también debe estar más presente en la vida pública. La telemedicina puede llevar servicios de calidad a zonas alejadas; la educación en línea puede superar barreras geográficas; los trámites digitales pueden reducir costos y tiempos; y la agricultura inteligente puede fortalecer la capacidad productiva de los pequeños agricultores. Pero la digitalización no puede sustituir sin más la atención presencial ni la posibilidad de recibir asistencia humana, y mucho menos excluir de los servicios públicos a quienes no saben utilizar dispositivos inteligentes. Una modernización tecnológica inclusiva debe elevar la eficiencia sin dejar de garantizar que distintos grupos accedan a servicios básicos en condiciones de igualdad.

Estas cuestiones tienen una importancia directa para América Latina. En los últimos años, las tecnologías financieras, el gobierno digital, el comercio electrónico y la economía de plataformas han avanzado con rapidez, pero dentro de la región persisten diferencias marcadas en el acceso y las capacidades digitales. Las principales plataformas, los servicios en la nube, los algoritmos y la infraestructura de datos dependen en buena medida de proveedores extranjeros. Las grandes ciudades y las zonas apartadas, así como los hogares de mayores y menores ingresos, cuentan con posibilidades de conexión muy distintas. El trabajo en plataformas continúa expandiéndose, pero muchos trabajadores siguen sin una protección estable. Las grandes empresas pueden adoptar la inteligencia artificial con mayor facilidad, mientras las pequeñas y medianas corren el riesgo de quedar aún más rezagadas por falta de financiamiento, tecnología y personal calificado.

¿Qué puede hacer América Latina?

Por lo tanto, el verdadero dilema de América Latina no es si debe digitalizarse, sino de qué manera hacerlo. Si una región se limita a comprar y consumir tecnología, sin participar en su investigación, aplicación y regulación, la digitalización puede ofrecer comodidad sin fortalecer la autonomía para el desarrollo. Si la inteligencia artificial sirve principalmente a unas pocas grandes empresas y no se integra a la agricultura, la industria, la salud, la educación y las pequeñas y medianas empresas, el progreso tecnológico puede ampliar las diferencias entre empresas, territorios y grupos sociales.

La cooperación científico-tecnológica entre China y América Latina también debe ajustar sus prioridades a esta realidad. No puede limitarse a la exportación de equipos, la entrada de plataformas o la construcción de proyectos. Debe contribuir a que los socios latinoamericanos formen capacidades tecnológicas y una base de talento que puedan sostenerse en el tiempo. Ambas partes pueden trabajar juntas para mejorar una infraestructura digital de acceso amplio, impulsar aplicaciones de inteligencia artificial en la agricultura, la salud, la educación, la energía y la manufactura, fortalecer las competencias digitales de ingenieros, docentes, técnicos y trabajadores, y promover el intercambio de políticas sobre protección de datos, transparencia algorítmica, responsabilidad de las plataformas y derechos laborales.

El progreso tecnológico no se convierte por sí solo en progreso social: su rumbo siempre depende de las decisiones institucionales y políticas. Una verdadera modernización tecnológica no consiste en hacer que las máquinas sean cada vez más inteligentes mientras más personas pierden oportunidades, ni en permitir que unas pocas empresas acumulen datos mientras toda la sociedad asume los costos de la transición. Debe elevar la productividad y mejorar al mismo tiempo los servicios públicos, para que los trabajadores puedan adaptarse a los cambios, compartir sus beneficios y mejorar sus condiciones de vida.

Para China y América Latina, el objetivo del desarrollo tecnológico no debe limitarse a reducir la distancia respecto de los países desarrollados. También debe evitar que la tecnología abra nuevas brechas dentro de sus propias sociedades. Solo cuando el progreso tecnológico se traduce en mejores empleos, oportunidades más justas y una vida más digna, la modernización tecnológica se convierte realmente en progreso social.

(*) El doctor Zhang Jiuan es director e Investigador Principal Sénior del

Centro de Investigación sobre Innovación en el Discurso Internacional, perteneciente a la Academia de Estudios sobre la China Contemporánea y el Mundo (Academy of Contemporary China and World Studies, ACCWS), China International Communications Group (CICG). s de 50 artículos académicos en estas áreas.

Categorías: Ciencia y Tecnología

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