El láudano de la reina Victoria y el opio en China: una historia de adicción y poder
En la última edición de Revista DangDai, la académica Mercedes S. Giuffré escribe sobre cómo las guerras del opio dejaron secuelas en la historia china. También, de la enseñanza de que ninguna civilización construye una grandeza real sobre las bases de doble moral como la que tuvo la era victoriana.
Por Mercedes Susana Giuffré (*). – Una calurosa mañana del 28 de junio de 1838, en Gran Bretaña, la reina Victoria (1819-1901) fue coronada a la temprana edad de 19 años. Reinó 63 años y presidió la expansión del Imperio Británico hasta convertirlo en la potencia global dominante. Su era, conocida como “Victoriana”, evocaba moralidad estricta, progreso industrial y expansión colonial. Pero un examen más profundo revela una contradicción flagrante: el rol central del Imperio Británico en el comercio masivo de opio que devastó China y desencadenó las dos Guerras del Opio (1839-42 y 1856-60). Este artículo, basado en fuentes contemporáneas y análisis históricos, explora el desequilibrio comercial que impulsó este tráfico, el cultivo y distribución de opio en China por la Compañía de las Indias Orientales (CIO), la resistencia liderada por Lin Zexu, las consecuencias bélicas y, notablemente, el frecuente consumo personal de drogas por parte de Victoria —incluyendo láudano, cloroformo y cocaína. Esta doble moral no solo financió el imperio (representó de 15 a 20% de sus ingresos anuales), sino que expuso las implicancias éticas de un poder imperial que priorizaba la riqueza británica sobre la soberanía y el bienestar de millones de chinos
Origen del conflicto
El siglo XVIII vio el auge del consumo de té en Gran Bretaña, importado casi exclusivamente de China bajo la dinastía Qing. Un hogar Inglés promedio destinaba alrededor de 5% de sus ingresos anuales a la infusión, convertida en un símbolo de estatus social. Familias de toda clase social integraban el té en sus rituales, el afternoon tea emergía era institución cultural. Sin embargo, esto creó un problema económico insoluble: China, autosuficiente y orgullosa de sus productos como té, seda y porcelana, rechazaba las manufacturas británicas. La Misión Macartney, de 1793, fue un esfuerzo diplomático para expandir el comercio y establecer una relación formal con la dinastía Qing. Pero fue infructuosa porque el emperador Qianlong rechazó todas las peticiones, que incluían apertura de nuevos puertos comerciales, cesión de una isla y establecimiento de una embajada permanente en Pekín. El fracaso se debió en parte a diferencias culturales y a la convicción imperial de que China no necesitaba el comercio británico, pues se percibía autosuficiente. Los chinos veían los productos, herramientas y textiles británicos como inferiores e innecesarios, prefiriendo el aislamiento comercial bajo el sistema de Cantón, donde solo un puerto permitía intercambios limitados.

Gran Bretaña, incapaz de equilibrar la balanza, recurría a la plata como moneda de intercambio con China. Barcos cargados de lingotes salían de sus puertos hacia Oriente, en busca de té, drenando las reservas imperiales. Para los años de 1830, el déficit comercial era catastrófico: Londres derramaba millones de onzas de plata anuales en el tesoro Qing, enriqueciendo a China mientras empobrecía al imperio. Y ello generaba resentimiento en la corte de Victoria; políticos y comerciantes clamaban por revertir esta situación. La cruel solución encontrada fue el uso del opio, una droga natural derivada de la amapola, cultivada en plantaciones de la India colonial, controladas por Gran Bretaña y la CIO.
La CIO, una corporación cuasi-estatal con su propio ejército privado, monopolio comercial y autoridad para declarar guerras menores, operaba como un “cártel institucional”. Cultivaba opio en escala industrial, lo procesaba en fábricas y lo contrabandeaba a China. El opio cumplía criterios ideales: crecía abundantemente en la India, era un analgésico potente contra dolores crónicos y, además, era obscenamente adictivo. Los fumadores chinos, iniciados por marineros portugueses y holandeses, desarrollaban dependencia rápida, lo cual permitía a los británicos elevar precios a voluntad. Muestras gratuitas se distribuían en puertos para “atrapar” nuevos consumidores, una táctica similar a las estrategias modernas de narcotráfico. Súbitamente, el opio invirtió el déficit: de China salieron masivas cantidades de plata por la droga, devolviendo lo recibido en concepto de exportación de té y aún más. Se estima que para 1839, entre 4 y 12 millones de chinos eran adictos, con efectos devastadores: familias arruinadas, funcionarios corruptos sobornados y una sociedad debilitada.
La resistencia de Lin Zexu y su carta a la Reina
La dinastía Qing, alarmada por esa plaga que corroía su tejido social, y con una economía empobrecida por salida de plata, declaró el opio ilegal desde fines del siglo XVIII. El emperador Daoguang nombró a Lin Zexu comisionado imperial en 1838 para erradicar el comercio en Cantón. Lin, un íntegro erudito confuciano, adoptó medidas drásticas: arrestos de traficantes chinos, confiscaciones y ejecuciones públicas.
También redactó una ingenua carta abierta a la reina Victoria en 1839, antes de la destrucción masiva de opio. Este documento, escrito con respeto, pero firme, apelaba a principios universales. Lin argumentaba moralmente: el opio era un “veneno” que destruía cuerpos y almas, familias y comunidades. Preguntaba retóricamente si Gran Bretaña toleraría tal devastación en su suelo, destacando la hipocresía —el opio era castigado severamente en Inglaterra. Invocaba confucianismo: benevolencia (ren) y justicia (yi), instando a Victoria, como líder “civilizada”, a prohibir el comercio. Legalmente, recordaba la soberanía china y las prohibiciones de la Dinastía Qing. Económicamente, proponía comercio mutuo sin opio: China ofrecería un té superior a cambio de bienes justos, sin codicia destructiva. Advertía veladamente: China protegería a su pueblo a cualquier costo
La carta nunca llegó a manos de Victoria; fue interceptada o ignorada por intereses británicos en Cantón. Y Lin actuó: en junio de 1839, confiscó 2.5 millones de libras de opio británico y ordenó a soldados pisotearlo y disolverlo en el Mar de China Meridional, en Humen. Eso enfureció a los comerciantes y al gobierno británicos y desencadenó la primer Guerra del Opio y sus humillaciones subsiguientes.

Victoria, a sus 20 años en 1839, era inexperta, pero empoderada por el sistema parlamentario. En parte, dependía de las conquistas de la CIO, la cual, influida por reportes de pérdidas, y viendo el incidente como afrenta a la intocable soberanía británica, apoyó la declaración de guerra. La Primera Guerra del Opio (1839-42) fue asimétrica: buques británicos a vapor (Némesis), cañones modernos y tácticas navales aplastaron al ejército Qing, arcaico y dependiente de juncos de madera.
El posterior Tratado de Nanking, impuesto unilateralmente, fue humillante: cesión perpetua de Hong Kong, apertura comercial de cinco puertos (entre ellos, el de Shanghái e incluido el ingreso opio), indemnización de 21 millones de dólares, y extraterritorialidad para británicos. La Segunda Guerra del Opio (1856-60), aliada con Francia tras incidentes menores, culminó en la quema del Palacio de Verano en Pekín y forzó más concesiones. Estas victorias iniciaron el “siglo de humillación” chino (1839-1949), debilitando a la Dinastía Qing y atrayendo intervenciones de Rusia, Japón y otros países occidentales.
La hipocresía victoriana
Paradójicamente, Victoria no solo orquestaba el tráfico global de opio, sino que lo consumía. En la sociedad victoriana, las drogas eran accesibles sin prohibiciones: el láudano (90% alcohol, 10% opio) se vendía en farmacias sin receta, prescripto para insomnio, dolores menstruales o dentición infantil. Victoria bebía un vaso de láudano para dormir. Durante sus partos (tuvo nueve hijos), usaba cloroformo inhalado y los describió en sus diarios como “delicioso más allá de toda medida”; un alivio bienvenido en una era de partos dolorosos.
Sin embargo, su droga preferida era la cocaína, novedad importada de Sudamérica. Exploradores observaron indígenas andinos masticando hojas de coca y cómo esa experiencia potenciaba su resistencia. Victoria adoptó esta práctica mediante una especie de masticable de cocaína para dolores gingivales y dentales, ganando energía, euforia y autoestima, esencial para que una monarca joven pudiera proyectar autoridad. Ignorantes del concepto de adicción y posteriores efectos cardíacos, los médicos europeos recomendaban esta ingesta como “milagrosa”. Veamos el caso de la heroína: En 1898, Bayer sintetizó la diacetilmorfina (heroína) a partir de la morfina y la lanzó como “Heroin”, un analgésico potente presentado como no adictivo y mejor que la morfina. Se usaba para tos, dolor crónico y tuberculosis, y se vendía sin receta hasta 1910.
Respecto a la cocaína, aunque no la sintetizó, Bayer la purificó y comercializó desde 1885 en inyectables, polvos y tónicos. Con el apoyo de Sigmund Freud, quien la consumía y la recomendaba contra depresión y fatiga, se popularizó ampliamente en Europa y EE.UU. antes de que se conocieran sus altos riesgos adictivos.
Lo curioso es que Victoria inundaba China con opio destructivo, pero rechazaba exportar cocaína allí: la reservaba como “beneficio” exclusivamente europeo.
Económicamente, el opio era un pilar imperial: 15-20% de ingresos financiaban flota, colonias y deuda. La CIO funcionaba como un cártel, con sobornos a funcionarios chinos. Éticamente, exponía mercantilismo brutal: miles de vidas chinas sacrificadas por té y plata. La carta de Lin resalta un choque cultural; confucianismo versus libre comercio; y diplomacia fallida. Mientras en Inglaterra el opio era legal y se vendía en frasquitos elegantes en elegantes boticas de Londres, Manchester y Edimburgo (“Dr. Collis Browne’s Chlorodyne”, “Battley’s Sedative Solution”) y hasta se daba a bebés para que no lloraran (“Mrs. Winslow’s Soothing Syrup” contenía morfina); en China lo consideraban “veneno extranjero” y los británicos lo imponían a cañonazos. Era legal en Buckingham, era “civilización” en Calcuta, pero era “veneno bárbaro” cuando China intentaba prohibirlo.
Esta era victoriana, proclamada cénit de la civilización, la moralidad y el progreso cristiano, fue uno de los capítulos más cínicos y brutales de la historia moderna. Bajo la firma y la aprobación entusiasta de una joven reina Victoria que anotaba en su diario “una muy justa guerra” y “una paz gloriosa”, el Imperio Británico impuso a cañonazos el tráfico de opio en China: millones de adictos, familias destruidas, una sociedad entera humillada por los tratados desiguales (Nanking 1842, Tianjin 1858, Pekín 1860) que convirtieron al Celeste Imperio en una semi-colonia. Hong Kong fue la bandera clavada en la herida abierta. Pero esa hipocresía imperial no quedó impune.
El reinado de Victoria y su doble moral desarrollaron el auge imperial a costa de la devastación ajena. Del té al opio, de Lin Zexu a tratados desiguales, y del láudano personal a guerras, todo revela un imperio adicto al poder. Esta historia urge reflexión ética sobre colonialismo y sus sombras persistentes.
La humillación acumulada, la ruina económica y el colapso moral de millones de campesinos adictos y desposeídos alimentaron la mayor guerra civil de la historia del siglo XIX: la Rebelión Taiping (1850-1864). Así, el láudano que calmaba los nervios de la reina en Buckingham fue, indirectamente, uno de los detonantes del cataclismo que casi destruyó China.
La época victoriana legó ferrocarriles, novelas de Dickens y una fachada de pudor y respeto. Debajo, quedó el olor dulzón de la amapola, el humo de las cañoneras en el río Perla y la certeza de que ninguna civilización que construye su grandeza sobre la adicción forzada de otros puede llamarse, con honestidad, civilizada.
(*) Esta nota fue publicada en Revista DangDai. Número 48, otoño de 2026. La autora es profesora de la Universidad Nacional de Mar del Plata (UNMdP), miembro del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI) y coordinadora del Centro de Estudios Corea China también de Mar del Plata.

PUBLICAR COMENTARIOS