No hay lugar como casa
Por Lele Huang, para DangDai (*). Sus historias son comunes mas resplandecientes, bañadas por un brillo tenaz forjado en viajes a través de cielos y océanos en el cruce de dos milenios. Los matices de sus recuerdos, decantados en el silencio de la historia, se transmiten de generación en generación por casualidad y nostálgicas reflexiones sobre el pasado. ¿Qué tan fuerte se seguirán escuchando, entre estas vidas refractadas, los ecos de aquella tierra al otro lado del mundo?
Extrañando casa: Una vida accidental cruzando océanos y décadas
Noche a mediados de febrero, 1991.
Cinco hombres chinos se dirigían juntos hacia el Palacio de Correos y Telecomunicaciones sobre Avenida Corrientes, una de las principales vías de Buenos Aires, conocida como “la calle que nunca duerme.” Huang Zhan era uno de ellos. Con la billetera en mano, había ahorrado 100 dólares estadounidenses, el fruto de la labor de un mes, para hacer una llamada a su pueblo natal en la provincia china Fujian.
La llamada internacional costaba seis dólares por minuto, lo que significaba que 100 dólares solamente proveería unos 15 minutos de charla. Sin pensarlo dos veces, Huang entregó todos sus ingresos del mes y marcó una larga fila de números.
“Fue cuando mi corazón sintió la máxima emoción,” recordó.
Huang esperó paciente, hasta que una voz familiar contestó desde el otro lado, unos 20.000 kilómetros más allá de donde se encontraba.
Le estaba yendo fenomenal, le contaba a los familiares, ansiando haber podido ver las expresiones de sus caras. La vida en Argentina era excelente. Estaba bien acompañado por otros paisanos. No mencionó las penurias y la frustración de ser incapaz de interactuar con los locales, o tener que trabajar de pie de mañana a noche friendo comida hasta que el dolor punzara sus piernas. Pasaron el teléfono a su madre anciana. Huang le aseguró una y otra vez que estaba sano y salvo, y que el viaje desde China hasta Argentina había ocurrido sin contratiempos.
Los minutos pasaron, y el silencio cortó la conversación apresurada. Quizás había cosas que Huang no llegó a contar. Las reservaría para la próxima vez.
Pero, por supuesto, no se olvidó de decir “Feliz Año Nuevo.”
Así fue el primer Festival de Primavera de Huang fuera de su tierra.
Un accidente planetario
Huang trabajaba en una cooperativa de crédito rural en su pueblo natal. Era cajero y agente de campo, encargándose del manejo de efectivo y de la verificación la validez de las solicitudes de préstamo. Había tenido otros trabajos también, como ser carpintero y soldador justo después de terminar el secundario. Pero ninguno de sus trabajos tuvo tanto prestigio, al menos superficialmente, como ser empleado de un banco. Era un trabajo que consistía, la mayoría del tiempo, en tomar un bolígrafo sobre un escritorio, en el cual Huang se presentaba con traje y corbata.
“Alguien del pueblo vecino preguntaba a mi madre, ‘¿Tu hijo ha vuelto de Hong Kong? ¿Ha ido a Hong Kong?’ ‘¿Tu hijo se estableció en Hong Kong?’ En esa época, casi nunca veías gente con traje y corbata dando vueltas,” contó Huang.
Y era precisamente así, porque estamos hablando de los finales de la década de los 80. La política de la Reforma y Apertura estaba ganando terreno, con una economía china despertándose al mercado mundial. El gobierno entraba en una fase en la que incentivaba el ingreso de la inversión extranjera y la salida de la inversión nacional. No eran común ver objetos occidentales, los cuales eran considerados símbolos de riqueza que venían de afuera, y Hong Kong era el “afuera” más cercano.
Huang también había comenzado a contemplar la idea de salir afuera, pero al extranjero. La economía japonesa estaba floreciendo, había escuchado, y un empleado podía llegar a ganar unos 20.000 yuanes al mes. ¿Huang hablaba japonés? No, pero qué importaba. Quizás valía la pena tirarse a la pileta y probar su suerte en el extranjero de todos modos. A los 28 años, decididamente eligió salir del país, renunciando sin dudar al trabajo que había tenido por cuatro años, y comenzó a planificar.
Pero antes de emigrar, se había casado. Aunque Huang haya formado una familia, partir a Japón en búsqueda de nuevos horizontes le pareció como irse a trabajar a otra provincia, ya que era sólo una salida temporal no tan lejos de casa. No pensó demasiado en la separación familiar, creyendo que volvería muy pronto.
“En esa época, todos sentíamos una mezcla de sorpresa y emoción. Estábamos contentos porque nuestro ser querido se estaba yendo al extranjero con la esperanza de construir una carrera exitosa, honrar a la familia y obtener unos ingresos considerables,” recordó Huang Lanying, cuñada de Huang, al referirse al momento en que Huang dio el gran paso de marcharse del país.
Fue, sin dudas, una decisión valiente, una tan prometedora como incierta. Los Huang estaba tan entusiasmada como nerviosa.
“Pero también nos preocupaban las distintas dificultades y desafíos a los que se podría enfrentar en su primer viaje al extranjero,” continuó. “Simplemente esperábamos que los pudiera superar con sabiduría y esfuerzo, y que pudiera alcanzar el éxito.”
Sin embargo, Huang carecía de los requisitos para tramitar el visado japonés de aquel entonces. Entonces iría a su país vecino desde… ¡Bolivia!, ubicada en el otro costado del mapa mundial, yendo al oeste y al sur. Había escuchado que la residencia boliviana no era difícil de obtener y que los ciudadanos bolivianos estaban exentos de visado para ingresar a Japón.
Por casi tres décadas, Huang nunca había salido de su pueblo. En mayo del 1990, partió con dos vecinos que también buscaban oportunidades en el exterior. Después de una escala de 14 horas en el Reino Unido, se trasladaron a La Paz, una ciudad situada a aproximadamente 3.600 metros sobre el nivel del mar.
El viaje entero duró unas 40 horas. Después de estar entre las nubes por casi dos días, por fin Huang y sus compañeros volvieron a pisar tierra. Bajando del avión, sintió una corriente caliente dentro de su nariz. Sangraba. Nacido y criado en la humedad costera de Fujian, le costaba adaptarse al aire árido de altitud en Bolivia. Rodeada de montañas, La Paz se alza en el Altiplano Andino. Incluso las simples caminatas al aire libre dejaban a Huang peleando por su aliento.
El contacto que recibió al grupo era un hombre taiwanés que hablaba español. Brindó alojamiento a los jóvenes fujianeses recién arribados en su propio hogar. Durante el mes siguiente, el grupo siguió a su anfitrión a todos lados para asegurar su residencia boliviana, ansiosos por el día que lograrían obtener el visado japonés.
Justo cuando estaban por finalizar el trámite de sus estados residenciales, ocurrió lo inesperado: debido al descubrimiento de numerosos casos de inmigración ilegal, el Gobierno japonés revocó su política de exención de visado para los ciudadanos bolivianos.
Los jóvenes no se dejaron vencer por la barrera. Habían escuchado que el país vecino de Bolivia, Argentina, también ofrecía la exención de visado para viajar a Japón. Y por coincidencia, conocieron otros dos fujianeses en Bolivia que volvían a Argentina. Uno de ellos decía tener un trabajo asegurado en la capital y que sabía cómo llegar hasta ahí.
Sin dudarlo, Huang y sus paisanos eligieron su próximo destino: la capital argentina, Buenos Aires. El grupo siguió a sus nuevos conocidos hasta la frontera boliviana, en donde se quedaron en un hotel. A Huang le resultó especialmente poco apetecible el pan y el ketchup del hotel, y empezó a añorar las sopas de arroz blanco que había consumido desde su infancia. Una semana más tarde, se despidieron de Bolivia. Con los nuevos documentos que acababan de adquirir, cruzaron a la provincia de Jujuy en el noroeste argentino y se subieron a un ómnibus con destino a Buenos Aires.
Después de unas 20 horas atravesando la sequedad del norte argentino, los viajeros fujianeses arribaron por fin al clima templado y húmedo de la ciudad capital.
Junio, 1990. Huang cumplía 30 años el día que pisó el suelo argentino por primera vez. Después de bajarse del ómnibus, los jóvenes chinos se dirigieron directamente hacia una cabina telefónica para llamar a sus familias e informarles que habían llegado bien. Ni un poco sospechaba Huang de que esta ciudad sudamericana desconocida pronto llegaría a convertirse en su segundo hogar.
Un giro definitivo
Huang y sus paisanos se alojaron en casa de un contacto que accedió a ayudarles a regularizar su situación, por recomendación de sus nuevos conocidos. Una vez más, se trataba de un compatriota chino que hablaba español. Durante el año siguiente, mientras se ocupaban de tramitar su residencia argentina, comenzaron a trabajar en un restaurante chino. Como ayudante de cocina, Huang permanecía de pie más de diez horas al día, lavando platos y, al mismo tiempo, friendo comida en aceite caliente. Era un fuerte contraste con su anterior trabajo de oficina en la cooperativa de crédito.
“Mis piernas ya no daban más, así que no paraba de cambiarlas,” recordó. “Me apoyaba en el pie izquierdo y, cuando se cansaba, pasaba al derecho.”
A pesar de la barrera del idioma, Huang se adaptó rápidamente a la vida bonaerense. El cambio de estaciones y el clima se parecían mucho a los de su pueblo natal en Fujian, lo que le proporcionó un entorno natural inesperadamente familiar. También le pareció que los argentinos eran cálidos y hospitalarios. Al ser una nación culturalmente diversa, la mayoría de las familias argentinas tienen sus raíces en una gran variedad de historias de inmigración.
En cierta ocasión, Huang y sus paisanos tuvieron que acudir al consulado chino. Subieron a un colectivo que les había recomendado otro compatriota. Como aún no hablaban español, se quedaban con la mirada clavada en la ventana, preparándose para bajar en cuanto vieran la bandera roja de cinco estrellas. Pero el vehículo no pasó directamente frente al consulado, por lo que la bandera esperada nunca apareció y los hombres permanecieron sentados. Cuando el colectivo llegó a su terminal, el conductor les preguntó a los jóvenes chinos por qué no se habían bajado. Incapaces de explicarlo, recurrieron a gesticular frenéticamente en el aire, dejando a ambas partes en completa confusión.
En un momento de inspiración, Huang sacó un bolígrafo y un pedazo de papel, con los que dibujó una bandera con cinco estrellas. El conductor lo entendió de inmediato. Le repitió a Huang unas cuantas frases incomprensibles (Mucho más tarde, Huang se enteró de que el conductor había dicho “¡No hay problema!”), y rápidamente los llevó a otro conductor, encargado del recorrido que sí pasaba por el consulado, y le explicó la situación. Poco después, el segundo conductor subió a su colectivo con los jóvenes chinos y en breve los llevó hasta las puertas del Consulado de China.
Justo cuando Huang se estaba acostumbrando al frenético ritmo laboral del restaurante, mientras esperaba la aprobación de su residencia en Argentina, la historia se repitió: Japón cerró su política de exención de visado para Argentina.
“No me atreví a volver. Sentía que no podía regresar sin haberme labrado un buen nombre,” dijo Huang riendo. “Tenía que ganar algo de dinero como fuera.”
Salir del país le había costado una fortuna para nada despreciable. ¿Cómo podría enfrentar a su familia si regresaba con las manos vacías?
“No dejaba de pensar: ¿Cuánto tiempo tendríamos que trabajar solo para ganar lo suficiente para un boleto de avión de regreso? Era un sueño de lujo. ¿Sabés cuánto costaba un boleto de avión en esa época? Fácilmente mil o dos mil [dólares estadounidenses]. Así que era realmente algo increíble. Con un salario mensual de solo 100 dólares y un boleto que podía costar hasta 2.000 dólares, tenías que comer nada, gastar nada, y te tomaría 20 meses ganar el dinero para un boleto,” dijo Huang.
Recordaba hacer esos cálculos económicos y haber anhelado volver a casa: “¿Cuándo podré regresar? Tan difícil era ganar lo suficiente para un boleto de avión.”
Llegó el Festival de Primavera, y los hombres chinos varados apenas lo celebraron.
“Cuando trabajás en el exterior, a ellos [jefes] no les importa si celebrás el Festival de Primavera o no, están ocupados ganando dinero. ¿Por qué les importaría tu festejo? Y si el festejo caía un sábado, al negocio le iba a ir incluso mejor. ¿Cómo iban a dejar tomarte unos días de vacaciones? No lo harían,” dijo Huang. “Así que solo nos reuníamos cuando teníamos tiempo libre. Nosotros [los paisanos] nos juntábamos. Pero cuando lo hacíamos, no es que fuéramos a algún restaurante elegante. Ni hablar. Era simplemente en casa. Después de comer, nos sentábamos a charlar. Así es como lo celebrábamos.”
Para ganar más, Huang tomó trabajos de soldadura en otros negocios chinos, gracias a la experiencia que había adquirido después del secundario.
Cambiaban las páginas del calendario mientras Huang trabajaba sin cesar hacia el camino a casa. Comenzaba a absorber palabras y expresiones en español que iba coleccionando por todos lados en sus interacciones cotidianas, iniciando por los saludos y los números.
Un día, Huang conoció a dos comerciantes chinos que se proponían abrir un restaurante de buffet como socios. Les faltaba personal para gestionar el nuevo negocio y se dirigieron a Huang para encargarle la supervisión del local, porque les había dejado una buena impresión su seriedad y su ingenio.
Surgieron nuevas ambiciones en la mente de Huang: Era momento de intentar abrir su propio local. Ser dueño de un negocio sería su oportunidad para cambiar su suerte.
Comienzos de 1992. Huang abrió su primer restaurante en las afueras de Capital Federal, invirtiendo todo lo que había aprendido trabajando para otros jefes chinos. Se trataba de un buffet de cocina del sur de China con sabores adaptados al paladar de los porteños, un nicho en la ciudad. Entre los platos estrella se encontraban el cerdo agridulce, el arroz y los fideos fritos, muy apreciados por los locales.
Huang vio potencial en el negocio en el que él mismo había invertido. Comenzó a encariñarse con su nueva vida. La idea de volver a casa se fue desvaneciendo de sus principales objetivos.
Un pionero veterano
“Las cosas [mejoraron] poco a poco… La economía argentina empezó a mejorar,” recordó Huang. “Bueno, después de que abrimos el negocio, la mentalidad cambió por completo. Por eso digo que la forma de pensar de la gente cambia con el tiempo. Cambia según las circunstancias.”
Con su propio restaurante, Huang se fue adaptando paulatinamente a la sociedad argentina. Ya para el nuevo milenio, Huang había establecido un negocio estable en Buenos Aires. No dudó en traer a su esposa desde China para que se reuniera con él, y juntos comenzaron a administrar el restaurante. Aunque al principio la vida no haya sido fácil debido a su desconocimiento del idioma y la cultura, poco a poco se estabilizó gracias a la perseverancia de la pareja. Cuanto más salían y se aventuraban, más aprendían sobre cómo funcionaban la sociedad y las leyes en Argentina.
Los constantes esfuerzos acabaron dando sus frutos, ya que el restaurante generaba buenas ganancias. Esto motivó a otros miembros de la familia a seguir el mismo camino. Huang los animó a viajar a Argentina y a ampliar el negocio juntos. El futuro, prometedor.
“Por aquel entonces, estábamos justo al inicio de la ola de emigración, cuando estaba ganado mucha popularidad,” dijo Huang Fei, hermano del pionero, quien llegó a Buenos Aires unos años más tarde. “Todos estaban decididos a darlo todo, convencidos de que el trabajo duro y la perseverancia siempre darían sus frutos.”
El hijo de Huang, Sebastián Huang, aún recuerda cómo era la vida en los primeros años de la migración de su padre. Nació en China y lo llevaron a Argentina a los cinco años.
“No eran tan buenas las condiciones en esa época,” recordó Sebastián. “Lo que más recuerdo de esos primeros migrantes es que sus condiciones de vida eran realmente duras y, para ahorrar dinero, prácticamente nunca se atrevían a hacer llamadas internacionales a casa ni a comprar nada.”
Antes de abrir su propio negocio, Huang solía admirar cómo sus jefes vivían la vida de sus sueños.

“Cuando [el jefe] no estaba trabajando, nos llevaba con él cuando iba a tomar té o a comer,” dijo, “Así que lo acompañábamos, ya que no teníamos a dónde ir. Ellos tienen todo para disfrutar, pero nosotros… Ay, cuando llegamos por primera vez, nos preguntábamos: ¿cuándo podremos lograr lo que él tiene? Un negocio, un auto, una casa. Claro. Si pudiéramos tener esas tres cosas, ya está.”
La realidad era más cruda. Uno no tardaría demasiado en darse cuenta de que, aunque el puesto de jefe sí significaba ganar más dinero, también exigía una inversión de tiempo mucho mayor. Además, ¿qué tan difícil era abrir un negocio sin conocer bien el idioma local?
Carlos Lin, el primer locutor argentino de origen chino, habló sobre los sacrificios que tuvo que hacer la primera generación de inmigrantes chinos en Argentina en una entrevista realizada en 2024 con Infobae.
“Mamá no hablaba, pero el precio lo sabía,” recordó cómo su madre trabajaba de cajera en un supermercado en sus primeros años migratorios, “Y ella era rápida con la cabeza. Y mientras atendía en la caja a la persona que estaba con tres productos y estaba sacando el dinero para pagar, mamá ya le hacía la cuenta al que estaba atrás, porque le veía lo que tenía en la mano, sin código de barra en el año 89.”
Lin ilustró la situación con anécdotas de su generación anterior, que trabajaba en un entorno exigente tanto física como mentalmente, al igual que Huang. El trabajo de supermercadista no requería hablar mucho. Las habilidades clave eran saber los números en español y cómo funcionaban los códigos de barras.
“Eso hace que también sea muy sacrificado porque el laburo de un supermercado es de ocho a 22,” agregó el locutor.
A pesar de hablar muy poco español, los migrantes chinos lograban llevar adelante sus negocios con solo comprender los conceptos básicos de las transacciones comerciales. Y ganaban bien trabajando largas horas.
La prevalencia de la barrera lingüística y cultural en la comunidad también se reflejó en películas argentinas conocidas, como Un cuento chino, que cuenta la historia de un hombre argentino que ayuda a un joven chino recién llegado a llegar a su destino. En la obra, los personajes chinos mayores eran retratados hablando poco o nada de español, reacios a comunicarse con los locales. Por el contrario, a los personajes chinos más jóvenes se les mostraba hablando español con fluidez y siendo más amigables.
La realidad no es muy diferente. Por ejemplo, Sebastián, el hijo de Huang, es bilingüe de forma natural, ya que creció en un hogar chino y asistió a una escuela argentina al mismo tiempo. Atribuyó la parte social de su personalidad a la educación argentina.
“El enfoque se centra menos en el rendimiento académico y más en fomentar el bienestar emocional de los niños,” dijo Sebastián. “Hay muchas actividades extracurriculares que ayudan a los niños a integrarse en la sociedad desde pequeños.”
Pablo Lin, un emprendedor hijo de inmigrantes chinos criado en Argentina, señaló que la segunda generación suele probar suerte en otros sectores laborales gracias a su mayor integración en la sociedad local. Considera que el negocio de su familia, heredado de los inmigrantes, es “una opción de respaldo o una red de seguridad.”
“Me estoy apoyando sobre los hombros de mis padres,” dijo Pablo, reconociendo las oportunidades que el esfuerzo de sus progenitores le ha brindado. “Como ya me han dado una base más sólida y tengo una ventaja lingüística, siento que debo aprovechar mis habilidades bilingües para buscar oportunidades de negocios que ellos quizá hubieran querido aprovechar, pero que no pudieron por las barreras del idioma.”
Pero, ¿qué más ganan los migrantes de primera generación como Huang de su rutina laboral diaria? ¿Cuál es su conexión con el mundo más allá de las puertas del supermercado? ¿Evoluciona la vida del migrante a partir de ahí? A diferencia de sus hijos, que han recibido educación local, casi nunca tienen la oportunidad de aprender español de forma inmersiva fuera del trabajo.
“Igual no sabés el idioma, igual no podés comunicarte con el cliente más allá de las palabras simples,” el locutor Lin señaló en la entrevista con Infobae las limitaciones que ha tenido la generación de sus padres debido a su incapacidad de comprender el español. “Y así se genera que… viven para trabajar.”
La intensa rutina de trabajo tampoco se detuvo durante las fiestas tradicionales. Huang no tuvo ni un momento de descanso durante el Festival de Primavera tras abrir su negocio propio; más bien al contrario, estuvo aún más ocupado.
“La operación del supermercado te tiene ocupado hasta pasadas las diez de la noche,” dijo Huang. “Terminás de trabajar sobre las 11, normalmente nunca antes que las diez y media.”
Un empleado puede irse a casa una vez que termina su turno, mientras que el jefe debe quedarse para hacer el recuento de las ganancias del día, revisar el equipo y las medidas de seguridad, y cerrar el local. Además, como líder, el jefe también tiene responsabilidades como elaborar planes a largo plazo, supervisar la calidad del servicio, gestionar a los empleados y ocuparse de la logística general.
“A las 11 no hay nadie libre para preparar comida. Así que necesitás tener personal adicional y alguien que pueda cocinar para tener una comida hecha. Y sino tendrías que conformarte con algo sencillo,” añadió.
Aunque no haya participado en eventos culturales por falta de tiempo, Huang destacó los esfuerzos por parte de los representantes de la comunidad a lo largo de los años, a medida que la comunidad china crecía en Argentina.
“En la primera década más o menos, la mayoría de los chinos no celebraban de verdad el Festival de Primavera [como colectividad cultural]. No era algo común,” dijo Huang. “Pero la celebración ahora es diferente. Hasta tenemos ferias en los templos del Barrio Chino.”
Huang logró poner en marcha su propio negocio tras pasar solo dos años en Argentina. Eventualmente se compró un auto, luego una casa, después de trabajar sin descanso día tras día. Junto con la familia que se unió a él en su migración, abrió otros restaurantes en Buenos Aires y, más adelante, se aventuró en el sector de los supermercados.
Con la estabilización de su situación económica, solía echar una mano a los migrantes chinos recién llegados, ofreciéndoles oportunidades laborales en sus propios establecimientos. También invitaba a los compatriotas en situaciones difíciles a su casa, proporcionándoles alojamiento y comida.
“En esa época no había muchos compatriotas,” recordó Sebastián al hablar de la solidaridad de su padre. “Daba la sensación de que había más unidad entre los primeros migrantes; realmente podías decir que los chinos en el extranjero se ayudaban y se apoyaban mutuamente.”
Sin prisa pero sin pausa, la primera generación de inmigrantes chinos forjó su carrera en Argentina con el apoyo de sus compatriotas. Pero, ¿qué hacían cuando no estaban trabajando? El locutor Lin dio la respuesta a esta pregunta en la entrevista con Infobae.
“Vuelven a China para vacacionar,” afirmó Lin. “Porque allá tienen a su papá a su mamá, a veces tienen un hijo que volvió a estudiar. No desarrollan la vida social plena en la Argentina.”
Sin duda, la rutina diaria de típico migrante pionero consistía en el vaivén entre el trabajo y el hogar, siempre al margen de la sociedad fuera de su ámbito laboral, siempre con el pensamiento y la esperanza de volver a casa. El objetivo no era asimilarse a la cultura circundante ni convertirse en un local. Más bien, el viaje migratorio era una aventura económica temporal que los guiaría de regreso a casa siempre que fuera posible.
Huang encajaba perfectamente en esa descripción. Eventualmente ahorró lo suficiente para volver a casa y compró un boleto para la época del Festival de Primavera. Por fin iba a celebrar el año nuevo como siempre lo había hecho.
Tras su regreso, el pueblo que siempre había conocido había experimentado una transformación sin precedentes.
Un regreso transformador
“Debía haber sido en 1992. Porque vi que todos usaban esos buscapersonas en aquella época,” recordó Huang al hablar de la primera vez que regresó a su pueblo natal tras irse al extranjero.
Señaló el contraste tecnológico que observó al regresar a su tierra.
“En ese aspecto, Argentina era más avanzada que nosotros. Ahí ya había visto celulares, de la marca Motorola. Cuando regresé, todos seguían usando buscapersonas, de esos que solo mostraban números cuando los llevabas colgados [del bolsillo]», recordó.
Cuando Huang partió de China por primera vez en 1990, su familia sólo contaba con un teléfono fijo como dispositivo de comunicación. Y como eran los primeros del pueblo en disponer de uno, recibían frecuentes golpes en su puerta de vecinos que necesitaban hacer llamadas. Aunque Huang había estado fuera del país por tan sólo dos años, su pueblo natal floreció con un auge económico durante su ausencia.
“Todo el mundo estaba haciendo negocios, y se respiraba una atmósfera de gran prosperidad. Los que volvían al pueblo eran todos comerciantes,” dijo Huang.
Había surgido una variedad de tiendas nuevas en calles conocidas, y algunos caminos que solían ser tranquilos se habían transformado en bulliciosas avenidas peatonales.
“Cuando regresé, salía con ellos [familia y amigos] por las noches. Viste, aquella época en la que íbamos al karaoke, comíamos fuera y hacíamos todo ese tipo de cosas de ocio,” dijo. “Estaba en pleno auge. La gente tenía plata.”
Su hijo Sebastián vivió una experiencia similar al regresar a China ya de adulto en dos ocasiones, una en 2013 y otra en 2024.
“Cuando yo era chico, las calles y las casas en China eran muy angostas y gastadas. No había muchos centros comerciales y apenas había semáforos. Los autos eran solo para los ricos, pero había muchas bicicletas. Las televisiones eran en blanco y negro,” dijo el hijo del pionero, recordando los paisajes de su infancia. “Hoy en día, hay rascacielos y centros comerciales por todas partes. Las calles se volvieron mucho más anchas y hay semáforos en cada cruce. Pero el cambio más grande probablemente haya sido el surgimiento de los servicios de entrega de comida a domicilio. Después de todo, puedes conseguir algo de comer incluso en medio de la noche.”
Hoy Huang es un hombre jubilado. Sebastián se hizo cargo del negocio familiar, lo que le permitió tener la libertad de volver a casa cuando quisiera.
El caballo volvió galopando por la tercera vez desde que Huang partió de su pueblo natal. Habían pasado 36 años, tres ciclos completos del horóscopo. Esta vez, se encontraba sentado en la mesa del comedor de la casa de la que se despidió en 1990, rodeado por miembros de dos nuevas generaciones.
Pero los más jóvenes eran más visitantes que repatriados. No estaban acostumbrados a la sinfonía constante de petardos que se escucha en la víspera del Festival de Primavera, acababan de llegar en avión desde Buenos Aires, pasando por Auckland y Shanghái, para reencontrarse con sus raíces en un lugar tan lejano.
La mesa estaba dividida en dos: de un lado, charlaban niños y adolescentes alegremente en español con la jerga argentina más actual; y por el otro, los adultos conversaban en el dialecto que habla el pueblo desde hace siglos. Cuando se producía una interacción entre los dos grupos, ultilizaban el chino mandarín como la lengua franca.
Directo de la cocina, un humeante cuenco de sopa de pulpo ocupó el último espacio que quedaba en la mesa repleta de platos calientes. Huang, de 66 años, contempló la escena abundante y esbozó una sonrisa pícara.
“Cuando terminemos de cenar, el abuelo les va a contar una historia que probablemente nunca escucharon.”
(*) Lele Huang es una estudiante argentina en la Universidad Tsinghua en Beijing. El texto original de esta nota, que forma parte de su tesis de graduación, fue escrito en inglés bajo el título “There’s no place like home,” y puede leerse AQUÍ. La traducción al español corresponde a la propia autora.

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