Dīng Líng y el 8 de marzo: cuatro máximas para atravesar la adversidad
Por Bernardina Rosini, para DangDai. En 1942, en las cuevas de Yan’an donde la revolución china intentaba modelar un mundo nuevo, una escritora se atrevió a registrar la vida cotidiana de las mujeres revolucionarias.
No refirió a un heroísmo abstracto ni apeló a consignas épicas, por el contrario, escribió sobre cuestiones muy concretas: el cansancio, la crítica constante, el matrimonio, la sospecha. Ese gesto -aparentemente menor- la colocó en el centro de una de las tensiones más profundas del siglo XX chino.
La autora era Dīng Líng 丁玲 (1904-1986), una de las voces más fascinantes y discutidas de la literatura moderna china. Volver a ella este 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer Trabajadora, es recuperar una voz que en medio de una revolución se atrevió a pensar qué necesita una mujer para no perderse a sí misma mientras participa de la transformación del mundo. Sus reflexiones, formuladas hace más de ochenta años, exhiben una asombrosa vigencia.
De la “Nueva Mujer” a la revolución
Si el siglo XX en China fue un siglo de transformaciones radicales, Dīng Líng (seudónimo de Jiang Bingzhi) fue una de las escritoras que mejor supo narrar y habitar esas tormentas.
Nacida en el seno de una familia noble de la provincia de Hunan durante el ocaso de la dinastía Qing, su destino parecía estar marcado por la reclusión de los “cuartos interiores” y el cumplimiento del ritual confuciano. Sin embargo, impulsada por una madre viuda de ideas progresistas, Dīng Líng se educó en las primeras redes de escuelas femeninas de China, ambientes que habilitaron el inicio de un proceso de politización que resultaría irreversible.
A los quince años, se sumó al despertar nacional delMovimiento del 4 de Mayo de 1919, un estallido juvenil que cuestionaba el patriarcado feudal y buscaba una “Nueva China”. En un gesto de rebeldía que escandalizó a su familia, Dīng Líng se cortó la trenza (símbolo de piedad filial), rechazó el matrimonio arreglado por sus tíos y huyó hacia la cosmopolita y agitada Shanghái. Allí se afilió al Partido Anarquista, proclamando que su cuerpo le pertenecía a ella misma y no a su linaje.
En 1928 alcanzó la fama nacional con la publicación de El diario de la señorita Sofía, una obra provocadora que escandalizó al retratar el deseo sexual, la ambivalencia emocional y el “caos de la personalidad” de una mujer urbana que se negaba a ser definida como simple funü 妇女 -término tradicional que entendía el rol de la mujer en función del parentesco y la familia.-. La joven protagonista de la obra no era esposa ni madre ejemplar: era un sujeto que dudaba, deseaba y se contradecía. En una sociedad que apenas comenzaba a discutir la emancipación femenina, la propuesta de Dīng Líng era de vanguardia.

Pero su trayectoria no se detuvo en el gesto literario. El asesinato de su esposo -el poeta comunista Hu Yepin 胡也频- a manos del Kuomitang en 1931, marcó un quiebre definitivo: Dīng Líng dispuso su pluma a la causa revolucionaria y se afilió secretamente al Partido Comunista de China (PCCh). Tras años de persecución y arresto domiciliario, logró llegar en 1936 a Yan’an, la base roja del norte, donde Mao Zedong la recibió como una figura emblemática. Allí comenzó una nueva etapa: la del barro, la organización y la disciplina.
El escándalo de la verdad: Pensamientos sobre el 8 de marzo
En Yan’an, Dīng Líng ocupó cargos de relevancia, entre ellos la edición de Jiěfàng Rìbào 解放日报 (Diario de la Liberación). Fue entonces que advirtió que la promesa igualitaria de la revolución no eliminaba automáticamente las jerarquías de género, y fue precisamente sobre esa contradicción que decidió escribir.
En 1942, en el contexto de la campaña de rectificación ideológica impulsada por el Partido, publicó su ensayo Pensamientos sobre el 8 de marzo. El texto fue explosivo. Señalaba que las mujeres revolucionarias enfrentaban una doble exigencia: debían ser militantes ejemplares y, al mismo tiempo, cumplir expectativas tradicionales sobre matrimonio, moralidad y trabajo doméstico. Si no se casaban, eran objeto de sospecha; si lo hacían y priorizaban la actividad política, eran criticadas por descuidar el hogar.
De acuerdo a Dīng Líng, el problema no era una “naturaleza femenina” débil, sino la persistencia de una cultura dominada por hombres incluso dentro de la estructura revolucionaria. La liberación proclamada no alcanzaba si no transformaba también las relaciones íntimas y cotidianas, atendiendo a esta dimensión formuló cuatro máximas dirigidas a la “mujer consciente moderna”, que podrían leerse -también- como una estrategia de supervivencia subjetiva:
- Cuidar la salud: No sacrificar el cuerpo bajo la idea romántica de que el sufrimiento extremo es más revolucionario.
- Asegurarse de ser feliz: Entender la felicidad como un estado activo de lucha y crecimiento, no como complacencia.
- Usar el pensamiento y la racionalidad: Actuar con estrategia, comprender la propia posición, no dejarse arrastrar por dinámicas que erosionen la autonomía.
- Persistir en la autoconciencia: Negarse a ser una víctima pasiva y mantener una vigilancia interna frente a las normas que buscan uniformar el deseo.
Leídas hoy, estas máximas podrían interpretarse como una exhortación individualista, pero se tratan de un programa mínimo de resistencia en contextos donde el sacrificio se glorifica, la desesperanza se expande y la presión por adaptarse puede volverse asfixiante. Dīng Líng no proponía abandonar la revolución: pretendía no desaparecer dentro de ella.
La reacción no tardó en llegar, Dīng Líng fue acusada de sostener un “feminismo de miras estrechas”, una etiqueta que, en el clima de la Campaña de Rectificación, equivalía a señalar una desviación ideológica. En el ideal maoísta emergente, la mujer debía convertirse en funü estatalizada: una trabajadora y militante cuya identidad de clase absorbiera cualquier particularidad de género.
Pero el señalamiento no tuvo una motivación únicamente doctrinal, como suele ocurrir en los momentos de fuerte disciplinamiento político, las fronteras entre debate ideológico, rivalidad intelectual y resentimiento personal se volvieron porosas. Para ese entonces Dīng Líng no era una figura menor: era célebre, tenía acceso directo a la dirigencia, ostentaba una variedad de cargos y poseía una voz literaria reconocida. Esa centralidad también despertó antagonismos dentro del campo cultural revolucionario.
Con el correr de los años -especialmente durante la Campaña Antiderechista de 1957- las críticas hacia ella combinaron tanto acusaciones políticas con ataques a su vida privada y a su carácter. La retórica de la pureza ideológica sirvió, en parte, como marco para disputas de poder y tensiones acumuladas desde los años de Yan’an.
Pero más allá de los nombres propios y las rivalidades circunstanciales, el episodio dejaba al descubierto una cuestión de fondo: ¿Podía una revolución tolerar la persistencia de subjetividades no completamente moldeadas por la disciplina colectiva? ¿O toda singularidad debía disolverse en nombre de la unidad?
Dīng Líng fue sometida a procesos de autocrítica y rectificación ideológica y, décadas más tarde, durante la Revolución Cultural, sufrió el exilio interno en granjas remotas y años de reclusión y marginación política. Aun así, nunca renunció a la convicción de que la emancipación no podía implicar una nueva forma de subordinación.
Su vida fue una sucesión de reinvenciones: éxito literario, censura y un reconocimiento oficial tardío pero significativo. En 1978 reapareció en Beijing, respaldada por Deng Xiaoping, recuperando su afiliación al Partido y cargos honorarios, en un gesto que simbolizaba la reconciliación del Estado con parte de su comunidad intelectual tras décadas de persecución. Ese reconocimiento oficial validaba una trayectoria que ya había alcanzado proyección internacional -como el Premio Stalin de 1951 por El sol brilla sobre el río Sanggan, su novela sobre la reforma agraria- y su rol como vicepresidenta de la Asociación de Escritores Chinos.
El hilo que atraviesa su biografía es la negativa a reducir la experiencia femenina a un simple instrumento del Estado, incluso cuando ese Estado se proclamaba revolucionario. Al final de sus días, celebrada por nuevas generaciones de lectores que veían en su historia un espejo de sus propias penalidades, sostuvo que “la creación misma es una acción política”. Tras haber pisado el barro de la historia, supo limpiarse los pies y seguir adelante sin perder la voz.
El itinerario de Dīng Líng muestra que la modernización femenina en China no fue un proceso lineal ni armónico, sino un campo de batalla simbólico y político. Entre la nüxing cosmopolita y la funü socialista, ella intentó sostener un espacio propio: un lugar donde la escritura fuera una forma de existencia.
Recordar sus máximas este 8 de marzo es recuperar una idea sencilla y radical: la emancipación es una práctica cotidiana, se afirma en el cuidado del cuerpo y la vida, en la defensa de la alegría, en la lucidez estratégica y en la persistencia de la autoconciencia.
En tiempos en que ciertos derechos parecen volver a discutirse como si nunca hubieran sido conquistados, la voz de Dīng Líng recuerda que ninguna transformación social es definitiva y que la subjetividad femenina es un territorio de resistencia que insiste en existir con luz propia. Sus máximas fueron pensadas precisamente para ese desafío persistente, como una clave para poder atravesar la adversidad y enfrentar la injusticia sin ceder la propia conciencia.

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