“Guardiana de dragones” en colaboración
El director español Salvador Simó, codirector de Guardiana de dragones (Dragonkeeper), considera que la coproducción realizada entre equipos de China y España fue una experiencia compleja pero dejó un aprendizaje que puede facilitar nuevos proyectos conjuntos.
Entrevistado por Jimena Li Yu, de CGTN Español, durante una nueva visita a China, Simó recordó que la realización atravesó además las dificultades de la pandemia. “Fue un primer paso. Creo que aprendimos mucho sobre cómo colaborar, sobre lo que hicimos bien y lo que hicimos mal”, afirmó. El resultado, sostuvo, “abrió una puerta a un futuro de colaboración que, bien hecho, puede funcionar muy bien porque, al final, no somos tan diferentes”.
Guardiana de dragones constituye un caso particular de intercambio cultural. La historia procede de una novela de la escritora australiana Carole Wilkinson, está ambientada en la antigua China y fue llevada a la pantalla mediante una coproducción sino-española dirigida por Simó y el realizador chino Li Jianping. Esa combinación obligó a los equipos a tomar decisiones sobre cómo representar una cultura determinada y, al mismo tiempo, construir una película destinada a espectadores de distintos países. Para Simó, la solución no consistió en borrar las diferencias culturales, sino en buscar qué necesitaban expresar los personajes.
Un ejemplo aparentemente pequeño resume esa discusión. En una escena, Ping, la protagonista, abraza a su maestro. El equipo chino señaló que el abrazo no tenía en su cultura la misma presencia cotidiana que en España. Los realizadores decidieron finalmente mantenerlo, pero hacer que el maestro se sintiera incómodo al recibirlo. El gesto quedaba así explicado por la inocencia de la niña y no por una supuesta conducta culturalmente china o española. “Si entendemos por qué el personaje hace lo que hace, ya no depende tanto de la cultura, sino más de las sensaciones y los sentimientos de los personajes. Y eso es común a cualquier cultura”, explicó Simó.

El director considera que la animación ofrece posibilidades particulares para atravesar esas fronteras. A diferencia del cine de acción real, que comienza dentro de un mundo cuyas reglas físicas y sociales el espectador ya conoce, una película animada construye desde cero su propio universo. Allí pueden establecerse nuevas reglas y hacer que las diferencias culturales formen parte de la narración en lugar de convertirse necesariamente en obstáculos. Simó lo resume con una idea: la cultura es “el envoltorio” de las grandes historias humanas. Una historia de amor situada en China será diferente de otra ambientada en España precisamente porque cada cultura le dará formas particulares, aunque el sentimiento que la sostiene pueda ser comprendido en ambos lugares.
La realización de Guardiana de dragones también puso a prueba un problema habitual en las coproducciones: cómo organizar el trabajo de cientos de personas pertenecientes a industrias y culturas diferentes. Simó, que lleva 36 años trabajando en animación y ha participado en producciones internacionales, compara ese proceso con un reloj formado por numerosas piezas. Para que funcione, dijo, es necesario establecer desde el comienzo qué corresponde hacer a cada equipo y mantener una dirección creativa común. La película permitió precisamente descubrir qué mecanismos funcionaban y cuáles debían corregirse en una colaboración entre profesionales separados por miles de kilómetros.

Uno de los desacuerdos creativos más interesantes apareció con los propios dragones. En la novela original tenían alas, mientras que la iconografía china generalmente los representa sin ellas. En lugar de imponer una de las dos versiones, los equipos investigaron hasta encontrar una solución dentro de la propia tradición china: documentación según la cual un dragón podía desarrollar alas al alcanzar los 1.500 años. “De esta manera conseguimos encajar la historia dentro de la cultura china”, recordó Simó. Para el director, el episodio muestra que una coproducción funciona cuando el objetivo no es determinar quién tiene “la última palabra”, sino preguntarse qué decisión sirve mejor a la película.
La experiencia no llevó a Simó a pensar que exista una fórmula universal para futuras coproducciones. Al contrario, sostiene que cada estudio posee capacidades y sensibilidades distintas y que el punto de partida debe ser sentarse a hablar antes de comenzar la producción. “No hay un solo equipo chino. Hay muchos equipos chinos, muchos estudios en China. Cada estudio tiene su punto fuerte”, explicó. El procedimiento que propone parece elemental, pero para él es decisivo: determinar qué quiere aportar cada parte, establecer cómo comunicarse y recién entonces construir una forma de trabajo común.
Simó regresó ahora a China en una función diferente: como miembro del jurado de la sección de animación del Festival Internacional de Cine de la Ruta de la Seda, en Xi’an. Desde esa posición explicó también qué busca cuando observa una película. No comienza por la sofisticación técnica sino por una pregunta: si aquello que el realizador quería transmitir efectivamente llega al espectador. Lo compara con la poesía: puede utilizar un lenguaje más o menos elaborado, pero lo decisivo es que consiga comunicar algo. “Al fin y al cabo, la animación es un arte, y el arte no deja de ser un medio para transmitir una sensación, un sentimiento”, señaló.
Esa misma concepción explica su defensa de las coproducciones internacionales. Para Simó, trabajar con personas formadas en otros contextos obliga al director a revisar decisiones que dentro de su propio equipo podrían parecer evidentes. Cuando un colega de otro país dice “esto no lo entiendo”, explicó, obliga a preguntarse si existe realmente una diferencia cultural o si simplemente el realizador no consiguió comunicar correctamente su idea. La distancia puede convertirse así en una herramienta creativa: otra mirada permite descubrir problemas y posibilidades que quienes están demasiado cerca del proyecto quizá no perciban.
A más de dos años de terminada Guardiana de dragones, Simó conserva una valoración positiva de aquel experimento y se mostró dispuesto a repetirlo. Su experiencia sugiere una concepción de la coproducción diferente de la simple división de tareas entre países: cada cultura conserva su particularidad, pero participa en la construcción de un lenguaje narrativo compartido. El abrazo de Ping, las alas del dragón o las diferentes maneras de entender una escena dejan entonces de ser obstáculos que haya que eliminar. Son precisamente los lugares donde la colaboración obliga a conversar, investigar y encontrar una tercera solución que ninguno de los dos equipos habría producido por separado.

PUBLICAR COMENTARIOS