Liu Zhenyun: “La literatura se vuelve verdadera cuando la experiencia de una persona permite comprender algo que concierne a todos”
En la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, el escritor chino Liu Zhenyun habló sobre literatura, filosofía, tiempo, cine y la capacidad de una historia local para volverse universal. Fue la tercera escala de una gira argentina que pasó también por La Plata y Mendoza.
El escritor y guionista Liu Zhenyun participó el 17 de septiembre de un encuentro con estudiantes, docentes e investigadores en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.
La actividad, titulada De la palabra a la imagen: la obra literaria de Liu Zhenyun y su adaptación al cine, fue organizada por el Instituto Confucio de la UBA y el Área Interdisciplinaria de Estudios Sinológicos (AIES). Fue la tercera escala de la gira argentina del autor, después de sus actividades en La Plata y Mendoza.
Ganador en 2011 del Premio de Literatura Mao Dun, una de las principales distinciones literarias de China, Liu es autor de obras traducidas a más de 30 idiomas, entre ellas La palabra que vale por diez mil, Yo no soy una mujerzuela y Recordando 1942. Varias fueron llevadas al cine: la adaptación de Yo no soy una mujerzuela, estrenada internacionalmente como Yo no soy Madame Bovary, obtuvo la Concha de Oro en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián. El encuentro de Buenos Aires, moderado por las investigadoras Verónica Flores y Lelia Gándara, se concentró precisamente en el tránsito entre literatura y cine, pero la conversación terminó abarcando una cuestión más amplia: qué hace un escritor cuando intenta comprender el mundo.

Liu comenzó por cuestionar la idea de que la literatura pueda alimentarse solamente de literatura. Recordó una antigua frase china: “El verdadero dominio de la poesía se adquiere fuera de la poesía”. Para el escritor, esto significa conocer la historia y la sociedad y, particularmente, estudiar filosofía: “Un escritor o un poeta debe ser, antes que nada, alguien que piensa filosóficamente”. Al advertir que en la UBA literatura y filosofía conviven dentro de una misma facultad, dijo que le parecía una organización razonable y bromeó con la posibilidad de proponer algo semejante al regresar a su país: “La literatura no puede separarse del pensamiento ni de la experiencia del mundo”.
Para explicar esa relación recurrió a Bai Juyi (白居易), uno de los grandes poetas de la dinastía Tang, y a El vendedor de carbón. Su protagonista, pobre y con poca ropa para protegerse del invierno, desea sin embargo que haga todavía más frío porque así podrá vender más caro el carbón. Para Liu, en esa contradicción aparentemente sencilla se concentran “la pobreza, la injusticia y la complejidad de los sentimientos humanos”. De allí extrajo una definición de su concepción literaria: “La literatura se vuelve verdadera cuando la experiencia concreta de una persona permite comprender algo que concierne a todos”.
Otro de los asuntos sobre los que se extendió fue el tiempo. Una novela, explicó, no está obligada a obedecer al reloj: unos minutos pueden extenderse durante decenas de páginas y una vida completa puede quedar contenida en una frase. Puso como ejemplo a Marcel Proust y En busca del tiempo perdido, donde una sensación puede abrir una enorme extensión del pasado, y a James Joyce, que hizo caber el universo de Ulises dentro de una sola jornada. La literatura permite así que convivan el tiempo cotidiano, el de la memoria, el histórico y el imaginario: “Por eso escribir es también una manera de discutir con los límites de la vida”.
Liu habló también de una característica reconocible de sus propias novelas: historias que avanzan mediante desvíos, equívocos y sucesivos rodeos. “Mis relatos suelen dar muchas vueltas. Pero esas vueltas no las invento yo: son el eco de las vueltas que da el propio mundo”, explicó. Para él, la complejidad narrativa no tiene valor por sí misma. Lo decisivo es saber alrededor de qué gira una historia y qué permite descubrir al completar su recorrido: las vueltas de una narración adquieren sentido cuando revelan “la verdad profunda y, muchas veces, la violencia escondida detrás de los acontecimientos”.
Ese mecanismo permite comprender también cómo piensa la relación entre lo local y lo universal. Una pequeña aldea puede contener el mundo, sostuvo Liu, siempre que el escritor no convierta sus particularidades en simple exotismo. Cuando aparecen allí los deseos, conflictos, soledades y formas del humor de las personas, el pequeño territorio deja de ser exclusivamente local. “Lo local no se opone a lo universal: es el camino concreto para alcanzarlo”, afirmó. Durante su viaje encontró incluso costumbres argentinas que le recordaron celebraciones de su pueblo en China. Algo semejante ocurre, señaló, cuando un libro atraviesa idiomas y fronteras: “La traducción no elimina la distancia: construye un puente para atravesarla”.

La conversación llegó inevitablemente a Recordando 1942, obra sobre la gran hambruna sufrida en Henan y posteriormente llevada al cine, con la participación de actores como Tim Robbins y Adrien Brody. Liu explicó una escena en la que una cifra administrativa pretende reducir una catástrofe humana a la exactitud tranquilizadora de un número. El espectador puede inicialmente reír ante lo absurdo de la situación, pero inmediatamente descubre detrás de esa risa la dimensión de la tragedia. Para el escritor, allí se encuentran comedia y dolor: “La risa no elimina el dolor; puede ser la forma que permite revelarlo”. Durante su paso por Argentina dijo haber encontrado una relación entre ese mecanismo y aspectos de la historia argentina: las estadísticas pueden intentar reducir una catástrofe, mientras los rostros, las fotografías y la memoria de las víctimas devuelven su dimensión humana.
El título del encuentro llevó finalmente a Liu a explicar cómo entiende la diferencia entre una novela y una película. Utilizó dos imágenes. El cine es como “un leopardo que corre”: debe concentrar mucha información en aproximadamente dos horas. La novela, en cambio, “se parece a un panda grande que camina despacio”; mientras lo acompaña, el lector puede detenerse, relacionar ideas y tomar caminos que la propia obra no había previsto. Después ensayó otra comparación: una película se parece a un río que corre hacia el mar y puede precipitarse como una catarata; la novela se parece al océano, donde las olas visibles importan menos que las fuerzas que actúan en las profundidades.
Pero Liu no estableció una jerarquía entre ambas artes. Reconoció que un actor puede expresar mediante un gesto o una mínima modificación del rostro algo que al escritor le exigiría muchas palabras y que, incluso así, quizá no conseguiría transmitir. Por eso considera decisiva la elección del director cuando una novela llega a la pantalla: “El cine no debe limitarse a ilustrar la novela: tiene que descubrir su propio lenguaje para expresar aquello que la literatura produjo por otros medios”.
La visita de Liu a la UBA terminó así convirtiendo el diálogo sobre las adaptaciones cinematográficas de sus libros en una reflexión más extensa sobre aquello que une literatura, filosofía y experiencia: diferentes maneras de interrogar, mediante historias particulares, problemas que pueden ser reconocidos por lectores que viven a miles de kilómetros de distancia. Gándara señaló que las historias cotidianas de Liu permiten aproximarse de manera íntima a la vida de las personas en China, mientras Flores sostuvo que su obra ofrece una vía para pensar la China contemporánea y encontrar puntos de contacto entre ambas sociedades.

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