Vecinos: el eslabón perdido del voto chino
Solo en Beijing, más de 3.100 “asambleas de patio” deciden sobre cargadores de bicicletas, alumbrado público y otros problemas vecinales. Qué es la democracia popular de todo el proceso y cuál es el rol del PCCh.
Por Fernando Capotondo. La señora Li sacó su viejo celular del bolso y mostró la foto de su bicicleta eléctrica. “No puedo cargar la batería”, dijo. Nadie la contradijo: en Minzhu Village, un barrio de Chongqing, todos sabían que las estaciones de carga comunitaria estaban demasiado lejos. Pero el reclamo individual abrió la puerta a otros. Media hora después, los vecinos discutían sobre cargadores mal ubicados, luces que no alumbraban y contenedores de basura que nadie quería cerca de su casa. Es la dinámica de las “asambleas de patio”, la base de lo que China llama democracia popular de todo el proceso.
En este esquema, las asambleas de patio funcionan con debates y votaciones que reconocería cualquier militante, miembro de una ONG o ciudadano de un país occidental. Allí los vecinos definen cuestiones que impactan en su vida cotidiana, con la sensación de que lo que dicen, al menos en teoría, importa.

En Minzhu Village, la secretaria del Partido y – al mismo tiempo – directora del comité vecinal, Wu Chengli, convirtió estas asambleas en rutina. Desde 2021, cuando se lanzó un programa nacional de renovación urbana, Wu convocó decenas de encuentros donde los residentes proponen y supervisan mejoras.
El mecanismo estrella se llama “Buzón N° 1”. En principio, era una caja de madera para que los obreros de una fábrica enviaran sugerencias a la dirección. Hoy es un sistema híbrido, papel y digital, que ha recibido miles de propuestas. La mayoría son pequeñas. Algunas transformaron el barrio. Otras quedaron en el camino.
“Como es un asunto de todos, debemos discutirlo con todos”, dice Wu, que además es diputada de la Asamblea Popular de Chongqing. Suena a eslogan. En un barrio que se transformó en modelo, deja de serlo.
Beijing concentra más de 3.100 asambleas de patio bajo la misma lógica. En Zeguo, un municipio de Zhejiang, los vecinos han participado en procesos de presupuesto participativo, cuyo carácter deliberativo fue reconocido por académicos occidentales. “China contiene vívidos ejemplos de democracia a nivel de base sobre temas que importan a los participantes locales”, plantearon, sin ironías, los investigadores Him Chung, Anita Chan y Jonathan Unger en la revista Politics and Society.

En este entramado, el Partido Comunista de China (PCCh) no es un actor secundario. En cada asamblea, el Partido tiene al menos un representante orgánico que “coordina” y “eleva” las demandas a niveles superiores. En la práctica, funcionan como bisagras entre la micro-democracia del barrio y la macro-política del Estado. Wu Chengli es el ejemplo perfecto: delibera con los vecinos y luego, como diputada, lleva las demandas a la Asamblea Popular de Chongqing. El circuito se cierra. O debería. La queja vecinal puede convertirse, en el mejor de los casos, en política pública.
Modelo para armar
Las categorías tradicionales no alcanzan para leer el fenómeno. China no tiene democracia liberal, ni partidos compitiendo, ni elecciones periódicas, ni alternancia en el poder. Propone otro concepto: la democracia popular de todo el proceso.
El modelo busca ampliar la idea clásica de democracia, centrada en el voto, hacia un sistema de participación en varias etapas: consulta, deliberación, implementación y evaluación.

Sin feroces campañas electorales, los representantes se eligen a través de un proceso escalonado que empieza en el barrio y termina en la Asamblea Popular Nacional (APN). La legitimidad, acá, no viene del voto. Viene, si viene, de resolver problemas y de sostener cierta estabilidad.
Las asambleas de patio son, en ese esquema, la primera estación de un recorrido largo que permite que la voz del ciudadano llegue hasta los despachos oficiales. El debate de fondo no es técnico. O no sólo. Es ideológico. Para el PCCh, las asambleas de patio son la prueba viviente de que su modelo no es una dictadura, como se plantea desde el exterior, sino un sistema con mecanismos reales de participación. Para Occidente, son apenas una cortina de humo.
Las asambleas existen, deliberan y resuelven problemas. El Partido fija los límites. Si eso es democracia o no depende de a quién se le pregunte.
¿El pueblo habla?
James S. Fishkin, de la Universidad de Stanford, ha colaborado en la implementación de estos mecanismos en China. En su libro “Cuando el pueblo habla”, el académico sostuvo que “el método de democracia deliberativa es adecuado para todos los sistemas políticos”. A pesar de tener una mirada que no pretende ser complaciente, sostiene que el nivel de participación popular en el país asiático puede incomodar a quienes creen que la democracia es patrimonio de Estados Unidos y Europa. La deliberación, sugiere, no es monopolio de ningún sistema.
Pero no todas son flores. También hay escepticismo., de la Universidad de Deakin, ha señalado que estos experimentos ocurren dentro de “marcos institucionales establecidos desde arriba”. El Partido pone el escenario. Los vecinos actúan. A diferencia de una asamblea barrial de Buenos Aires, en China el telón de fondo nunca desaparece. El PCCh facilita la deliberación, la encuadra, la supervisa y, en última instancia, la valida.
No hay un cálculo nacional de asambleas de patio. Existen otras formas de participación ciudadana similares, que se adaptan y reciben distintos nombres según la región, como los llamados “charladores de aldea” en la provincia de Zhejiang o las “charlas nocturnas” en la ciudad de Ningbo.
¿Qué leyes importantes han surgido de este proceso? Su impacto en la alta legislación nacional es marginal o consultivo, comparado con su éxito en la normativa local. Las asambleas de patio no legislan. Pero han producido regulaciones locales, ordenanzas municipales y programas de inversión vecinal que, en su escala, son igual de vinculantes. El programa de renovación urbana de Minzhu Village, por ejemplo, fue moldeado por las sugerencias vecinales. No es la Constitución, pero les funciona.
Mientras la atención mundial apunta al Estrecho de Ormuz, los vecinos de Beijing siguen reuniéndose para debatir sobre árboles podados o luces que no alumbran. A la señora Li nunca le interesó la geopolítica ni pretendió modificar el orden global: solo cambió su calle. Para ella, eso fue suficiente. Para el sistema, también. Ese puente entre una queja vecinal y una política pública es, ni más ni menos, el eslabón perdido del voto en China.

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