China en la transición energética: pragmatismo, poder industrial y gobernanza climática

20 febrero, 2026

Por Bernardina Rosini (*) para DangDai. China acelera la descarbonización y consolida un dominio industrial en tecnologías limpias mientras amplía su capacidad de influencia sobre estándares y marcos regulatorios de la transición energética.

En esa dinámica, el clima deja de ser solo una agenda ambiental para convertirse en un terreno central de disputa por poder económico y capacidad de decisión.

El pasado 27 de enero, Estados Unidos materializó su segunda salida del Acuerdo de París y de esta manera se terminó de consolidar un escenario que se venía gestando desde hacía años: el debilitamiento de la gobernanza climática global en el contexto de una crisis climática que se expresa con una intensidad cada vez mayor. En un mundo que necesita planeamiento, financiamiento sostenido y coordinación internacional para abordar la mitigación, la adaptación y los impactos del calentamiento global, la retirada estadounidense volvió a dejar al descubierto un vacío de liderazgo difícil de disimular. China avanzó sobre ese espacio como un actor pragmático capaz de ofrecer previsibilidad, continuidad, escala y capacidad material en un escenario internacional atravesado por la fragmentación y la incertidumbre. En relación a la cuestión climática, la participación china se viene construyendo sobre una combinación de planificación estatal, expansión tecnológica y diplomacia multilateral cuidadosamente calibrada.

El vacío de poder y la disputa por la gobernanza climática

La Climate Week de Nueva York realizada en septiembre de 2025 funcionó como una antesala del reordenamiento mencionado. Mientras delegaciones internacionales buscaban señales de certidumbre, se manifestaba un contraste evidente: por un lado, una administración estadounidense cada vez más volcada a una narrativa de soberanía energética basada en los combustibles fósiles; por otro, el gobierno de Xi Jinping presentando compromisos climáticos moderados pero respaldados por una capacidad industrial sin precedentes.

La nueva retirada del Acuerdo de París por parte del gobierno de Estados Unidos -la segunda en menos de una década- no hizo más que cristalizar esa inestabilidad. El país ya había abandonado el pacto durante la primera presidencia de Donald Trump en 2021, luego Joe Biden revirtió la decisión y restableció la participación en el acuerdo; y posteriormente, con el regreso de Trump a la Casa Blanca, se volvió a a invertir el rumbo. Vaivén que resiente el liderazgo estadounidense y la estabilidad de la arquitectura climática internacional cuya eficacia depende -en gran medida- de compromisos sostenidos en el tiempo.

Por el contrario, si observamos a China en este escenario, no se limita a ocupar espacios vacantes: propone un horizonte. Desde 2013, Xi Jinping impulsa la idea de construir una “comunidad de destino compartido para la humanidad” (人类命运共同体), una fórmula que busca responder a una pregunta tan amplia como estratégica: hacia dónde se dirige la humanidad en un contexto de crisis múltiples.

La noción -incorporada al ambiente político por el presidente Hu Jintao en 2012 y desarrollada por Xi desde entonces en sucesivos discursos ante foros internacionales- articula una visión de orden global basada en el multilateralismo, el desarrollo compartido y la cooperación. Entre sus ejes figura explícitamente la construcción de un mundo “limpio y hermoso” mediante un desarrollo verde y bajo en carbono, inscribiendo la agenda climática dentro de una narrativa más amplia de gobernanza global alternativa. Lejos de ser una consigna retórica aislada, esta visión se conecta con iniciativas concretas como la Iniciativa de la Franja y la Ruta y los marcos de cooperación Sur-Sur, donde la transición energética aparece como componente central. En el terreno climático, la idea de un “futuro compartido” funciona como argumento legitimador: si los destinos están interconectados, la acción climática deja de ser una concesión y pasa a ser una responsabilidad colectiva.

Sin embargo, esta proyección también forma parte de una disputa por el sentido del orden internacional. Al tiempo que se presenta como defensora del multilateralismo frente al repliegue occidental, China redefine los términos de ese multilateralismo, alineándolo con sus propias prioridades estratégicas y el esquema de su modelo de desarrollo.

Ciertamente la idea de un “futuro compartido” adquiere densidad cuando se observa la escala de la transformación energética interna. Sin esa base industrial, la retórica multilateral perdería sustento. En ese sentido, la estrategia climática china parece apoyarse en una lógica inversa a la de otras potencias occidentales: promete menos de lo que muchos esperan, pero ejecuta más que la mayoría y en un sistema internacional erosionado por anuncios grandilocuentes e incumplimientos recurrentes, esa sobriedad operativa se convierte en una forma de poder.

Energías limpias y paradojas fósiles

El posicionamiento internacional de China se apoya en una transformación material concreta, año tras año se repite la consecución de nuevos récords. En 2025, por ejemplo, el país alcanzó un hito histórico: por primera vez, la capacidad instalada combinada de energía solar y eólica superó a la del carbón. Solo ese año, China incorporó más de 300 GW de energía solar y alrededor de 120 GW de energía eólica, consolidando una trayectoria que la ubica como principal proveedor global de tecnologías limpias.

El dato adquiere mayor dimensión si se considera que China ha sido, durante décadas, el mayor consumidor y productor de carbón del planeta. En 2021, su consumo y producción representaban más de la mitad del total mundial (56%). Que las renovables hayan superado en capacidad instalada al combustible que sostuvo su industrialización no es un detalle técnico: es una señal estructural del cambio en curso.

Este despliegue de energías renovables impacta directamente en la gobernanza climática global. Al reducir costos y ampliar el acceso a tecnologías solares, eólicas y de almacenamiento, Beijing se posiciona como un actor central en la transición energética del Sur Global. No exporta únicamente equipos: exporta estándares, financiamiento, arquitectura industrial y, en muchos casos, dependencias tecnológicas de largo plazo.

En un sistema internacional donde durante décadas las normas técnicas y regulatorias fueron establecidas por las potencias occidentales, la capacidad de definir especificaciones, controlar cadenas de suministro y fijar parámetros de mercado se convierte en una forma de poder estructural. La transición energética ofrece a China un terreno privilegiado para ese desplazamiento, ampliando su capacidad de incidir en el diseño de reglas y, cuando las condiciones lo permiten, de establecerlas.

En este contexto, el avance renovable chino adquiere una dimensión adicional. Según el informe Global Electricity Mid-Year Insights 2025 de Ember, citado por Naciones Unidas, por primera vez el crecimiento de la electricidad limpia cubrió completamente el aumento de la demanda eléctrica mundial. China fue el principal motor de ese proceso, representando el 43 % del crecimiento global en generación solar y el 44 % del incremento eólico. Más que acompañar la transición, la está acelerando.

La persistencia del carbón debe leerse en ese marco. En 2025, China puso en funcionamiento cerca de 78 GW de nueva capacidad térmica. Sin embargo, su rol dentro del sistema está cambiando: deja de ser el vector expansivo del crecimiento para operar como respaldo de seguridad energética en un contexto de electrificación acelerada. La generación efectiva a partir de carbón cayó en términos relativos, mientras las renovables absorbieron el aumento de la demanda.

Esta coexistencia responde a una lógica de transición controlada, una reconfiguración gradual de su matriz energética que preserve estabilidad económica y social mientras consolida su liderazgo tecnológico. En esa combinación -expansión verde, respaldo fósil y control de estándares- se expresa el núcleo del pragmatismo estratégico chino.

Compromisos climáticos y multilateralismo estratégico

Ese mismo pragmatismo se proyecta en el plano diplomático. En septiembre de 2025, durante la Cumbre Climática de Naciones Unidas en Nueva York, el presidente Xi Jinping anunció las nuevas Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (NDC) con horizonte en 2035. China se comprometió a reducir las emisiones netas de gases de efecto invernadero de toda la economía entre un 7 % y un 10 % desde su nivel máximo, ampliar la participación de fuentes no fósiles por encima del 30 % del consumo energético total y expandir su capacidad eólica y solar hasta 3.600 gigavatios. También incorporó todos los gases de efecto invernadero en su marco de medición y anunció la ampliación de su mercado nacional de carbono.

En la más reciente COP30 de Belém, Beijing no introdujo metas adicionales, pero sí defendió ese paquete como la contribución más ambiciosa posible en el actual contexto internacional. El mensaje fue consistente con su estrategia general: compromisos graduales, respaldados por capacidad material y planificación estatal.

Sin embargo, el liderazgo que China proyecta es deliberadamente colectivo. En declaraciones al diario británico The Guardian, el asesor climático Wang Yi subrayó la importancia de sostener el impulso multilateral y avanzar en cooperación con otros actores, especialmente en un escenario marcado por la ausencia de Estados Unidos. La posición china reafirma el principio de “responsabilidades comunes pero diferenciadas” y la necesidad de que los países desarrollados incrementen sus compromisos financieros y tecnológicos.

El liderazgo climático, no obstante, no se sostiene sólo en metas declaradas. A comienzos de 2026 entró en vigor una nueva regulación destinada a estandarizar los sistemas de monitoreo ambiental y reducir la discrecionalidad provincial. En un país de escala continental y marcadas asimetrías territoriales, la gobernanza del dato se convierte en condición de credibilidad internacional. Gobernar el clima implica también gobernar la información.

Argentina en la trama de la transición

Es en ese entramado -tecnología, estándares, financiamiento y diplomacia-  donde Latinoamérica adquiere relevancia estratégica. Desde Argentina, el avance chino en la transición energética remite a la forma en que el país se inserta en las nuevas cadenas de valor verdes.

Argentina ocupa un lugar central en la geografía de los recursos críticos, particularmente el litio. Proyectos como el parque solar Cauchari de Jujuy, desarrollado con financiamiento y equipamiento chino, o las inversiones en extracción y procesamiento de litio en provincias del noroeste, ilustran un patrón de vinculación que combina infraestructura, capital y acceso a mercados externos. La escala y la velocidad que aporta China resultan difíciles de igualar.

Si la transición energética global supone una disputa por estándares, propiedad intelectual y cadenas de suministro, Argentina enfrenta el desafío de definir los términos de su participación más allá de la mera captación de inversiones. La posibilidad de incorporar transferencia de conocimiento, desarrollo de proveedores locales y participación en eslabones de mayor complejidad determinará si el país consolida capacidades propias o si se limita a proveer recursos estratégicos en una nueva fase de especialización primaria, ahora asociada a la economía baja en carbono.

La transición energética va más allá de un cambio de matriz; es una reconfiguración del poder económico. En ese proceso, soberanía energética no significa aislamiento, sino capacidad de decisión sobre los términos de integración.

Liderazgo en tensión

El avance de China en la agenda climática no responde a una conversión altruista ni implica un reemplazo automático del liderazgo estadounidense. Forma parte de una disputa más amplia por el orden global, en la que el clima se ha convertido en un terreno central de legitimidad, innovación tecnológica y poder normativo.

China combina compromiso multilateral, capacidad industrial y una estrategia orientada a reducir su dependencia de estándares ajenos mientras consolida estándares propios como referencia. La transición energética es, para Beijing, un vector ambiental y al mismo tiempo una herramienta de posicionamiento estructural.

Más que resolver sus tensiones internas, Beijing parece administrarlas. Entre expansión renovable, respaldo fósil y proyección normativa, su liderazgo climático es inseparable de su ambición de reconfigurar el orden internacional. Para países como Argentina, el desafío no radica en optar entre potencias, sino en la tarea -largamente postergada- de construir una estrategia que permita participar de la transición sin quedar relegados a los márgenes de la cadena de valor. Descarbonizar es imprescindible; decidir bajo qué reglas y con qué capacidad de intervención propia se hará es la disputa de fondo.

Contexto: El clima como eje de poder global

En la última década el Cambio Climático dejó de ser una agenda ambiental especializada para convertirse en un factor central de la economía y la geopolítica. La transición energética -el reemplazo progresivo de combustibles fósiles por fuentes renovables como el sol y el viento- implica inversiones masivas, transformación industrial y reconfiguración de cadenas de suministro globales. Quien controle esas tecnologías también influirá en el modelo de desarrollo del siglo XXI.

En ese escenario, la escala del avance chino resulta decisiva. Sólo en la primera mitad de 2024, China añadió más de 210 gigavatios (GW) de nueva capacidad solar, una cifra comparable a toda la capacidad acumulada históricamente por Estados Unidos. Al mismo tiempo, consolidó una estructura manufacturera que hoy funciona como motor industrial de la transición global: concentra cerca del 80 % de la producción mundial de células solares, el 70 % de los aerogeneradores y el 70 % de las baterías de litio, con costos difíciles de igualar. Esta posición le permite acelerar su propia transición a la par de incidir en precios, estándares tecnológicos y cadenas de suministro a escala global.

(*) La autora cursa su Especialización en Estudios Interdisciplinarios sobre la República Popular China en la Universidad de Congreso.

Categorías: Ciencia y Tecnología

PUBLICAR COMENTARIOS