Mirada de izquierda
En el marco de las Sextas Jornadas de Economía Crítica, realizadas en agosto en la ciudad de Mendoza, hubo un panel llamado “Potencias emergentes y revisión del orden internacional actual”. Allí Rubén Laufer presentó China: ¿“país emergente” o gran potencia del siglo XXI? Dos décadas de expansión económica y de influencia política en el mundo. Contra otros estudiosos que aun desde el marxismo (Giovanni Arrighi, Samir Amin) analizaron China de estos años como un modelo híbrido, Laufer -docente de la UBA, Instituto de Estudios Históricos, Económicos, Sociales e Internacionales (IDEHESI), Programa de Estudios de Historia de las Relaciones Internacionales de América Latina (PEHRIAL), facultad de Ciencias Económicas- observa que el país asiático está en una fase capitalista y hacia el modelo imperialista clásico pensado por Lenin, y desde allí plantea desafíos para los nexos con América Latina.
China es ya uno de los principales socios económicos de América Latina y otras regiones. Las ventas de productos alimentarios, minerales y energéticos a China constituyen parte sustancial de las exportaciones, del ingreso de divisas y de los recursos fiscales de los países latinoamericanos. Las inversiones chinas se orientan hacia ramas estratégicas: extractivas, infraestructura, tierras, bancos, manufacturas. En correspondencia con ello, se desarrollan grupos empresariales locales asociados a corporaciones privadas o públicas chinas.
El carácter de estos vínculos es objeto de polémica en medios vinculados al debate político y a las decisiones estratégicas en política exterior en el llamado tercer mundo. El debate atañe a la naturaleza de las relaciones que sectores de las clases dirigentes de esos países establecen con China, y a las implicancias que esa modalidad de relacionamiento conlleva para el desarrollo económico y la inserción internacional de los mismos.
Este trabajo discute el carácter del sistema social y político de la China actual, así como el de los intereses económicos y estratégicos del estado chino y de sus corporaciones estatales y privadas, a la luz de las tendencias que surgen de su expansión comercial y financiera, y en particular de sus relaciones con América Latina durante las dos últimas décadas.
1.- Introducción: China en el mundo actual
El vertiginoso ritmo del crecimiento económico de China y la rápida expansión mundial de sus intereses comerciales e industriales y de su influencia política perfilan a ese país de Oriente como una gran potencia del siglo 21.
El producto bruto interno de China ocupa el segundo lugar después del de Estados Unidos. Es el mayor exportador e importador mundial y el mayor poseedor de reservas de divisas. Su producto bruto creció durante dos décadas a un promedio cercano al 10% anual, mientras el de Estados Unidos, la Unión Europea y Japón se desaceleró desde alrededor del 5% a menos del 2%. En correspondencia con su notable crecimiento económico, crece la gravitación de China en el sistema internacional.
En el último período, el centro de gravedad del desarrollo económico y de las relaciones políticas internacionales se desplazó notoriamente hacia el Asia-Pacífico y en particular hacia China. Según ciertas proyecciones, China superaría en 2030 o incluso antes a los Estados Unidos como la mayor economía del mundo.
Todo esto, y las expectativas acerca de su papel en la crisis económica mundial eclosionada en 2008 en Estados Unidos y Europa, confieren al rol económico, político y estratégico de China una relevancia de primer orden.
Al compás del ascenso internacional de China, en medios políticos y académicos de todo el mundo se ha instalado una intensa polémica. En el caso de América Latina, el debate abarca al menos tres aspectos cruciales, estrechamente vinculados entre sí:
1) el carácter del sistema social y político de China, así como el de los intereses económicos y estratégicos del estado chino y de sus corporaciones estatales y privadas en el sistema mundial;
2) la naturaleza de las relaciones que diversos gobiernos latinoamericanos y poderosos sectores de las clases dirigentes de estos países vienen estableciendo con China; y
3) las implicancias que esa modalidad de relacionamiento conlleva para el desarrollo económico y la inserción internacional de la región y de los países que la integran.
El presente artículo estudia el primero de estos puntos, condición necesaria para el abordaje de la relación bilateral. Del modo como se concibe esta relación derivan distintas evaluaciones respecto de las asociaciones estratégicas que países latinoamericanos con muy diversos regímenes políticos están estableciendo con China. Se trata de cuestiones tan polémicas como necesarias y urgentes, dada la inevitable repercusión que los cambios operados en el escenario internacional durante las últimas dos décadas, la crisis económica mundial en curso y la agudizada competencia entre los grandes poderes mundiales tiene y tendrá sobre los destinos de América latina en el presente y en el futuro inmediato.
2.- Del socialismo al capitalismo
2.1.- Los cambios de tres décadas
El extraordinario salto de crecimiento de China ha ido acompañado desde los años ’80 de la acelerada reconstitución y ahondamiento de desigualdades sociales y políticas que la revolución triunfante en 1949 había disminuido sustancialmente. Las últimas tres décadas de China exhiben contenidos económicos y sociales muy distintos a los de los anteriores 30 años de socialismo.
El programa de reformas capitalistas puesto en marcha en 1978 evidenció el cambio cualitativo operado en el país tras la desaparición de Mao Tsetung en 1976 y especialmente a partir del logro en 1978 de la hegemonía partidaria y estatal por el sector encabezado por Deng Xiaoping. En el plano interno, bajo el rótulo de “economía socialista de mercado”, la nueva minoría dirigente -ya una burguesía en los términos clásicos, aunque encubierta tras la conservación de parte de la retórica y símbolos de los tiempos del socialismo- inició un gigantesco proceso de privatización en la propiedad o gestión de los grandes combinados industriales y de las comunas rurales que en los años revolucionarios habían sido conducidos respectivamente por consejos de trabajadores fabriles y de campesinos.
Con las reformas iniciadas en 1978 se descolectivizó aceleradamente la propiedad y el trabajo de la tierra3; se amplió de hecho y de derecho el margen de la propiedad privada empresarial y de la acción de las leyes del mercado; se reformaron las condiciones laborales a favor de las empresas nacionales y extranjeras; se impulsó la conformación de grandes corporaciones estatales y privadas a partir de bienes individual o grupalmente sustraídos a la propiedad colectiva; se promovió la apertura masiva —aunque controlada— al capital externo, y se establecieron zonas francas en áreas costeras con regímenes de privilegio para la radicación de compañías extranjeras orientadas a la exportación.
La dura explotación económica y la extrema opresión social y política sobre el pueblo son motivo de frecuentes y cada vez más violentas protestas, a las que la literatura oficial denomina “incidentes de masas”. Desde los años ’80 se prohibe la existencia de sindicatos independientes del Estado y se han suprimido las convenciones colectivas de trabajo. El derecho de huelga y el de hacer debates públicos y colocar “dazibaos” (grandes carteles murales) fueron eliminados de la Constitución.
La industria china creció a pasos agigantados, compitiendo en los mercados internacionales en base a una mano de obra a costos equiparables a los de los países más atrasados del tercer mundo. Esto ha variado en cierta medida con los aumentos salariales obtenidos por los trabajadores tras la oleada huelguística de mediados de 2010 en las plantas automotrices y electrónicas. Aunque esos incrementos han estado ampliamente por debajo de la tasa de crecimiento del PBI, la crisis económica mundial ha empujado a muchas empresas japonesas y occidentales radicadas en China a migrar hacia Vietnam, México y otros países en busca de costos laborales más bajos. Según informes recientes, muchas empresas extranjeras hallan esos costos laborales inferiores no en el extranjero sino en el interior de la propia China.
A partir de los años ’80 se reconstituyeron grandes corporaciones monopólicas u oligopólicas similares a las de las potencias occidentales. Los nuevos consorcios industriales entramaron sus capitales con la banca —parte de la cual aún pertenece o conserva nexos con el estado—; el capital financiero chino consolidó su potencial tras la recuperación en 1997 de la soberanía china sobre la ex colonia británica de Hong Kong y sus enormes reservas financieras. Las compañías chinas se asociaron o se repartieron mercados ?dentro y fuera de China? con empresas de otras grandes potencias, especialmente de la Unión Europea, Rusia y Japón.
La dirigencia china abrió su economía al ingreso masivo de capital extranjero ?frecuentemente en asociación con corporaciones privadas o públicas locales?, y al mismo tiempo se lanzó a una agresiva exportación de capitales, incluso dentro de la zona de influencia de otras potencias. El primer caso resonante fue la oferta que en junio de 2005 y por 18.500 millones de dólares hizo la compañía china Cnooc ?compitiendo con la norteamericana Chevron? por la compra del gigante energético estadounidense Unocal, finalmente frustrada a causa de la inquietud de los parlamentarios norteamericanos por las implicancias que el cambio de manos pudiera tener sobre la seguridad nacional de los Estados Unidos. Similares reparos oponen actualmente miembros del Comité de Agricultura del Senado por las implicancias que devendrían de la adquisición de Smithfield Foods, el mayor productor de cerdos de EEUU, por la empresa china Shuanghui International8. Esto, desde luego, sin mencionar que China es desde 2011 el mayor tenedor de deuda estadounidense, por un monto superior al billón (millón de millones) de dólares.
El capital chino logró en el último período hacerse presente en las economías europeas a través de alianzas y adquisiciones empresariales en las más variadas áreas. En enero de 2012, la China Investment Corporation (CIC), principal fondo soberano de inversiones, compró el 8,68% del fondo accionario de Thames Water, la mayor compañía sanitaria y de aguas de Gran Bretaña, en el marco de una intensa ofensiva británica para atraer la inversión china que compense sus problemas de liquidez en medio de la crisis. En febrero de ese mismo año Sany, un gran fabricante de maquinaria para la construcción de la sureña ciudad china de Changsha, compró Putzmeister Concrete, fabricante de bombas de inyección de hormigón: se trata de la primera gran empresa alemana de tecnología “de punta” adquirida por una empresa china. Desde 2010 la corporación estatal china Cosco arrienda e invierte en el puerto griego de El Pireo. Y sólo motivaciones de “seguridad económica” interpuestas por las autoridades de Islandia impidieron en noviembre que Zhongkun Investment pudiera adquirir una granja de 300 kilómetros cuadrados en el noreste de la isla para convertirla en un complejo vacacional; probablemente las autoridades locales evaluaron que la concesión daría a China una presencia estratégica en el Ártico, donde un buen número de países, incluyendo Estados Unidos y Rusia, compiten por territorio, recursos y control de las rutas de transporte.
A partir de 2004 el estado chino respalda política y materialmente este rumbo a través de la orientación general a sus grandes corporaciones de “salir al exterior y tornarse globales” y mediante el apoyo financiero del Estado: uno de los efectos de tal orientación fue precisamente el desembarco masivo de inversiones privadas y estatales chinas en América latina, con el objetivo prioritario de asegurarse la provisión de materias primas y alimentos. La apertura económica externa de la dirigencia china no excluye el celoso resguardo del mercado interior y de la producción local: son notorias en la conducción estatal y partidaria las tendencias nacionalistas y proteccionistas que convocan a impedir que multinacionales extranjeras se adueñen de su mercado interno. “Hemos estado dando la bienvenida a la inversión extranjera, pero ahora tenemos que frenar cualquier intento por monopolizar el mercado chino”, postulaba ya en 2006 Li Dehui, director de la Oficina Nacional de Estadística y miembro del máximo órgano consultivo político.
Aunque el papel mundial de China como fuente de inversiones es todavía poco relevante en los flujos globales, las exportaciones chinas de capital se extienden a los cinco continentes y están en plena expansión. Las corporaciones petroleras lideran la inversión china en el extranjero, particularmente la China National Petroleum Corporation (CNPC) y Sinopec, cuyas facturaciones ya en 2001 superaron los 40.000 millones de dólares. Ambas vienen entrelazando crecientemente su capital accionario con algunas de las principales corporaciones occidentales, como ExxonMobil, British Petroleum y Shell y la rusa Gazprom, con lo que se han convertido en poderosas “multinacionales”, con sede en China y respaldo del Estado chino. En la primera década del siglo 21 la cuestión energética se ha transformado en uno de los núcleos de la tendencia de Beijing a la expansión: en 2009 China importó menos del 4% de su gas natural, pero el 53% de su petróleo. Según la Agencia Internacional de Energía (AIE), hacia 2035, y pese a los decididos esfuerzos para controlar su creciente demanda, China podría importar hasta 12,8 millones de barriles por día, el 84% de su suministro.
La burguesía china utiliza las palancas del Estado para favorecer tanto su acumulación y concentración interna como la expansión de sus compañías estatales y privadas en el extranjero. Igual que en otras potencias, el Estado chino actúa en respaldo de esa expansión procurando financiamiento, alianzas políticas y áreas de influencia. Si China es un “país emergente” —como se ha dado en llamar—, no lo es en calidad de país en desarrollo sino de gran potencia económica y política. Hasta ahora, en cuanto a su inserción internacional, ha dado prioridad a su “ascenso pacífico” y a lo que denomina “poder blando”, es decir al desarrollo de vínculos económicos por sobre las relaciones de fuerzas. En su historia contemporánea, China fue durante un siglo un país semicolonial y semifeudal oprimido por las potencias imperialistas, y luego, durante tres décadas, un país socialista: nunca tuvo intereses que promover y proteger en todo el mundo. Ahora los tiene, y ello explica —entre otras cosas— la puesta en marcha de la acelerada modernización de sus fuerzas armadas terrestres y navales y de su capacidad misilística y espacial, así como la creciente expansión de sus vínculos militares en todo el mundo13. En este sentido, el proceso de China puede plantear términos de comparación con el de Rusia tras la restauración capitalista a fines de los años ’50, pero no con sus otros socios del grupo BRICS (India, Brasil y Sudáfrica).
Consiguientemente con estas transformaciones, ha llegado para la dirigencia china el tiempo de ajustar los fundamentos doctrinarios oficiales a la realidad del capitalismo nuevamente vigente y al nuevo papel de China como potencia mundial, intentando zanjar en el plano de la teoría las contradicciones cada vez más evidentes entre la ideología marxista y maoísta fundadora, por un lado, y la naturaleza económica y social de las políticas en curso y del sistema centrado en la propiedad privada —individual, o colectiva a través del poder estatal—, por el otro. En el léxico de la dirigencia de Beijing, las cada vez más relegadas invocaciones a la “construcción del socialismo con características chinas” busca legitimar el alejamiento de aquellos preceptos14; “liberar la mente” significa perseguir el desarrollo de las fuerzas productivas sin considerar si las medidas empleadas son o no socialistas; “enriquecerse es glorioso” —consigna atribuida a Deng Xiaoping— sintetiza la apología del beneficio material desechando la lucha política e ideológica contra las diferencias de clase. Y especialmente la temprana frase de Deng: “No importa que el gato sea blanco o negro: lo que importa es que cace ratones”, resume el mismo pragmatismo economicista dirigido ya no sólo al lucro individual sino a la transformación de China en un país rico y poderoso sin atender al sistema social.
Por eso, pese a la subsistencia de cierta terminología y símbolos de una etapa histórica anterior, ya pocos creen que las diferencias entre las potencias capitalistas y la RPCh sean ideológicas o de sistema económico-social. La China actual no es un país “del tercer mundo” o “en vías de desarrollo” como postulan los propios dirigentes chinos, ni se ha convertido en una mera “plataforma de exportación de las transnacionales” como estiman algunos analistas. Es ya una gran potencia que se propone afirmar esa condición en un mundo multipolar. “Es el momento de explorar un nuevo tipo de relación de gran potencia”, declaró el Presidente de China Xi Jinping, durante una reunión con el asesor de seguridad nacional del presidente estadounidense Barack Obama en días previos a la reunión cumbre de California entre los dos líderes a principios de junio de 2013.
“Si Europa tiene unos Estados Unidos de Europa como unos Estados Unidos de América, con intención de superpotencia y unilateralismo, será malo porque quizás haya más confrontaciones entre las tres grandes potencias”, afirma por su parte Cui Hongjian, director de Estudios Europeos en el Instituto de Estudios Internacionales de China.
Hacia fines de los años ’70, en correspondencia con su retorno al capitalismo, China abandonó su reclamo de un mundo sin “polos” de poder, y entrando en el siglo 21 buscó contrapesar el objetivo de hegemonía incontestada de los EE.UU. del presidente George W. Bush ampliando sus alianzas y postulando un orden multipolar en el que China debe ocupar un lugar junto a las demás potencias mundiales.
“El bajo perfil y la prudente política -opina un experto argentino- parecen acercarse a la estrategia expuesta en la Teoría de los Tres Mundos…: una supuesta alianza contra las grandes potencias. Pero, en realidad, decide no pertenecer al G-7 pues… teme ser criticada como lo que es: un nuevo socio de las potencias del Norte. Así, mantiene la imagen de país en desarrollo y cobra importancia su presencia en los organismos multilaterales de los cuales forma parte: FMI, Banco Mundial, OMC y, principalmente, las Naciones Unidas”17.
La concentración económica tiene como correlato la concentración del poder político, que se manifiesta en el acentuado viraje autoritario y represivo, develado con crudeza en junio de 1989 por la matanza de estudiantes y trabajadores en la Plaza Tienanmen, y luego en el creciente recurso a políticas de “mano dura” frente a los reiterados “incidentes masivos” generados por motivos laborales o contra los desalojos forzosos y la apropiación de tierras rurales y urbanas por parte de funcionarios de gobiernos locales y del partido gobernante.
La frecuencia con que las autoridades chinas aplican sentencias “ejemplarizadoras”, incluida la pena de muerte, a funcionarios de todos los niveles por delitos como malversaciones y sobornos -una de las causas visibles del creciente descontento social- es indicativa de hasta qué punto la llamada “corrupción” se ha convertido en una vía habitual y generalizada de acumulación utilizando lo público al servicio de lo privado. Entre otros muchos casos, la industria de la construcción es una sucesión de “historias de apropiaciones ilegales de tierras, corrupción, coimas, malos trabajos de construcción y relocalización forzada de millones de campesinos y pobres urbanos”.
2.2.- Expansión y “responsabilidades mundiales”
La creciente internacionalización de la economía, lejos de apuntar a un desarrollo mundial coordinado y armónico, hace emerger con agudeza las contradicciones del sistema. Las cíclicas crisis económicas del capitalismo, cuya frecuencia se aceleró particularmente a partir de la “crisis del dólar” de 1971, contribuyeron a precipitar esas tendencias, y la actualmente en curso no es una excepción. La irrupción de China como nueva potencia mundial, sus dimensiones geo y demográficas, el acelerado ritmo de crecimiento de su economía, su acrecentada necesidad de mercados —de venta, de abastecimiento de materias primas y de inversión— y los alcances regionales y mundiales de sus acuerdos y alianzas, impactan necesariamente en los mercados globales y en el sistema internacional de relaciones.
Ello, a su vez, conlleva desplazamientos en la posición internacional relativa de otras potencias, como los Estados Unidos y los países de la Unión Europea. Se actualiza, por lo tanto, la cuestión del desarrollo económico y político desigual de las potencias capitalistas, situación que recurrentemente desde finales del siglo 19 replantea competencias y disputa de intereses, acuerdos temporales y coaliciones, creación de esferas de influencia, inestabilidad internacional y conflictos geopolíticos; procesos que constituyeron el telón de fondo de las dos guerras mundiales del siglo 20.
En este sentido es crucial avizorar las tendencias de la economía y de la política del gigante asiático: sus altas tasas de crecimiento se han basado en la explotación intensiva de mano de obra “migrante” y en la capitalización de nuevas tierras rurales y urbanas, pero las desigualdades que la reconversión del capitalismo chino acarrea a sus mayorías —sumadas ahora las repercusiones de la crisis mundial en sus exportaciones y por consiguiente en sus niveles de producción, de empleo y de vida— señalan los límites de su expansión interna y traslucen las motivaciones básicas que impulsan a la burguesía china a expandirse “hacia afuera”.
Al igual que los dirigentes de las demás potencias capitalistas, los gobernantes chinos postulan la llamada “globalización” como una tendencia objetiva, natural e inexorable de la economía y la política mundiales, cuyas oportunidades pueden y deben ser aprovechadas por todos los países; una realidad que al mismo tiempo origina desafíos y “peligros globales” para cuya solución China debe asumir responsabilidades a escala mundial conjuntamente con las otras grandes potencias. “Ambas partes -afirmaba hace algo más de una década la cancillería china en referencia a Beijing y Washington- consideran que China y Estados Unidos comparten responsabilidades particulares por la paz y la seguridad mundiales”. En el reciente encuentro en California entre los presidentes de China, Xi Jinping, y de Estados Unidos, Barack Obama, el 7 de junio de 2013, Xi pidió a ambos países “evitar el tradicional camino de la inevitable confrontación entre países importantes y verdaderamente tomar un nuevo camino”20. En los días previos al encuentro, al reseñar los contactos preparatorios entre ambos presidentes, el New York Times utilizó la más gráfica expresión de “un nuevo tipo de relación de gran potencia”.
En su concepto de lo que debería ser un mundo equitativo, la dirigencia de Beijing sostiene que la comunidad internacional debe atender las necesidades y aspiraciones de los países atrasados por ser incluidos en los supuestos beneficios de la “globalización”, siempre y cuando las potencias rectoras consideren legítimos (“racionales”) sus reclamos. En 2001 el entonces viceprimer y luego primer ministro de China hasta noviembre de 2012, Wen Jiabao, estimaba que “la globalización económica es una tendencia objetiva… China enfrentará los desafíos con valor y aprovechará las oportunidades generadas por esta tendencia… En el proceso de participación en la globalización económica, el Gobierno chino asumirá las debidas responsabilidades… A las opiniones y peticiones racionales de los países en desarrollo se les debe otorgar atención adecuada a fin de brindarles la oportunidad de compartir los beneficios de la globalización económica”.
China ha dado pasos sustanciales para consolidar su posición como potencia regional y mundial. Como parte de los realineamientos y nuevas alianzas que están modificando el escenario mundial desde la desintegración de la ex URSS en 1990, fortalece su asociación estratégica con Rusia, con quien firmó en 2001 una alianza político-militar de vastos alcances; ambas constituyen el eje de la Organización de Cooperación de Shanghai (Rusia, China, Kazajstán, Kirguizistán, Tayikistán y Uzbekistán), con quienes avanza en el fortalecimiento de sus relaciones militares y comerciales, en importantes compromisos energéticos, y en la coordinación de sus posiciones en política exterior. En sentido similar ha avanzado en la conformación de alianzas con países denominados “emergentes” impulsando el ya mencionado grupo BRICS junto a Rusia, India, Brasil y Sudáfrica. Simultáneamente, la diplomacia china ha ido adoptando posiciones firmes frente a Estados Unidos y a Europa respecto a temas comerciales, financieros, políticos y militares, y compite con el Japón por la hegemonía regional en el Asia-Pacífico.
Junto al empleo discrecional de sus enormes reservas financieras en inversiones, préstamos y créditos, la utilización de una retórica de país en desarrollo o “emergente” facilita a la dirigencia política y empresarial china establecer fuertes vínculos económicos y políticos con gobiernos de perfil nacionalista o desarrollista en Asia, África y América latina. Le permite también promocionar como una vía de desarrollo y de independencia respecto de Estados Unidos y de las potencias europeas el avance de sus corporaciones estatales y privadas en el control de palancas decisivas de las economías de esos países (petróleo, gas, minería, puertos, finanzas, ferrocarriles, tierras).
Todo lo descripto justifica la pertinencia —y la vigencia— del análisis leninista sobre el imperialismo, a la hora de caracterizar a la China “emergente” tras la restauración capitalista operada a fines de la década de 1970 y su ascenso a la condición de gran potencia en las últimas dos décadas.
3.- Un coloso en la crisis económica mundial
El rápido ascenso de China en la producción manufacturera, el comercio y las inversiones mundiales en los últimos diez años convirtió a esa potencia en la locomotora de la economía mundial, desplazando el epicentro de ésta hacia el Oriente, erosionando la posición hegemónica de los Estados Unidos y suscitando, en el actual contexto de crisis, expectativas en que Beijing contribuya a contrarrestar el estancamiento económico global. Correlativamente, se acrecienta la gravitación política de China en el escenario internacional.
Sin embargo, numerosas señales inducen a la prudencia respecto del ritmo y continuidad del crecimiento de China. Las advertencias son consistentes: la notoria desaceleración de su tasa de crecimiento, de su producción industrial y de sus exportaciones e importaciones; la desmedida acumulación de créditos internos de dudoso repago; la persistente burbuja inmobiliaria; el elevado endeudamiento de los gobiernos locales.
China no permanece ajena ni puede “desacoplarse” de la crisis de la economía capitalista mundial que desde 2008 estremece en mayor o menor medida a los cinco continentes. Estados Unidos y Europa, principales clientes y deudores de la economía china dependiente de las exportaciones, son azotados hoy por la crisis24, lo que explica los prolongados esfuerzos de la dirigencia china para sostener primero el dólar y luego el euro, más allá de la diversidad de estrategias que al respecto parece despuntar en la cúpula del Estado chino; estas tensiones se expresaron en las marchas y contramarchas de funcionarios gubernamentales sobre la posibilidad de que China contribuyera materialmente a los fondos de rescate de la Unión Europea. Pero aún más importante: las principales corporaciones estatales y privadas chinas están ampliamente “globalizadas” y radicadas, directamente o a través de asociaciones, dentro de muchas economías —entre ellas las latinoamericanas— donde también están imbricados intereses estadounidenses y europeos, y por eso mismo difícilmente puedan eludir los cimbronazos de la crisis mundial.
En años recientes, muchos ejecutivos, políticos y académicos de todo el mundo creyeron que el capitalismo de estado chino había encontrado la fórmula para el crecimiento indefinido. Pero en 2008 las exportaciones de China se frenaron y unos 25 millones de trabajadores migrantes debieron regresar desde las fábricas a sus aldeas de origen. En 2009, el gobierno logró mantener en buena medida la actividad económica inyectando 4 billones (millones de millones) de yuanes —casi 600.000 millones de dólares— en la construcción de rutas, ferrocarriles de alta velocidad, barrios de edificios en altura y aeropuertos ultramodernos. Los incentivos fiscales fueron, así, destinados en gran parte a la construcción. El extraordinario aumento de la inversión fija permitió revertir parcialmente la caída de las exportaciones y reimpulsar la tasa de crecimiento. Pero la verdadera orgía de préstamos de los bancos estatales se tradujo en un enorme exceso de inversión y en un aluvión de deudas incobrables a nivel de los gobiernos locales. Y al mismo tiempo la construcción adquirió el carácter de “refugio” para inversores y alcanzó una envergadura cada vez más divergente de las necesidades sociales, inflando una amenazadora “burbuja” especulativa. Numerosos funcionarios y autoridades locales y partidarias en muchos lugares se volcaron masivamente al despojo de tierras colectivas a campesinos y a la demolición forzosa de casas de pobladores para llevar a cabo negocios privados en asociación con “desarrolladores” inmobiliarios. Pese a la reprivatización masiva de la tierra desde fines de los ’70, tanto el gobierno central como los gobiernos municipales utilizan el hecho de que en muchas localidades las tierras siguen siendo del Estado y los campesinos no tienen títulos de propiedad sobre los terrenos que trabajan, para expropiar a los agricultores de sus parcelas, ejerciendo la propiedad privada de hecho de la clase dirigente sobre los bienes públicos.
Como es sabido, este proceso —cuyos orígenes son anteriores a la actual oleada de crisis mundial— está en el trasfondo de la extraordinaria multiplicación de los “incidentes de masas” tanto urbanos como rurales en el último quinquenio, de los que sólo se conoce la parte de ellos que logra trascender la censura oficial, como la rebelión de Wukan, en la sureña provincia industrial de Guangdong, y otras en Huzhou, Hainan, Dalian, etc. Todo esto da a pensar que si la difundida aseveración de que el “milagro chino” sacó a doscientos millones de personas de la pobreza es cierta, otros mil millones han sido expropiados del poder de decisión sobre las palancas de la economía y de la política locales y nacionales que la revolución les había permitido conquistar, y convertidos, así, nuevamente en proletarios. No se trata sólo del magro nivel de los ingresos, sino también de la vastísima red de servicios de alimentación, salud, educación, vivienda, transporte, cultura y esparcimiento que antes era subsidiada prácticamente en su totalidad por el Estado y que en los últimos treinta años quedó librada al menguado poder adquisitivo de los trabajadores del campo y de la ciudad. La degradación ambiental, ligada a un crecimiento industrial frenético y guiado por la sed de ganancias rápidas, también ha sido origen de movimientos ciudadanos de protesta en aldeas y ciudades.
Llamativamente, el número y el grado de radicalización de las luchas sociales en la última década ha ido en aumento junto o incluso más aceleradamente que la tasa de crecimiento económico de China. Es el marcado proceso de concentración económica y política y la extrema polarización de clases en que tiene lugar el crecimiento de su economía lo que alimenta, en lugar de disminuir, el descontento social. Pese a las exhortaciones oficiales, no parece que esté cimentándose la “sociedad armoniosa” que prometen los dirigentes del Estado y del partido otrora comunista. Y ello a su vez, además de generar una aguda inquietud en los círculos gobernantes, señala límites rígidos a la posibilidad de expansión del mercado interno.
Muchos observadores advierten ya sobre la insostenibilidad de un “modelo” chino que hoy exhibe exceso de inversión, capacidad ociosa, debilidad del consumo, burbujas financieras, y que sufre el embate de los aumentos salariales obtenidos por los trabajadores chinos y del incremento de los precios de las materias primas y de los alimentos a escala internacional generados, entre otras cosas, por su propia demanda.
En realidad, las luces amarillas de alerta en la economía del gigante asiático son anteriores al estallido de la actual crisis mundial (la especulación inmobiliaria; el robo de tierras; la insuficiencia de ingresos; el hondo descontento social), o bien se relacionan con las propias medidas adoptadas por el gobierno chino para enfrentarla (la acumulación de créditos incobrables y sus consecuencias: restricciones crediticias, situación incierta de una parte del sistema bancario —no sólo el que opera “en las sombras”, como se lo llama en China, sino también el legal—).
Desde el inicio de la crisis económica mundial, y especialmente a partir de los debates del 18º Congreso del PCCh realizado en noviembre de 2012, sectores de la clase dirigente china multiplican sus advertencias acerca de la necesidad de reorientar la economía hacia el mercado interno, de modo de depender menos de las exportaciones y del gasto público en infraestructura, y a fin de “enfriar” la economía para evitar la sobreproducción. Sin embargo, la intensa pugna interna en la burguesía china entre sectores ligados a la exportación y los que producen para el consumo interno ha hecho que los resultados hayan sido mínimos. A pesar de la profunda crisis que azota a Europa y Estados Unidos, hasta ahora en la dirección económica y política china sigue predominando el sector industrial que tiene en esos países sus principales mercados de exportación, y en los países de África y América Latina sus proveedores fundamentales de alimentos y materias primas.
Probablemente esté vinculada a esa disyuntiva la intensa lucha política que se verificó entre dos corrientes principales en el marco de la renovación de parte importante de la dirigencia partidaria y estatal en el mencionado Congreso, identificadas como la de los “jóvenes”, alineados con el anterior presidente Hu Jintao, y la de los “principitos”, descendientes de personajes prominentes de la vieja guardia del PCCh, que enfilarían tras la figura del presidente actual Xi Jinping. Algunos analistas creen ver incluso la existencia de una “tercera vía” —una alternativa socialdemócrata orientada a cierta redistribución de la renta y mayor intervención estatal respaldada en la reactivación de una propaganda ideológica de “izquierda”—, personificada en el ex secretario general del Partido en Chongqing y ex miembro del buró político del PCCh, Bo Xilai28. Bo Xilai fue destituido a principios de marzo de 2012, en medio de una intensa lucha interna en las esferas dirigenciales del PCCh —y en última instancia entre corrientes de la poderosa burguesía dirigente—, prácticamente en los mismos días en que el entonces vicepresidente y posterior hombre fuerte de China, Xi Jinping, visitaba Estados Unidos en gira oficial, y en los umbrales de la reunión de la Conferencia Consultiva y la Asamblea Popular.
Otra fuente de tensiones en la cúpula estatal y partidaria china —como ya sucediera en la Unión Soviética entre los años ’60 y ’80— es la pugna entre el sector ligado a los grandes conglomerados estatales y al núcleo dirigente del PCCh, que domina áreas económicas fundamentales como la energía, las telecomunicaciones y la infraestructura, goza de fuertes subsidios de la banca oficial, y procura perpetuar sus privilegios manteniendo el poder omnímodo del partido gobernante, y otra facción vinculada a las corporaciones privadas y a la economía de mercado, que aspira a reformas tendientes a ampliar el margen de acción de la “libre empresa” y a liberalizar la actividad política en un sentido más parecido al de las potencias occidentales.
Los nubarrones sobre la economía china se tornan más prominentes en la medida en que despuntan en el mundo señales de intensificación de la rivalidad comercial, particularmente entre Estados Unidos y la ascendente China. Las autoridades económicas de EEUU han hecho reiteradas denuncias de dumping por parte de los exportadores chinos; son igualmente insistentes los reclamos de Washington y de los gobiernos europeos para que Beijing permita la revaluación del yuan para mejorar las posibilidades exportadoras de las potencias occidentales; China, por su parte, responde con su propia ofensiva enhebrando acuerdos comerciales y financieros tendientes a la internacionalización de la moneda china.
A cinco años de sus inicios en 2008, la crisis económica mundial sigue en curso. En el caso de que llegara a golpear de lleno a la economía china —reduciendo en proporción significativa su demanda de materias primas, insumos y alimentos del extranjero—, ello tendría repercusiones negativas sobre el conjunto de la economía mundial. A comienzos de 2012 expertos ligados a medios oficiales de China auguraban que, pese a las dificultades generadas por la crisis económica mundial, las perspectivas macroeconómicas de China eran las de un “aterrizaje suave”. Sin embargo, según informes de su Aduana nacional, el comercio exterior de China registró en enero de 2012 su mayor caída desde 2008: si bien la desaceleración económica implicó una baja de sólo un 0,5% en las exportaciones respecto del año anterior, por entonces se manifestó de modo mucho más agudo en las importaciones, que cayeron un 15% en el mismo período.
4.- China en África y América Latina: ¿ganar-ganar o relación asimétrica?
Las multinacionales chinas de la energía, telecomunicaciones, mineras, comercializadoras de alimentos, constructoras, automotrices, navieras, bancarias y otras están radicadas, o asociadas, o tienen intereses en prácticamente todos los continentes. La última etapa de rápido crecimiento de China —aproximadamente desde el 2000, y particularmente a partir de su incorporación a la Organización Mundial del Comercio en 2002— fue un componente esencial de la relativa recuperación del capitalismo mundial del actual ciclo de crisis económica, y muchos cuentan con que siga siéndolo. Al mismo tiempo, los requerimientos de fuentes estables y seguras de abastecimiento de petróleo, gas, aluminio, cobre, hierro y demás productos básicos para su acelerado desarrollo industrial, y de alimentos para su población de 1.300 millones de personas y para su producción ganadera, son gigantescos. El sostenimiento de su ritmo de crecimiento requiere de socios comerciales y campos de inversión a escala mundial. Su penetración en ciertas ramas productivas y áreas geográficas intensifica la competencia con intereses de otras potencias de arraigo más antiguo en esas ramas y áreas.
En la primera década del presente siglo China creció hasta convertirse en la segunda economía mundial, mientras que la de Estados Unidos ha sufrido la peor recesión desde la Gran Depresión de la década de 1930. La necesidad que tienen una de la otra, por un lado, y por el otro la disparidad de intereses entre ambas, llevan aparejadas tendencias tanto hacia la cooperación y convergencia como hacia la pugna por esferas de influencia económica y política. El crecimiento de China inquieta a las demás potencias, pero amenaza fundamentalmente a la hegemonía estadounidense.
China ya ha superado a Estados Unidos como principal socio comercial de varios países de África y de América Latina, y es el principal inversor en algunos de esos países. Las implicancias de estos avances van más allá del aspecto meramente comercial y se internan en el plano estratégico.
Un artículo publicado a fines de 2011 en Foreign Policy preveía el inminente reemplazo de Occidente por China como la principal fuerza económica y política internacional en África. China ya superó a Estados Unidos como principal socio comercial del continente. En 2010 el comercio de África con la potencia asiática sumó 127.000 millones de dólares —40% más que el año anterior— frente a u$s 113.000 millones con los Estados Unidos. El sector energético constituye más del 70% del comercio entre China y los países africanos: importa de ellos nada menos que un 30% de su petróleo.
La inversión china en África se centra en proyectos de infraestructura tales como la construcción de refinerías, puertos, aeropuertos, carreteras, ferrocarriles y puentes. Estos proyectos son financiados por préstamos de bancos chinos en condiciones favorables, con intereses bajos y largos plazos de reembolso. Sobre estas bases se concretaron numerosos acuerdos petroleros, mineros y de infraestructura con Angola —proyectos de infraestructura financiados en base a la fórmula “préstamos por petróleo”—; con Ghana para la construcción de una refinería de alúmina; con el Chad, Níger y la República Democrática del Congo para la extracción de petróleo, y con Zambia para la extracción de cobre. Esas producciones suelen estar destinadas prácticamente en su totalidad a China. A cambio de estos convenios Beijing obtiene el acceso de sus corporaciones a recursos naturales como los mencionados, y a minerales raros necesarios para sus industrias de fabricación de computadoras de mano, telefonía portátil y televisores de pantalla plana. África también desempeña un papel importante en la seguridad alimentaria de China.
El tipo de relación así establecido —materias primas y alimentos de África por inversiones y bienes de la industria china— suele traducirse en diversas formas de apoyo político recíproco. Préstamos chinos por miles de millones de dólares destinados a obras públicas, sumado a la ayuda militar —todo ello sin mirar el color político del gobierno imperante en el país receptor—, contribuyen a allanar el camino y a remachar este tipo de relacionamiento caracterizado por una profunda asimetría. Sectores críticos de la expansión china desde ópticas diversas aluden al rol de Beijing en ese continente como un “nuevo colonialismo”.
En 2006, el documento oficial titulado “La política africana de China” resumió el objetivo de Beijing de establecer con África “un nuevo tipo de asociación estratégica”. Para aceitar su avance regional la diplomacia china —en tanto las condiciones económicas internacionales y el retroceso relativo de sus contendientes en el contexto de la crisis mundial siguen siéndole favorables— esgrime verbalmente principios que fueron característicos de la política exterior china de la era de Mao Zedong: respeto mutuo, no injerencia en los asuntos internos de otros países, convivencia pacífica. La dirigencia china enmarca esos fundamentos en su actual estrategia de “poder blando” y “ascenso pacífico”, con la que Beijing ha ido estableciendo en muchos países de África una densa red de asociaciones y alianzas con empresarios locales (que se convierten en intermediarios internos de sus intereses comerciales e inversores), y fuertes lazos políticos con grupos de poder influyentes en la política y en los gobiernos; vínculos que a su vez revierten en la obtención de contratos y condiciones favorables a sus inversiones.
Estas prácticas no difieren mucho de las que durante décadas de colonialismo o neocolonialismo llevaron a cabo en África las potencias europeas y luego los EEUU. Pero la imposición de las políticas neoliberales de los años ’80 y ’90 erosionaron los lazos de esas potencias con las dirigencias africanas, facilitando el re-direccionamiento de las relaciones económicas y políticas de las dirigencias del continente. Durante ese período y en la primera década del siglo 21, las políticas del llamado Consenso de Washington exigieron a los países africanos la privatización de empresas públicas y de proyectos de desarrollo, y reducir el gasto gubernamental en educación, salud y programas sociales, remachando el atraso y el malestar social.
El avance de los intereses y de la influencia de China en África es motivo de verdadera preocupación en círculos dirigentes de Estados Unidos. La alarma de la Casa Blanca creció visiblemente tras la Cumbre chino-africana de noviembre de 2006 en Pekín, a la que asistieron líderes de 48 países del continente. En una audiencia en el Congreso en noviembre de 2011, un panel dedicado a analizar el crecimiento de las relaciones chino-africanas y sus implicancias estratégicas para Washington, liderado por el senador por Delaware y presidente del Subcomité de Asuntos Africanos del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, Chris Coons, instó al gobierno estadounidense a afrontar la expansión del comercio y de las inversiones chinas en África, haciendo énfasis, además, en la necesidad de impulsar la agenda norteamericana de “democratización” de países de ese continente gobernados por regímenes dictatoriales, algunos de los cuales gozan del abierto respaldo económico y militar de Beijing. Para el autor del antes mencionado artículo de Foreign Policy, la cada vez mayor participación militar de China en países como Zimbabwe y Sudán, que se encuentran bajo sanciones de Occidente, presagia el peligro de convertir a África en terreno de una nueva carrera armamentista con los Estados Unidos. Con la intensificación de sus alianzas con gobiernos “anti-occidentales” en África, China podría estar saliendo al cruce de la creciente militarización de la política exterior norteamericana en el continente, canalizada especialmente a través de la denominada “lucha contra el terrorismo” presentada como finalidad central del Comando África de EEUU (Africom).
También en América Latina, la presencia creciente de intereses de China compite con la tradicional influencia de intereses económicos, políticos y estratégicos de Estados Unidos y de las potencias europeas. La puja por la obtención de negocios y de condiciones de privilegio, y la búsqueda de influencia o control sobre palancas básicas de las economías y estructuras estatales (elemento vertebral de lo que habitualmente se conoce como dependencia) condiciona la evolución de los países latinoamericanos.
China se ha constituido en un nuevo polo entre poderes que compiten por las preferencias, y las alianzas, de las clases dirigentes de América Latina. Por ambas partes se subraya el carácter complementario de las respectivas economías. Las relaciones bilaterales entre China y América Latina son descriptas en términos de asociación estratégica. Argentina, Brasil, México, Chile y Venezuela establecieron en los últimos años asociaciones de ese tipo con la potencia asiática. Chile, Perú y Costa Rica firmaron con ella tratados de libre comercio de amplio alcance. En 2008 Beijing publicó el “Documento político de China sobre América Latina y el Caribe”, saludando el notable aumento del intercambio entre ambas partes y promoviendo la conclusión de nuevos tratados bilaterales de libre comercio.
China se ha convertido en el principal mercado para la soja de Argentina y Brasil; compra al Uruguay un tercio de sus exportaciones de lana, a Chile gran parte de su cobre y al Perú la mayor parte de sus exportaciones de harina de pescado; al mismo tiempo, ha hecho de todo el subcontinente un gran mercado para sus exportaciones i

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