La cuestión demográfica

3 junio, 2013

Isabelle Attané, sinóloga francesa que ha ya publicado “¿Una china sin mujeres?” y “La masculinización de la población”, vuelve con otro título para el debate: “En el país de los niños escasos – China y la crisis demográfica”, que en Argentina acaba de publicar Capital Intelectual. La bajada del título, “De los hijos únicos a los chicos de la calle”, ya anticipa la polémica, sobre el modelo de desarrollo reciente en China y sobre la comparación obligada con otros países –no incluida en el libro- donde la pobreza y mendicidad infantil es un flagelo, países europeos con inmigración excluida o aquellos otros donde niños sin problemas económicos masacran a sus compañeros de escuela en un campus o en un cine, metralla en mano, por ejemplo. Attané recorre en su ensayo temas como la política del hijo único, los hijos de los trabajadores migrantes de China o, entre otros, la aguda desigualdad social que enfrenta el gigante asiático.

 


 

Las tensiones demográficas en China resultan difíciles de manejar, escribe, y quizá son el punto que pocos miran cuando auguran un milagro chino sin pausa. Se acabó la forma clásica uno-dos-cuatro (un abuelo, dos padres, cuatro hijos) por otra inversa: cuatro abuelos, dos padres, un  hijo). “Puede obstaculizar el vuelo del fénix chino”, dice Attané, quien recuerda que 25% de los chinos hoy tienen menos de veinte años, y son quienes formarán la China de mañana.

 

Considera a China actual como una de los países “más desiguales” del mundo en distribución del ingreso, y en particular en niñez y adolescencia, y completamente abierta al capitalismo e incluso –arriesga- habiendo renunciado progresivamente a la planificación y centralización de las decisiones, como en la era Mao.

Attané desarrolla la política del hijo único y los llamados “pequeños emperadores”, por el dominio de esos chicos “malcriados” respecto de sus padres. Treinta años después de esa política de hijo único para contener el crecimiento demográfico, hoy hay 160 millones de hijos únicos en China. Pero sólo uno de cada tres chicos chinos no tiene hermanos. En las ciudades, sólo dos de cada tres; en el campo, uno de cada tres.

También repasa el fenómeno de los ding ke, parejas sin hijos por razones profesionales; polemiza sobre los estereotipos o calificaciones de tiranía de los hijos únicos, con estudios de campo, y cuestiona al Estado por desentenderse del tema niñez en algunas áreas, en una carrera hacia la excelencia y el éxito.

Asimismo aborda no sin crudeza los temas del infanticidio y de “niños indeseables” por enfermedades, así como las preferencias por varones antes que mujeres, arraigadas en la cultura china por razones laborales y de sobrevivencia, de mantenimiento de los padres.

Señala que, en cuanto a la mortandad infantil, China luce buenos indicadores de patrones internacionales (5% de decesos infantojuveniles del mundo, teniendo 20% de la población global). Pero de las 400 mil muertes por año en menores de cinco años, más de la mitad lo son por razones o enfermedades evitables. Critica el retiro del Estado de la salud, campo que, pese a tratarse de un país “comunista”, es pago desde lo básico. Muestra estudios de la UNICEF sobre la enorme carga financiera para salud en familias de bajos ingresos.

La explotación y la compra de niños, por acción de los inescrupulosos laoban, la prostitución, son otros temas abordados (“cada año, millares desaparecen, son raptados y luego revendidos a traficantes” para prostituirlos, venderlos, explotarlos o pedir rescate).

Y uno muy interesante es la realidad de los chicos de obreros migrantes, del campo a la ciudad, un fenómeno clave en la China de los últimos años, del desarrollo inmobiliario y del boom económico labrado por millones de chinos campesinos que fueron hacia las costas por un mejor salario, llevando a sus chicos.

Cerca de 200 millones de chinos, 15% de la población, se considera migrante. Y hoy la autora estima en 20 millones a los chicos hijos de migrantes, en grandes ciudades, con notorios problemas en la calle o en la escuela. Son “los desamparados” de un país en transición. El Estado ha trazado, reconoce la autora, políticas para evitar la discriminación y favorecer la integración social. Por ejemplo, desde 2003 eliminó el estatus residencial, que desentendía a la localidad de origen la atención a su niño migrado, recayendo ésta en la ciudad receptiva, que no prestaba atención. Ahora es la ciudad de origen la que debe atender los casos. Y se reglamentó estrictamente el derecho de un niño a no trabajar hasta los 16 años y con mucha reglamentación de 16 a 18. Pero aún hay problemas. Según fuentes oficiales, al menos un millón de niños vagabundean, mendigan y viven en la calle. Cita Attané otras fuentes como Unicef que cuantifican en varios millones.

Finalmente, los niños no registrados, “en negro”, incalculables. Y la población que envejece, y hará de China ya no el mayor país poblado del mundo (lo superará India) porque de acá a 2050 la población mayor a 60 años se habrá triplicado. Por mejor calidad de vida y por baja natalidad. Y observa un creciente déficit de mujeres: 40 millones, estimadas.

Con todos estos datos, ¿cómo será China en el futuro? Responde Isabelle Attané: su población comenzará declinar relativamente hacia 2035, porque el número de muertes superará el de nacimientos; habrá más población urbana que rural; habrá una población activa muy calificada y eficiente, pero también una vasta población “sumergida en la miseria”, por la cantidad de niños hoy “marginados por la sociedad” y “a veces incluso por sus propias familias”.

China, concluye, “no está inexorablemente destinada a días radiantes”. Debería ajustar, prescribe, su economía y garantizar a las generaciones nuevas condiciones de vida decentes y armoniosas para alcanzar lo que la autora señala como “pocos países del mundo que ofrecen a la mayoría de su población una existencia respetable”, presumiblemente, habla de naciones europeas o norteamericanas.

Categorías: Sociedad

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