París no fue una fiesta
Más allá de la palabra oficial sobre las recientes conversaciones comerciales en la capital francesa, China consideró que solo hubo un “consenso preliminar sobre ciertos asuntos”, presentó “serias quejas” a Estados Unidos y expuso su postura sobre la postergación de la cumbre entre Xi Jinping y Donald Trump.
Por Fernando Capotondo. Cuando las delegaciones de China y Estados Unidos se sentaron a la mesa en París, los comunicados oficiales hablaron de diálogos “francos, profundos y constructivos”. Las calificaciones, un clásico de la jerga diplomática, sugerían que todo había estado bajo control durante el encuentro de dos viejos compañeros de negocios. Pero entre líneas, en los pasillos y sobre todo en las declaraciones posteriores, asomó otra película: la de un socio comercial que ya no se conforma con ser el convidado de piedra.
Porque si algo dejaron claro las reuniones del 15 y 16 de marzo en la capital francesa -la sexta ronda de consultas económicas y comerciales bilaterales desde mayo del año pasado -es que Beijing ha decidido llevar su propia calculadora y dejar de confiar en los números dibujados en Washington.
El viceprimer ministro chino He Lifeng llegó a París con un libreto que sus interlocutores estadounidenses -el secretario del Tesoro, Scott Bessent, y el representante comercial, Jamieson Greer– seguramente conocían de memoria. China valora el diálogo y respeta la “guía estratégica” acordada en las reuniones previas entre Xi y Trump. Pero también tiene memoria, gigante como su territorio.
Y la memoria, en este caso, registra que la Corte Suprema de los EE.UU. declaró ilegales los aranceles que Donald Trump impuso invocando la Ley de Poderes Económicos por Emergencia Internacional. Registra que, pese a eso, Washington aplicó un recargo adicional del 10% a las importaciones de todos sus socios comerciales bajo la sección 122 de la Ley de Comercio de 1974. Y registra, sobre todo, que Estados Unidos ha lanzado investigaciones por la Sección 301 contra 60 economías – China incluida – acusándolas de tener “exceso de capacidad” y permitir el “trabajo forzoso”.
En ese último punto, Beijing no se limitó a responder: presentó “serias quejas” y expresó su “grave preocupación” por este tipo de investigaciones unilaterales. No fue una fórmula retórica, sino una forma de escalar el tono sin romper la mesa de diálogo. “China tomará las medidas necesarias para salvaguardar firmemente sus derechos e intereses legítimos”, afirmó He Lifeng. La frase, destacada por la agencia china Xinhua, no fue un adorno, sino el núcleo del mensaje.
Horas después, otro funcionario del Ministerio de Comercio chino, en este caso Li Chenggang, elogió las consultas realizadas entre los equipos técnicos y destacó que habían alcanzado “un consenso preliminar sobre ciertos asuntos”. La frase, aparentemente inocua, encerraba una clave que los comunicados oficiales no desactivaron del todo. Hablar de apenas un consenso preliminar sobre ciertos asuntos no es lo mismo que destacar un acuerdo general. Ahí está el abismo.
Lo curioso del caso es que mientras la atención apuntaba a la mesa de negociaciones en París, el ministerio de Comercio chino emitía en Beijing un comunicado con una dureza inusual dado el contexto. “Instamos a Estados Unidos a corregir inmediatamente sus errores”, decía el texto, tras destacar que la investigación bajo la Sección 301 es “unilateral, arbitraria y discriminatoria”, y constituye “un error sobre otro error” que socava las cadenas de suministro globales.
En esa misma línea, desde Beijing recordaron que la República Popular China es uno de los miembros fundadores de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), ha ratificado 28 convenios internacionales y cuenta con un sistema integral de leyes laborales para prevenir el trabajo forzado y otras prácticas ilegales.
También argumentaron que Estados Unidos no ha ratificado el Convenio sobre el Trabajo Forzoso de 1930 y, a pesar de ello, utiliza este tema como herramienta política. Bajo esta lógica, la investigación de la Sección 301 no sería solo una medida comercial, sino un intento de erigir nuevas barreras, “extremadamente unilateral, arbitraria y discriminatoria”, según destacó el diario oficial chino Global Times.
Para entender París, conviene mirar el tablero completo. China y Estados Unidos llevan casi un año conversando. Desde aquella primera ronda en Ginebra en mayo de 2025, pasando por Londres, Estocolmo, Madrid y Kuala Lumpur, han logrado acuerdos puntuales: la suspensión de los aranceles adicionales del 24%, un consenso marco sobre TikTok, la ampliación del comercio agrícola y avances en la cooperación contra el fentanilo.
Pero algunos acuerdos, dice Zhou Mi, investigador sénior de la Academia China de Comercio Internacional y Cooperación Económica, “aún no se han transformado en resultados formales”. Dicho de otro modo: hay consensos de palabra, pero no siempre se traducen en hechos concretos.
“China cuenta con un entorno estable y predecible para la inversión”, apunta Daryl Guppy, exmiembro del Consejo Empresarial Australia-China. “Pero eso debe extenderse a las áreas comunes de cooperación. Y eso requiere una decisión política por parte de Estados Unidos”, agrega.
Quizás por eso el ministro de Asuntos Exteriores chino, Wang Yi, haya elegido sus palabras en una conferencia de prensa días antes de la cumbre parisina. “Ninguna de las partes puede cambiar a la otra, pero podemos elegir cómo queremos relacionarnos”, dijo. Traducción: no vamos a pedir permiso, pero podemos conversar.
El encuentro de París terminó con un comunicado conjunto que habla de “nuevos consensos”, de avances “significativos” y del compromiso de “seguir consultando”. También menciona la posibilidad de establecer un mecanismo de cooperación para fomentar el comercio y la inversión bilaterales. En Estados Unidos hablaron de “un paso modesto pero significativo”, según informó el corresponsal en Washington del China Daily. Todo suena a plan. Otra cosa es que funcione.
Sobre el final, otra señal de atención surgió con la postergación de la cumbre entre Xi Jinping y Donald Trump, prevista para fines de marzo. En principio, desde los influyentes Financial Times y The New York Times vincularon el fracaso del encuentro a la negativa china a sumarse a la estrategia estadounidense en el estrecho de Ormuz. Frente a ello, la reacción inicial de Beijing fue un sugestivo silencio, hasta que el portavoz gubernamental Lin Jian afirmó que los rumores periodísticos eran “completamente falsos”, una desmentida que desde Washington fue compartida por el propio Scott Bessent.
Pero el ruido persiste.
Mientras tanto, el país asiático sigue tomando nota. De las investigaciones unilaterales, de los aranceles, de las sanciones. Y también de las promesas. “China se reserva el derecho de tomar todas las medidas necesarias para salvaguardar firmemente sus derechos e intereses legítimos”, repitieron desde el Ministerio de Comercio. La frase apareció dos veces.
En la nueva geopolítica comercial, las conversaciones dejaron de ser un espacio de entendimiento para convertirse en un mecanismo de registro. Lo que se dice importa. Pero lo que se anota, más. China y Estados Unidos hablaron en París. Dijeron que fue constructivo. Puede ser. Aunque a esta altura, el término “constructivo” parece significar que nadie se levantó de la mesa.
La diferencia es que Beijing ya no interpreta la escena. La documenta. Y cuando hace falta, la convierte en queja. No para cerrar la negociación, sino para redefinirla. Porque en esta etapa, y en la mejor tradición china, negociar también es decidir quién fija el sentido de lo que se habla.

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