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Spadone, Mao y Perón

Cultura

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Mañana miércoles 5 se presenta en el Teatro Lola Membrives a las 19 horas una autobiografía del empresarioCarlos Spadone, entre otras cosas presidente de la Cámara Argentina China, titulada La culpa la tuvo el chancho y editada por el Grupo Planeta. El empresario bodeguero y también productor teatral relata su vida en un texto que combina fotos y relatos tanto personales como aquellos que atraviesan buena parte de la historia política argentina de las últimas décadas, en especial vinculados a su pertenencia al peronismo. EnLeer más reproducimos uno de los capítulos dedicado a su larga experiencia en China.

-Los Spadone en China

En 1983, el año en que volvía la democracia y el país se preparaba para las elecciones generales, nosotros rearmamos el partido peronista. Yo era una figura importante, pero en el primer lugar estaba Lorenzo Miguel, con quien colaboraba. Antes de que se eligiera la fórmula presidencial, y cuando ya se empezaban a mencionar los nombres de muchos candidatos, les hice una sugerencia a los compañeros:

—Antes de las elecciones tenemos que ir a China —dije—. Es muy posible que encontremos allí un apoyo político que nos vendría bien para hacer una buena elección.

Como relaté en las primeras páginas de este libro, mi primer contacto con los chinos se produjo en 1972, cuando acompañé al General Perón a una reunión con varios miembros de la cúpula del Partido Comunista Chino que el presidente de la República Popular China, Mao Tse Tung, envió para invitar a Perón a visitar el país.

Por sugerencia mía, la reunión se concretó en París porque el gobierno franquista no extendía visas a ningún ciudadano de un país comunista. El propósito de los chinos era explorar la problemática del Tercer Mundo y hacerle un reconocimiento al General, que había acuñado durante su gobierno la idea de la Tercera posición —un concepto que significaba algo así como si dijéramos: ni tantos ricos ni tantos pobres—. En ese entonces, la tercera posición tenía tres A: América (Perón), Asia (Mao) y África (Nasser).

Después de esa experiencia,  me interesé mucho por ese país y desde entonces siempre pensé que en algún momento mi vida iba a tener algo que ver con China.

Nuestra delegación estaba integrada por 20 personas, encabezadas por Lorenzo como dirigente gremial, y en segundo lugar yo como empresario argentino peronista. De algún modo me tocaba llevar la representación de los empresarios del partido, mientras que los demás eran dirigentes de diversos sindicatos y ejecutivos de otras empresas.

Ese viaje fue muy importante para mí porque conocí a Hu Qili un dirigente con quien todavía tengo contacto siempre que voy a China y que actualmente es presidente de la fundación «Son Chin Li», bautizada así en homenaje a la esposa de quien fue profesor de Mao. En aquel momento, Hu Qili era secretario político del Partido Comunista chino —mi par, de alguna manera, ya que yo estaba a punto de ser elegido secretario político del partido peronista.

También conocí en ese viaje a otro gran dirigente, Ni Qifu, presidente de los sindicatos de trabajadores chinos. Medía casi 2 metros, era inventor y se lo consideraba una gran personalidad en el partido porque era uno de los jóvenes que había estado con Mao. No era sólo valioso como directivo, sino también por su capacidad como inventor. Era además presidente de la entidad que nucleaba a los productores de tecnología en China y eso me dio la posibilidad de mantener con él una relación muy provechosa. Según mi costumbre de combinar política con negocios, en esa visita había llevado mi producto Kelinda, la lana de acero con detergente, que era una maravilla y yo estaba Interesad o en que la conocieran los chinos.

Ni Qifu fue un hombre muy importante que se mantuvo activo hasta su muerte, que sucedió en coincidencia con la finalización del mandato de Hu Jintao, en junio de 2014. Justo cuando empezaba el mandato de Xi Jinping, y era tal la importancia de su figura que a las exequias fueron por igual los equipos del presidente que asumía y del que se iba. Son equipos totalmente distintos, sólo uno quedó, Ma Kay, el ministro de Desarrollo, a quien yo conocí cuando me invitó Hu Jintao a Bariloche.

Hablamos muchas veces de política pero nunca lo molesté con temas económicos. En China todo lo que hicimos fue por las nuestras. Como dije, llevaba Kelinda y pensaba en ese mercado de 1.500 millones de personas, que cuando empezaran a marchar, como decía un miembro del partido al que apodaban Juan, no los iban a poder parar. Esta convicción se sumaba a lo que yo había escuchado en el ’72, en París, cuando estuve con los enviados de Mao en esas reuniones con Perón. Tuve esa certeza en 1983, en un momento en que el país era tan pobre que hombres que hoy tienen 2 mil millones de dólares, algunos conocidos o amigos míos, ¡comían arroz en una latita! En mayo del ’83 visitamos una fábrica metalúrgica de 4.000 obreros. La directora general era una chinita vieja, arrugadita y de pies muy pequeños; y cuando tocó la sirena a las 12, todos suspendieron el trabajo y salieron corriendo a comer.

Los chinos tienen muy incorporado el hábito de que a las 12 se suspende cualquier actividad para comer. No se puede hacer un negocio en China si no se respeta eso. Es un pueblo que sufrió tanta hambre y penurias en su historia, que respetan a rajatabla el horario de comida, las 12. Y se los veía en esa fábrica, todos sentados en los pasillos, la espalda apoyada contra la pared, con su tarrito de arroz. Entonces pensé: «a pesar de lo que estoy viendo, este va a ser un gran país».

¿Por qué? Porque en esa planta nos mostraron, además, la sección en la que trabajaban con tornos de alta precisión y pude comprobar que estaban haciendo los ejes para las turbinas de los Boeing. Si la Boeing confiaba la fabricación de los ejes de sus turbinas aquí es porque esta gente sabe lo que hace, me decía. En los primeros tiempos de su desarrollo industrial fabricaron productos de escasa calidad y exportaron esos objetos de todo por 1 dólar. Pero pronto entendieron que ese no era el camino, sino que debían empezar a perfeccionarse.

Entonces salieron al mundo a copiar, regresaron e hicieron cosas más importantes.

Volviendo a Ni Qifu. Se había entusiasmado con Kelinda y le pedí que trajera alguna cacerola de la cocina para probar la esponjita. Trajo una pava grande, bastante negra, y la limpié con mi esponjita hasta que el aluminio empezó a brillar. Se la devolví, se miró en la pava como si fuera un espejo y dijo en chino una palabra que luego me enteré que significaba «¡Magia!».

—Magia, ese va a ser el nombre del producto —le dije.

Y a partir de ahí empezamos a evaluar las posibilidades de introducirlo en China. Un mes estuvimos allí dando vueltas, hasta que él me sugirió que hiciéramos una fábrica para producir la esponjita, ya que no había nada de limpieza en aquel momento en su país. Nos pusimos de acuerdo, hicimos un convenio y firmamos un pre acuerdo entre los dos, con el compromiso de que yo iba a llevar una máquina a China para hacer ese producto.

Si tenía al número uno del Sindicato de Trabajadores de China, que estaba encantado con Kelinda y podía aparecer limpiando una cacerola… O que el Sindicato de Trabajadores aconsejara ese producto para la limpieza… Pudimos haber hecho detergentes, jabones, desodorantes, todo lo que hay ahora en China, donde se venden los mismos productos que en todo el mundo. ¿Y quiénes los hacen hoy? Las grandes multinacionales del mundo: Lever, Colgate, etc. En ese momento no había nada y era una gran oportunidad que, junto al sindicato de trabajadores de China, con quienes habíamos acordado un documento de entendimiento, creáramos una empresa con un 50% de los sindicatos y otro 50% del grupo Spadone de Argentina.

Pero elegí la política. Al regresar de ese viaje, vinieron las elecciones presidenciales, que perdimos frente a Alfonsín, y nuestro partido se disgregó. Entonces, por la responsabilidad de ser el secretario político del justicialismo, en lugar de concentrarme en la posibilidad de haber sido el primer socio extranjero en China, decidí postergar mi compromiso con Ni Qifu y dediqué mis esfuerzos a reorganizar el partido junto con Lorenzo Miguel.

Volví a la Argentina, pasé un año trabajando en la organización del partido hasta que empezó a aparecer la renovación y se hicieron las elecciones internas para consagrar la fórmula presidencial que iba a competir contra Raúl Alfonsín. En esa elección, en la que fue consagrada la fórmula Luder-Bittel, me eligieron a mí Secretario Político del Partido Peronista, un cargo que no existía, porque esa función la ejerció el General Perón hasta su muerte.

 

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