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Los antepasados cantoneses en "Mariposa de Otoño"

Cultura

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El periodista especializado en cultura Pablo Makovsky reseña en su blog Apóstrofe el libro Mariposa de Otoño, en el que Gustavo Ng (editor de Dang Dai) narra el reencuentro con su padre chino, luego de una separación de más de veinte años.

- Mariposa oriental

Por Pablo Makovsky

La familia es la gran novela. Lo es en la Biblia judía, donde la genealogía y el linaje familiar erige un destino en su origen, lo es en los monumentales poemas narrativos griegos, en los que una herida permite a una anciana criada reconocer al héroe, que viejo y cambiado retorna a Ítaca. Un nombre, un apellido es una novela que no se desarrolló todavía.

Gustavo Ng percibió eso en la escuela primaria de San Nicolás, Buenos Aires, a la que asistió de niño. La maestra le señaló con el dedo su apellido escrito en una planilla y le preguntó qué significaba. Pero como Gustavito tenía siete años, no lo sabía.

Mariposa de otoño (publicado por El bien del sauce, Buenos Aires, 2017) narra de alguna forma esa cifra que su nombre le ofreció al nacer: el padre chino que llegó a San Nicolás para levantar una fábrica textil que hoy se hunde en sus ruinas, el exilio a Nueva York, el retorno, varios viajes a China –entre otros destinos– y el reencuentro con su padre en Brooklyn después de 20 años.

Franja anaranjada

Hecho de fragmentos escritos entre San Nicolás, Buenos Aires, Beijing y Nueva York, Mariposa de otoño es un cruce de diario, anotaciones y novela. La hermana de Gustavo sostiene que su nombre en chino-cantonés –es decir, según la mitología familiar, su nombre secreto, que significa “sagrado” y, por tanto, verdadero–, el que le dio su padre, significa “mariposa de otoño”. Gustavo, nuevamente guiado por un nombre, va tras su historia, su novela: se reencuentra con el padre, pero su padre se duerme en el sillón viendo un documental en su casa de Brooklyn mientras en Argentina se celebra la Navidad; va a China, a reencontrarse con la casa natal de su padre en un pequeño caserío de provincia rodeado por un arrozal. Allí lo recibe toda la aldea y su padre, desde Estados Unidos, paga un banquete fenomenal; una parentela desmedida lo festeja y agasaja durante un día, hay cámaras de televisión, abundante comida, pero Gustavo apenas entiende lo que le dicen esos aldeanos alegres que se le parecen. Gustavo dibuja un recorrido gigantesco, un mundo de parentescos, descifra nombres que hace más de cuarenta años lo volvían extraño a sí mismo. Ese mundo ahora descubierto y leído en su mano a través de su libro es, de algún modo, también una ilusión. Pertenece, como escribe en la página 20, a la “franja anaranjada”: “Cuando era chico y veía la franja anaranjada en el cielo del atardecer me preguntaba si existiría un lugar donde todo fuera anaranjado. (…) Sin embargo en este momento, en el avión a 10 kilómetros de altura, entre un mar de pasajeros dormidos, acabo de ver por la ventanilla que las nubes están anaranjadas, la chapa del avión se tiñó de anaranjado, el aire es anaranjado. Estoy dentro de la franja anaranjada”.

Hoy el padre de Gustavo tiene un negocio en el Chinatown de Manhattan al que llega cada mañana en auto con su esposa y otro hijo adolescente. Gustavo lo acompaña en su caminata lenta mientras los otros parten ya hacia sus obligaciones. “Pasamos por una iglesia ortodoxa griega –escribe–, por un depósito de comida y una ferretería. De la ferretería sale un amigo con el que mi viejo charla a los gritos durante un rato. Cuando han terminado mi padre me traduce: él le ha contado que soy su hijo y que he llegado desde Argentina, y el tipo le ha contado que en Argentina, cuando hay crisis, saquean los supermercados de los chinos. Finalmente llegamos a su lugar en el mundo, la agencia de lotería”.

La agencia de lotería es también un negocio chino lleno de chucherías: cada cuatro minutos suena la chicharra de una suerte de tómbola con la que los jugadores –todos habitués del barrio, jubilados que se duermen en las sillas de plástico del local– despiertan de su trance y “arrojan las boletas del fracaso al piso”.

Scorsese

En 1973, Gustavo se mudó de San Nicolás a Nueva York, a una casa de la calle Mott, en un barrio mugriento en el que los inmigrantes daban vuelta los tachos de basura para sentarse a fumar marihuana. “No hace mucho me enteré de que a la vuelta de mi casa –escribe– vivía Martin Scorsese. Y que fue, incluso, a la misma escuela que yo, donde las monjas irlandesas nos corregían a cintazos. El color de sus películas siempre me había resultado familiar”.

Ese color de las películas de Scorsese es el color de Nueva York, al que el narrador se siente unido y a la que le negaron la visa durante más de una década: pero acaso la visa es una suerte de síntoma. “¿Fue mi padre el que me dijo que no me quería con él o mi madre, que con su lógica maternal impidió una relación directa con mi padre?”, se pregunta. Nueva York pertenece a esa franja anaranjada, “cosas de un mundo que soñamos que existe, y resulta que aquí, de pronto, se vuelven reales. Así es como Nueva York nos resulta familiar”.

Crisálida

 “Mi hermana ha amado a su padre en las mariposas. Y éstas le han hecho el regalo de ir a nacer en su patio de San Nicolás. Casi milagrosamente creció un ejemplar de la precisa planta a la que van a reproducirse las mariposas monarca”, escribe Gustavo Ng. Y sigue: “Mi hermana Anita roba las crisálidas y las lleva dentro de su casa, y para su absorto deleite en la intimidad, las mariposas nacen allí dentro. Revolotean por la cocina hasta que ella, su Reina, les abre la ventana. (…) Mi hermana las despide, llevando en su alma el mágico nombre que le ha puesto mi padre. De adulta se ha enterado que quizás ha habido una confusión con el nombre, quizás no es mariposa de otoño sino de primavera, o quizás ni siquiera es mariposa. Pero ya no importa, porque la verdad del nombre de mi hermana, la verdad de ella, no está en un origen correcto, sino en lo que ella ha hecho. El amor de mi hermana hacia su papá no está en la infalibilidad de la traducción, sino en las mariposas que supo criar para él”.

Es en ese movimiento de la fábula que crea Ng, que siempre conduce a la “franja anaranjada”, donde se define su escritura, su mensaje ambiguo, su ironía.

Álbum familiar

El libro Mariposa de otoño es, como decíamos, una novela, pero una que debe construir el lector con todas las anotaciones que Ng –que oficia de diarista y narrador– despliega entre una escena y otra, con temporalidades, geografías y tonalidades distintas, como si mirásemos un álbum con fotografías tomadas con una Kodak Pocket de los 70, con una réflex en los 80 y un iPhone de hace un par de semanas. Pero si hubiera que dividir en dos el libro, claramente nos encontramos con dos partes: la primera y la segunda, que comienza con el subtítulo “Blanco de tiro”, donde aclara que en diciembre de 2015, 42 años después de que sus padres se separaran, su madre murió y el narrador-protagonista-autor viaja a Nueva York a darle la noticia en persona a su padre. De allí en más asistimos a “un relato de esos días”.

El encuentro con el padre es, como escribe al final, algo así como una fuga. Nuestro narrador-autor-diarista observa el local de loterías como “una mezcla de vieja estación de trenes de Bangladesh con un club de bochas de un pueblo de la provincia de Buenos Aires”.

En esa fuga –acaso, otra vez, hacia la franja anaranjada donde existe el mundo en el que su hermana es mariposa de otoño– nuestro autor va a comprarle un par de botas a su ahijada y, de vuelta, se mete en el Central Park hasta que da con un espacio al que llegan locales y turistas, tiene unas flores en el piso, la palabra “Imagine” escrita en el suelo y la letra de la canción de John Lennon. Se sienta –nuestro autor– en un banco dedicado, como están dedicados casi todos los bancos de Central Park: “In honor of Thomas D. McDougal & Lorna Lee McDougal”.

La madre de nuestro autor, nos dice, nació en octubre de 1940, pocos días después de que naciera John Lennon, y allí está él ahora, sentado en esa suerte de entierro perenne de Lennon, una tarde de otoño en Nueva York, con su nombre encarnado en la tinta de un libro, su historia flotando en el orbe, su padre cumplirá 81 años, su madre ha muerto, el mundo se tiñe de anaranjado.

El nombre –el apellido, desde luego– es el único legado que nos acompaña en nuestro epitafio. Cada vez que lo escribimos –en el cuaderno escolar, el documento de identidad o la tapa de un libro– contemplamos esa compañía tenebrosa de la que ya no podremos hacernos cargo. Novelar un nombre no vuelve más real la vida –que siempre está en otra parte, como creía el poeta–, pero ofrece una escena a la que volver. Esa es la escena que multiplica Mariposa de otoño.

 

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