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Juventudes revolucionarias

Sociedad

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La doctoranda e investigadora de la Universidad de Michigan Angie Baecker estuvo en el Instituto Germani de la UBA y ofreció una conferencia sobre los “médicos de pies descalzos”, que llegaron a ser 1,7 millones de abnegados  jóvenes chinos comprometidos con la salud pública en plena Revolución Cultural; por esos mismos años, otros jóvenes de origen japonés también se involucraron, en Argentina, en causas revolucionarias, y lo pagaron con sus vidas. De este tema, y de la reacción de la colectividad japonesa, habló en la misma actividad la investigadora de la Universidad de Tokio Chie Ishida.

Los médicos de pies descalzos, explicó Baecker en una sesión titulada Juventudes y Proyectos Revolucionarios en los 70s del Grupo de Estudios del Este Asiático del Germani, dependiente de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, nacieron por impulso del gobierno liderado por Mao Zedong en 1958, con la idea de que, una vez capacitados, trabajaran en asistencia médica y sanitaria básica en las áreas rurales más pobres del país. Al principio, dijo Baecker, se los llamó “medios (o semi) rural, medios médico”, y se enmarcaron en el ideal maoísta de cerrar la brecha entre trabajo intelectual y trabajo manual, a su vez en el marco de cerrar tres grietas: urbana y rural, trabajo campesino y fabril, y justamente labor intelectual y manual. Los guiaba el slogan “rojo y experto”, sintetizando ese ideal.

“La primera vez que aparece el nombre ‘médicos de pies descalzos’ es en 1968, cuando el proceso va llegando a un punto máximo a principios de los años 70s. Fue en un artículo del diario Hóngqí (Bandera Roja), donde uno de esos jóvenes, Xiang Haiyi, habló de los chijiao yisheng, y ahí les quedó ese nombre a quienes todavía son como huérfanos de una historia arraigada en la memoria de muchos chinos”, que vivieron ese turbulento proceso de la Revolución Cultural maoísta, habitualmente ubicada entre 1966 y 1976, el año de la muerte de Mao.

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La investigadora Baecker en el Germani

Baecker propuso la idea de que esos jóvenes, hoy, quienes aún viven, gente mayor, “son relevantes” en la historia contemporánea china y “están sumergidos en la memoria colectiva sobre todo en el ámbito rural”. Con la asistencia de Ignacio Villagrán del Germani, y coordinador del encuentro, la investigadora estadounidense explicó la labor que hacían, la ayuda y docencia que daban a los pobres campesinos, sobre primeros auxilios o higiene elemental, la tensión que se dio con médicos formados que los miraban con recelo y otros aspectos de la experiencia de esos jóvenes. Hubo en ese período y posteriormente muchos libros y películas al respecto.

Por su parte, Chie Ishida habló de los 17 jóvenes de familias japonesas, en su mayoría procedentes de Okinawa, víctimas del terrorismo de Estado en Argentina (1976-1983), sobre todo explorando la reacción al interior de la propia colectividad japonesa, los nikkei y los nisei (los inmigrantes y los de la segunda generación).

Si bien reconoció que, como se señala en el documental Silencio roto (producido por Karina Graziano en 2005), donde se dice que las familias “rompen el silencio” treinta años más tarde y en general “miraron para el costado”, “hubo también otros familiares que siempre reclamaron, buscaron, se acercaron a las Madres (de Plaza de Mayo)” algunos de los cuales estaban presentes en el acto del Germani.

“La idea del japonés callado, sumiso, de perfil bajo, calzaba muy bien con el modelo de sociedad que buscaba la dictadura argentina. Eran como una etnia modelo, lo más alejado del ‘subversivo’ del que hablaba el terror”, dijo la investigadora.

También habló del rol doblemente revolucionario de esos jóvenes, entre los que había dos mujeres: romper con el mandato familiar y tradicional, con las estrictas normas de su ascendencia, y luego intentar romper también con el orden establecido, militando en organizaciones revolucionarias.

Al ilustrar con una bandera de los 17 “japoneses” desaparecidos, que eran argentinos y también tenían un tema con la identidad, bandera con la cual los familiares de esos jóvenes desaparecidos marchan en las manifestaciones de organismos de derechos humanos por Verdad y Justicia, habló de cómo estos temas se perciben como un “problema”, algo “incómodo” para la sociedad, “perturban lo normal” y ponen en cuestión la comodidad que se pretende establecer.

 

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