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Problemas con remesa de dólares en la colectividad

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En el libro Estoy verde. Dólar, una pasión argentina (que acaba de publicar la editorial Aguilar), los periodistas Alejandro Bercovich y Alejandro Rebossio analizan el fenómeno del encanto que la divisa estadounidense ejerce en muchos argentinos. Al hablar de las restricciones recientes en el mercado cambiario, refieren los problemas que se produjeron en colectividades habituadas a girar dólares a sus parientes en los países de origen, entre ellas la china, de creciente presencia en Argentina. En Leer más, el capítulo correspondiente.

“Hay una colectividad –escriben Bercovich y Rebossio- que se destaca sobre las demás entre los jugadores del mercado blue: los chinos, muchos de los cuales son dueños o empleados de los 10.000 supermercados nucleados en las dos cámaras con tal identificación de origen. Basta con pararse media hora en la zona cercana a Tribunales para verlos entrar y salir a ritmo frenético de la casa de cambios T., para luego perderse rumbo a alguno de los subtes del Obelisco o subirse a alguna camioneta estacionada en doble fila.

“Dentro de esa agencia, según confirman dos cambistas de la competencia y una irrefutable fuente diplomática, trabajan seis empleados de la comunidad. Atienden indistintamente en castellano y en mandarín, casi siempre tras bambalinas, en el sector del local al cual solo se accede mediante recomendación. Fueron reclutados por uno de los socios de la casa de cambio, también de origen chino. El servicio bilingüe da cuenta de la importancia creciente de esa colectividad en el mercado. Por teléfono también se puede acceder a él. Lo confirma uno de los autores al llamar al número publicado por la casa de cambio en Internet. Al empleado que levanta el tubo, le consulta si tiene operadores que hablen mandarín. “¿Usted es chino?”, repreguntan del otro lado de la línea. “Sí”, responde el autor. “Espere un segundito.” Suena la música del conmutador. La interrumpe la voz de otro empleado: “Ni hao”, saluda. Los cambistas asiáticos, precisan los informantes, no solo están ahí por su condición de bilingües. Reportan directamente al socio que los contrató y controlan que su parte del negocio esté segura.

“También son los verificadores de última instancia de la autenticidad de los yuanes, que cambian de manos en las oficinas de T. casi tanto como los billetes verdes y que representan una proporción creciente de las operaciones del mercado cambiario informal.

“La agencia T. se sumó a la otra gran meca de los inmigrantes chinos y taiwaneses en la City, a pocos metros de Plaza de Mayo, cuyo nombre también empieza con T. y donde también hay empleados y socios nacidos en la gigantesca nación de Mao. Otra casa donde se concentran es C. N., donde no se ofrece al cliente el servicio bilingüe pero hay invertidos capitales sinoargentinos.

“Cuando no tienen documento argentino, los inmigrantes tienen cerradas las puertas del sistema financiero formal. Salvo las contadas excepciones en que completan los engorrosos trámites necesarios para bancarizarse sin la residencia legal, no pueden comprar en cuotas con tarjeta de crédito, aprovechar descuentos en ropa ni abrir una cuenta o una caja de seguridad en un banco. Por eso quienes son capaces de ahorrar juntan dólares. También influyen la falta de confianza y de familiaridad con el peso —algo habitual en todos los colectivos emigrados— y la brecha idiomática, que profundiza la “guetificación”.

“La trama del negocio minorista de los inmigrantes orientales cuenta también con organizaciones financieras paralelas que se encargan del transporte de valores, de las transferencias y de los envíos, estilo Western Union. Se mueven importantes montos de dinero en efectivo, lo cual obliga a todos los eslabones de la cadena a acudir al mercado blue.

“Como el tamaño del mercado ilegal de divisas es una incógnita, todas las estimaciones son aproximadas. En la comunidad sospechan que entre ellos se pacta al menos el 20% de las operaciones informales de capital y el Gran Buenos Aires. Con más de 10.000 autoservicios en todo el país, los supermercados chinos facturaron, según las cámaras del sector, más de 30.000 millones de pesos en 2012, unos 123 millones por día hábil. Si tuviesen el mismo margen que una empresa como la chilena Cencosud, dueña de Jumbo, Disco y Vea, que es del 7% sobre las ventas, se puede inferir que sus beneficios alcanzaron los 8,6 millones de pesos diarios, lo que equivale a 1,3 millón de dólares a la cotización blue de fines de 2012. Teniendo en cuenta que en aquel tiempo el mercado ilegal del dólar movía en toda la Argentina unos 30 millones de dólares diarios, el margen de los supermercados chinos, que seguramente es mayor que el de Cencosud, puede equivaler a más del 4% de las transacciones blue.

“Algunos dueños de autoservicios chinos demandan las divisas para pagar deudas contraídas para montar sus negocios. Son créditos muchas veces informales suscriptos en su país de origen y también en la Argentina, donde la colectividad suele pactarlos en dólares o yuanes y muy pocas veces con la banca formal como intermediaria. Los inmigrantes chinos, tanto los 8.929 registrados en el Censo 2010 como los muchos que se le escaparon al indec (entre 2004 y 2012, unos 16.305 recibieron la residencia permanente y, entre 2010 y 2012, otros 1.885 obtuvieron la temporaria), también giran remesas a sus familias o usan el dólar como vehículo de ahorro.

“El sistema funciona más o menos así: el empresario chino ‘importa’ a través de sus redes y ‘cabezas de serpiente’ mano de obra ilegal, a la que explota durante años en sus negocios (restaurantes, talleres, tiendas), hasta que está completa el pago de la deuda”, cuentan los corresponsales españoles en China Heriberto Araújo y Juan Pablo Cardenal en un artículo de El País, de Madrid, donde desarrollaron sus investigaciones sobre la presencia oriental en Europa y los Estados Unidos. La descripción se asemeja a lo que sucede con la inmigración china en la Argentina, y también con la boliviana. “La precariedad y las condiciones de vida y laborales que se les impone es en ocasiones brutal, pese al gusto de nuestros académicos por relativizar esta situación al compararla con lo que se vive en las fábricas chinas, como si los derechos de una persona tuvieran que ser distintos por ser de una u otra procedencia. El nuevo inmigrante, tras el pago de la deuda por ser llevado a la ‘tierra prometida’, debe abonar posteriormente la legalización y obtención de papeles (en la que intervienen, como por arte de magia, gestorías chinas controladas o participadas por los mismos capos). Por último, el inmigrante contrae una última deuda con la red en forma de crédito informal para poder montar su propio negocio y, de esta forma, pasar de explotado a explotar. Exprimido el margen de la venta del pincho de tortilla o de la camiseta terminada de confeccionar, el nuevo empresario tiene que ingeniárselas para pagar, y recurre a traer más inmigrantes a través de su negocio, a los que endeuda y explota”, relatan los autores del libro La silenciosa conquista china. En España se descubrió el año pasado un gran escándalo por la fuga ilegal de dinero de inmigrantes chinos. Claro que esa salida de capitales tenía como contrapartida el ingreso de recursos “en negro” de grandes fortunas de españoles escondidas en el exterior.

“Más allá de para qué compran dólares los chinos en la Argentina, ellos admiten que siempre ahorraron en dólares. Lo asegura Miguel Calvete, el abogado que oficia de director ejecutivo de la Federación de Supermercados y Asociaciones Chinas desde fines de los noventa. Cuando los saqueos de diciembre de 2001 castigaron con saña a los supermercadistas de ese origen, Calvete tuvo la oportunidad de comprobarlo de manera empírica.

“La anécdota está cruzada como ninguna por la historia económica argentina reciente. Como hombre de confianza de la embajada china, Calvete pasó aquellas fiestas asistiendo legalmente a los involucrados en los saqueos. El 19 de diciembre fue a sacar de una comisaría al dueño de un autoservicio en Lanús que había disparado contra los saqueadores desde el techo de su local. Lo habían detenido por la muerte de uno de ellos y trasladado fuera del barrio para evitar represalias.

“Los saqueadores, desesperados, se llevaron ese día hasta las góndolas de aquel supermercado. Faltaban incluso baldosas del piso, que alguien sacó cuidadosamente para revestir su propio hogar. Pero el dueño, cuenta Calvete, insistía en volver al local para ver cómo había quedado y para pagarle sus honorarios. El abogado creía que el comerciante había perdido todo y le respondió que no le iba a cobrar, pero, ante su insistencia, accedió a acompañarlo.

“El panorama era desolador. Faltaban incluso algunos caños de las paredes. Era un galpón vacío y solo quedaban los restos de la batalla campal del día anterior. El supermercadista entró y enfiló directamente hacia un patiecito en el fondo, que también servía como depósito. Hurgó con un palo en los yuyos hasta que encontró lo que buscaba: una caja enterrada con 50.000 dólares adentro. Luego metió medio brazo en un caño ciego que había a la intemperie y sacó otro fajo de 10.000, ante la mirada azorada de Calvete. El escondite había funcionado. Y mucho mejor que las cuentas en dólares que habían saqueado días antes los propios bancos y el gobierno de Fernando de la Rúa”, dicen Bercovich y Rebossio en su libro Estoy verde, de reciente aparición.

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