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El próximo gobierno argentino y la relación con China

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En una nota de Tiempo Argentino, Néstor Restivo y Gustavo Ng, editores de la revista DangDai, analizan escenarios y posiciones de sinólogos de cara al diseño de la relación con China que deberá encarar el próximo gobierno argentino.

 - China: un aliado para la próxima etapa

En el mes en que se votará nuevo gobierno en Argentina, la República Popular China cumplirá 70 años. Octubre tiene algo de mes clave. Las elecciones nos encuentran en una profunda crisis social y económica, mientras que China, al contrario, celebra su aniversario en una era de fortaleza interna y de creciente relevancia global. Desde 2004, ambos países construyeron un puente cada vez más ancho que involucra economía, comercio y finanzas, pero también política, cultura, educación, ciencias, deportes y otras áreas. Cualquiera sea la conformación del próximo gobierno argentino, nuestra política exterior tendrá a la RPCh como uno de sus ejes centrales.

En los 70 años de la Nueva China, primero Mao Zedong puso de pie a un país humillado por Occidente y por Japón y sentó —más allá de las desgracias del Gran Salto Adelante y de la Revolución Cultural— las bases industriales y educativas, pero también de orgullo nacionalista, para que luego Deng Xiaoping y sus sucesores líderes dieran otro giro revolucionario. Hacia 1978, Deng lanzó la Reforma y Apertura que elevó a la actual China de Xi Jinping al lugar del segundo PIB mundial, liderazgo en incontable cantidad de campos, soñando con erradicar la pobreza extrema en 2020 y ya habiendo sacado de la pobreza a 800 millones de personas, “récord de la humanidad” según el Banco Mundial.

Para Argentina, China es el segundo socio comercial —con un fuerte déficit cuya superación está más en la inteligencia argentina que en la voluntad china. Además, hoy es nuestro principal y casi único financista.

En 2014 ya regía una Asociación Estratégica Integral y junto a otros expertos argentinos debatimos la pertinencia, o no, de tener un espacio específico con asiento en el Poder Ejecutivo que coordinara la relación con la China que, diez años antes, había dado un salto cualitativo y cuantitativo en un acuerdo general entre los presidentes Néstor Kirchner y Hu Jintao. Aquel debate se fundó en la necesidad de contar con el diseño de una estrategia de largo plazo, articular Estado, empresas y academia, conjugar planes y proyectos de Nación, provincia y municipios, y coordinar acciones públicas.

Ahora hemos actualizado ese informe con opiniones renovadas que se presentará este martes en un seminario del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales, CARI. Con la experiencia de los gobiernos de Kirchner, Cristina Fernández de Kirchner y Mauricio Macri, es posible tener un panorama más acabado de la necesidad o no de contar con un comando centralizado en cuanto a la relación estratégica con la RPCh. Por centralizado no entendemos restringir capacidades de actores públicos o privados para encarar el vínculo con el país asiático y su vasto abanico de posibilidades de cooperación, que muchas veces requieren de autonomía de acción, presupuesto, etcétera, sino coordinar o al menos que los sectores involucrados conozcan la mayor cantidad de iniciativas, a los fines de optimizar el resultado y potenciar las sinergias posibles. Ejemplos de descoordinación fueron, en el gobierno anterior, que apostó mucho a la relación con China, cruces entre los ministerios de Interior y Transporte, por un lado, y de Planificación por otro, en el tema ferroviario, por ejemplo. Y en el actual, que tuvo con China un abordaje más zigzagueante, desavenencias entre provincias y Nación sobre la instalación de la central atómica, o entre Energía y Medio Ambiente, en el caso de las represas del Sur. Son todos casos que involucran decisiones de miles de millones de dólares y generan conflictos con la otra parte en detrimento de la inversión, la confianza y la concreción de los proyectos.

Somos conscientes de las visiones contradictorias entre las élites tecno-políticas sobre la inserción internacional de nuestro país, y su impacto en el diseño de políticas exteriores en un contexto de alternancia política. Pero la relevancia del tema amerita políticas de Estado por encima de esas consideraciones.

La política exterior es competencia delegada a Cancillería. Pero China ha sido abordada desde áreas tan diversas como el grupo de vinculación tecnológica con Asia de la cartera de Ciencias, Tecnología e Innovación Productiva, el Ministerio de Agroindustrias junto con el Conicet, y hasta los cursos de chino mandarín que realizaba Planificación Federal durante el gobierno anterior. Nuestra Cancillería cuenta con la Dirección de Asia y Oceanía, que tiene un China Desk y es asiento de la Secretaría de la Comisión Binacional Permanente con China.

El estudio que hiciéramos en 2014 y renovamos ahora tiene conclusiones como las siguientes:

A nivel estatal, la Dirección de Asia y Oceanía de Cancillería no varió estos años su cantidad de personal, pese a la importancia que adquirió esa región para Argentina. Pocos diplomáticos quieren viajar allá, o lo hacen a disgusto. Sigue primando una visión decimonónica en la diplomacia. No se ajustaron estructuras del gobierno. Y es obvio que China y Asia en general requiere mucha especialización.

Cancillería y los ministerios de Economía, Producción, Agroindustria y Ciencia y Tecnología deberían tener un espacio específico para trabajar la vinculación con China, que centralice las diferentes áreas específicas.

Hay una coincidencia generalizada en brindar una fuerte prioridad a lo que está ocurriendo con la vinculación con China y Asia Pacífico en general, obvio sin descuidar otros espacios entre los que obviamente se destaca, prioritariamente, la propia región sudamericana y socios tradicionales de Occidente.

Es necesario dotar de mayor dinamismo la acción pública, en particular la diplomática, y empresaria, para encarar la relación con Beijing: aún persiste desconocimiento y una escasa dotación de recursos.

Se activó estos años un ente mixto (gubernamental, con participación de empresarios y académicos) como el Comité Nacional para el Asia Pacífico (CONAPC), que entiende en los lazos con Asia Pacífico en su conjunto. Está subutilizado.

Una de las opiniones sugirió que China es tan importante para Argentina que no debe haber un lugar que concentre la atención del vínculo, sino que todas las instancias estatales debieran estar preparadas para hacerlo.

Siguiendo el famoso largo plazo chino, debería pensarse en una política de Estado de al menos con vista a una década que involucre a gobierno y oposición, a los niveles de gobierno nacional y subnacional, a sectores público y privado, al corto y al largo plazo.

A nivel subnacional, es clave potenciar el trabajo de provincias. China ya lo hace y abrió en Argentina oficinas de dos provincias como Yunnan y Guizhou, y ahora está desembarcando con Shanxi y quizá Hubei. Es pobre la respuesta local. Pero hay esfuerzos a apuntalar, como los de Mendoza o Salta, a través de la minería (con aporte de las empresas), las universidades como la UCASal o Turismo (Salta Ciudad ya lanzó una página web en chino mandarín para promoción de la ciudad).

Por nuestra parte, agregamos que en la agenda de próximo gobierno argentino para con China, en materia de relaciones económicas, resaltarán la continuidad de lo logrado por la gestión macrista e iniciada en la anterior, como la apertura de mercados agropecuarios; retomar aquello que quedó en una impasse estos cuatro años, como las represas del sur, el Belgrano Cargas o la cuestión nuclear; encuadrar la cooperación financiera ahora en un contexto de fuerte condicionamiento por la irresponsable cantidad de deuda externa asumida por la alianza Cambiemos, y avanzar en nuevas iniciativas de cooperación por ejemplo en Vaca Muerta (tanto en la producción como en su conectividad), pesca y minería.

 

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