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El Idioma Chino y el Estado Argentino

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El periodista especializado en la relación entre Argentina y China Yuri Doudchitzky explica la necesidad de que el Estado argentino promueva una campaña de alfabetización del idioma chino en las escuelas públicas argentinas.

Doudchitzky sostiene que "Considerando que lograr un nivel más o menos aceptable de chino requiere -fuera de China- unos nueve años de estudio, todo aquel que empiece a aprender el idioma en marzo del 2012, probablemente lo hable decentemente para cuando ya China sea el principal socio comercial (e inversionista) de Argentina desde varios años antes y la mayor potencia económica del mundo. ¿Cuántos empezarán a estudiarlo en 2012 y lograrán hablarlo en el 2021? Muy pocos."

Como estudiante avanzado de chino y periodista especializado en la relación entre China y Latinoamérica, leí con mucho interés el artículo que María Cristina Bacino, profesora de idioma mandarín de la UADE, escribió para Dangdai en relación a la enseñanza del idioma chino. Como lo señala Bacino, el español y el mandarín son dos idiomas que se encuentran en las antípodas, tanto como China y Argentina geográfica y culturalmente. Concuerdo con ella en que hay que buscar nuevas formas de acercamiento a la enseñanza del putonghuá  (idioma oficial de China) y también en que la deserción es quizás la característica más visible de este proceso de aprender chino en Argentina. Es poquísima la gente que realmente estudia chino: la gente que pasa de los tres o cuatro primeros niveles.

 

La mayoría de las personas que quieren aprender el putonghuá, lo quieren aprender para hacer negocios con China. Justamente por eso la profesora Bacino enseña este idioma en la UADE. Pero al ser el chino un idioma tan complejo, es prácticamente imposible aprenderlo si uno no está realmente interesado en la cultura. Es decir, en lo que el idioma nombra. Y cuando hablo de cultura china no me refiero a la historia de las dinastías. No hace falta interesarse por los 5000 años de historia china, pero sí es indispensable que haya algo de China que atraiga al estudiante, más allá de los negocios. Después de todo, para hacer negocios con los chinos se puede utilizar el inglés.

Pero a mí no me interesa cómo hay que enseñarle chino a los estudiantes de negocios o de relaciones internacionales. Lo que veo con preocupación como padre de dos niños en edad escolar, es que en Argentina no hay absolutamente nadie que esté pensando en cómo el país afrontará en los próximos años una cada vez más creciente presencia china. Todos los líderes políticos, empresariales y académicos saben perfectamente que China es nuestro segundo socio comercial y este año el principal inversionista extranjero. Saben que China tiene intereses estratégicos en Argentina, que en 5 años muy probablemente sea el principal socio comercial y que la relación entre ambas naciones es un viaje de ida. Y saben que en aproximadamente 10 años China será la primer potencia económica del mundo (proyecciones del Fondo Monetario Internacional y del HSBC, entre otros). Sin embargo, inmersos en sus propias mezquindades y ambiciones, nuestros “líderes” una vez más le dan la espalda al pueblo que los sostiene (ya sea con su voto o con su trabajo).

Considerando que lograr un nivel más o menos aceptable de chino requiere -fuera de China- unos nueve años de estudio, todo aquel que empiece a aprender el idioma en marzo del 2012, probablemente lo hable decentemente para cuando ya China sea el principal socio comercial (e inversionista) de Argentina desde varios años antes y la mayor potencia económica del mundo. ¿Cuántos empezarán a estudiarlo en 2012 y lograrán hablarlo en el 2021? Muy pocos. Y casi todos serán estudiantes de la clase alta y media alta.

En la última década Argentina se ha dedicado fervientemente al monocultivo de la soja transgénica para exportar a China. Nuestros líderes políticos y empresariales han evitado sistemáticamente el debate sobre las ventajas de esta política económica. Lo que está claro, más allá de ventajas y desventajas no tan fáciles de mensurar, es que la soja transgénica es un paquete tecnológico que prescinde del campesino. De esta manera el campesino y su familia han migrado hacia los márgenes de ciudades como Córdoba, Rosario y Buenos Aires.  Es por eso que en un país que ha crecido durante ocho años “a tasas chinas”, se ha duplicado o triplicado la población en las villas miseria. Mucha de esta gente se dedica a cartonear. Los cartones que recogen son los cartones que las familias pertenecientes a la clase media alta y alta tiran a la calle una vez que han desenvuelto sus televisores, dvds, electrodomésticos, etc. Todos provenientes de China.

Este es el proceso vivido hasta ahora en la relación entre ambos países desde comienzos de siglo, pero desde 2011 hay un nuevo factor que es el de las inversiones directas de China en Argentina. Las inversiones son promovidas por el gobierno chino y las empresas -estatales o privadas- responden a objetivos determinados por el gobierno. Acá es importante aclarar que no hay intenciones diabólicas de parte del gobierno oriental, simplemente hacen lo que consideran mejor para su país. Algo que en Argentina no se acostumbra hacer.

Las empresas de capital europeo irán siendo reemplazadas por las de capital chino. Y acá es importante recordar que la comunidad china en Argentina ya suma unas 120.000 personas y seguirá creciendo. Para dentro de diez años habrá muchos jóvenes de origen chino que hablarán los dos idiomas y que probablemente estén mejor preparados que nuestros hijos ya que las culturas del lejano oriente dedican más tiempo al estudio que nosotros. En un futuro no muy lejano, para aquellos trabajos que requieran cierta especialización, a los argentinos “originarios” no les será fácil competir con los de origen chino.

Considerando que entre las tareas fundamentales del Estado está la de crear oportunidades de trabajo y la de velar por la igualdad de oportunidades, se hace urgente la necesidad de promover una campaña de alfabetización del idioma chino en las escuelas públicas argentinas. Tenemos cómo hacerlo sin necesidad de recurrir a la ayuda del Estado chino, aún cuando esa ayuda pueda ser bienvenida. Con respecto a la “mano de obra” contamos con una generación de jóvenes de origen taiwanés que ya son argentinos de hecho. Muchos de ellos son actualmente profesores de chino. En lo que respecta al financiamiento, con sólo crear un impuesto que grave el 1% en la facturación del las empresas multinacionales exportadoras de granos, se beneficiaría a decenas de miles de argentinos de las clases menos favorecidas.

Lo único que está haciendo falta es la voluntad política. Y si nuestros líderes no la tienen, somos nosotros –aquellos que de alguna manera estamos relacionados con China- los que debemos unir fuerzas y reclamar por la enseñanza gratuita del idioma chino para niños y adolescentes. Por supuesto, la enseñanza del chino no debería ser impuesta, sino destinada sólo a aquellos que la deseen. Que son los que lo van a aprender.

 

 
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