Anuncio
Comunidad | Sociedad | Educación e Idioma | Ciencia y Tecnología | Turismo | Contribuciones | Guias | Agenda | Nosotros | Radio | Contacto | Revista

El aporte de la inmigración china a la sociedad argentina

Comunidad
Multithumb found errors on this page:

There was a problem loading image http://www.revistaenie.clarin.com/rn/edicion-impresa/Radiografia-imperio-forjado-trabajo_CLAIMA20130727_0015_4.jpg

Celebración. La llegada del año nuevo concita cada vez más gente en el barrio chino de Belgrano.

Como parte del informe “Una trama tejida con hilos diversos” de la revista Ñ, Román García Azcárate presenta un panorama de las características de la colectividad china en Argentina, “presente en todo el continente y sobre la que poco se sabe”. El periodista revisa la llegada de personas y productos desde China a América desde 1565, a Estados Unidos y América Latina, y analiza los motivos de la migración.

El artículo incluye la columna "Cincuenta por ciento chino"de Gustavo Ng, director de la revista Dang Dai.

 

- Radiografía de un imperio forjado en el trabajo

Por Roman Garcia Azcarate

A lo largo de los tiempos, tan diversos han sido los motivos que hicieron emigrar de su inmenso país a los chinos, como las dificultades que encontraron en los lugares de destino.

Desde que el primer galeón procedente de China anclara en Acapulco en 1565, numerosos navíos atestados con porcelana y tejidos de seda llegaron desde allí, pasando por Manila y a lo largo de 250 años, a México. Pero la migración real a tierra azteca se inició bastante más tarde: las guerras del opio mediante las cuales Inglaterra, aliada con Irlanda y Francia, forzó la entrada de esa droga en territorio chino ocasionaron la destrucción de las instituciones imperiales y largos años de saqueos, hambre y represión. La situación fue expulsando a cada vez más gente.

Otro de los países que más los atrajo desde un comienzo, Estados Unidos, promulgó luego leyes que los discriminaban, tanto limitándolos a profesiones despreciadas –por ejemplo la lavandería, por entonces considerada labor de mujeres–, como prohibiendo su radicación. Esto dio lugar a redireccionamientos a Colombia y Panamá, entre otros países, sin que la nueva diáspora bastara para liberarlos de los estigmas. Se los buscó sobre todo como mano de obra barata, se los maniató largamente a través de contratos esclavizantes y, a sabiendas de su competitividad económicamente peligrosa, se los forzó a re-emigrar de diversos modos y bajo condiciones tales como la prohibición de viajar con sus mujeres.

Un futuro mejor

El desplazamiento migratorio chino ha encontrado sus principales motivos en las expectativas de prosperidad económica, condiciones de vida y seguridad favorables y reunión familiar. Eso ha movido cantidades importantes de personas desde Taiwán, Macao y el sector continental de China hacia el resto del mundo, espontáneamente. Pero también presionadas o seducidas por organizaciones que las introdujeron en los países receptores con documentación falsificada o sin papeles, obligándolas a trabajar cautivas hasta saldar las deudas contraídas –voluntariamente o no– al cerrar el pacto que daba lugar al viaje, por lo general a través de terceros países.

No es ésta la forma en que la mayor parte de los inmigrantes chinos ha arribado a América Latina, pero la operatoria marca una de las actividades más transitadas por las sociedades delictivas chinas –las de índole mafioso se denominan tríadas por la estructura de células de tres integrantes que las forman.

Según el traductor y actor Chang Hung Cheng, que acompaña a Ricardo Darín en la película de Sebastián Borensztein Un cuento chino , no hay en la Argentina suficiente volumen de negocios para atraer las tríadas. Nacido en Taiwán, Cheng vive entre nosotros desde hace 18 años. “Aquí, a lo sumo, quienes delinquen son delincuentes comunes”, dice.

En la vereda de enfrente del crimen organizado, se destacan la ayuda mutua y la solidaridad que ponen en práctica los chinos entre ellos, a través de asociaciones que los agrupan sobre todo por sus regiones de origen: Fujián, Shandong, Taiwán, entre otras. Superan la docena en Argentina, donde “el 53% de los chinos encuestados señaló que al ingresar recibió algún apoyo económico de sus paisanos. Generalmente, la misma comunidad proporciona el primer trabajo a los que emigran sin ningún capital”, según consigna en su tesis “Influencia de la Migración China en el Río de la Plata”, la Dra. Laura Lucía Bogado Bordazar.

Es muy frecuente también que provengan de una misma familia o un mismo clan y de un mismo pueblo. Disponen así de referencias sobre qué y quiénes los esperan en destino. Otras redes chinas comprenden un ámbito –internacional– más amplio. Se estima que 14 millones de chinos radicados en ultramar constituían ya en la década de 1970 el mayor poder económico asiático después de Japón. Esto cobra relevancia ante la hipótesis de que las comunidades chinas en el extranjero lleguen a ser una cabeza de puente que favorezca el desarrollo de estrategias político-económicas entre Beijing, Taipéi y los países de ultramar.

Productivos a más no poder, desplegados en las grandes ciudades de todo el territorio latinoamericano, los inmigrantes chinos que la mayoría conocemos trabajan de la mañana a la noche, evitan los gastos y descansan en algún momento del fin de semana sólo porque los demás lo hacemos. Han traído a sus esposas con enorme esfuerzo y, cuando el tipo de cambio los favorece, mandan dinero a otros familiares en Asia. Con excepción de quienes a partir de 1949 huyeron espantados de que el régimen comunista se apoderara de sus bienes, llegaron sin capital monetario. De un modo u otro, todo lo reunido por esos migrantes pobres lo hicieron entre nosotros como cualquier cristiano, musulmán o judío: con sangre, sudor y lágrimas.

Eso sí, cuando se enriquecen –ellos o sus familias pueden llegar a poseer unos 10-12 autoservicios muy rentables, por caso– difícilmente se resistan a manejar un auto propio de alta gama. Por lo demás, no se los diferencia de quienes avanzan lejos de esa posición. Todos han traído como mochila una cultura del trabajo a menudo excesivo, que deja pocos resquicios para disfrutar de otras instancias de la vida.

En el Brasil actual, donde hay establecidas unas 30 compañías estatales chinas, el 42% de los ejecutivos brasileños empleados en ellas cambia de trabajo al año. Se quejan de que los directivos chinos no entienden su cultura y, entre otras cosas, su tendencia a desarrollar relaciones personales con los compañeros de trabajo. Sobre una población total de 194 millones de habitantes, la proporción de chinos migrados a Brasil es inferior al 0,5%. Es raro que los descendientes de tercera generación hablen el idioma de sus mayores. Estos provinieron sobre todo de la China continental, pero también de Taiwán, Hong Kong y la ex colonia Macao, donde los idiomas principales son el cantonés y el portugués, lo cual facilitó mucho la adaptación al país de llegada.

Para el año 1613, Perú contaba 38 chinos radicados allí. Sobre una población total de 30.475.144 habitantes, hoy ese país concentra 1.300.000 chinos o descendientes de ellos, la mayor cantidad reunida en este continente por cualquier nación desde la costa mexicana del Río Grande a la Antártida. En 1849, alrededor de 800 ‘culíes’ (peones) ingresaron contratados para trabajar en las plantaciones azucareras y en las minas de guano de las costas peruanas. Desde entonces hasta 1874, llegaron a ser unos 100.000, casi todos hombres. Reducidos a la condición de esclavos en un principio, representaron no obstante la transición histórica desde ese estado al de trabajadores libres. Muchos adoptaron los apellidos de sus antiguos patrones locales –hay así combinaciones como Wong Paredes, Chang Rodríguez, Fung Pineda–, se mezclaron vastamente con mujeres nativas y dieron a luz también a una considerable prole de ‘tusán’ o peruanos chinos.

Entre la población china latinoamericana no aflora una ideología política definida y sus creencias religiosas incluyen el taoísmo y el cristianismo. Muchos también son ateos. El juego por dinero los concentra en los casinos de modo notable.

Hacer lo que se sabe

Que tantos se dediquen al trabajo en autoservicios y supermercados (alrededor de un 30% de la facturación de ese rubro en Argentina les pertenece) obedece en gran medida a que no necesitan buen manejo del idioma local y a que dicha actividad es tradicional en Fujián, de donde llega el grueso que la desarrolla: hacen aquí casi lo mismo que en su provincia. Los de Cantón tienden más al renglón de los restaurantes, inferior en magnitud.

Los millones y millones que viene invirtiendo el gigante asiático en toda América Latina siguen en aumento. China compra tierras y las explota, instala industrias y trae tropa propia, aunque menos de la que querría por las limitaciones que le imponen los gobiernos locales.

Las sociedades de cada país van absorbiendo la nueva tanda de inmigrantes, que llegan con un nivel de instrucción promedio mucho más elevado a través del personal jerárquico venido con las inversiones. Los ultra trabajadores que los precedieron preparan a sus hijos en las mejores instituciones educativas. Han ahorrado hasta el límite y pueden financiarles carreras universitarias que los catapulten lejos del destino laboral que tuvieron ellos. Habrá después quienes cierren el círculo sumándose desde aquí a las empresas y los directivos venidos del ya no tan lejano Oriente.

La nota en Revista Ñ

 

Cincuenta por ciento chino

Por Gustavo Ng

Mi padre es chino. Mi hermana y yo somos medio chinos y cuando supo mi historia, la jocosa dueña del restaurante Lai Lai, del Barrio Chino, llamó a mi hija “Veinticinco Por Ciento”.

Mi padre llegó desde Hong Kong en los 50 y se casó aquí con una nativa. No legó a sus hijos relatos familiares, nostalgias de su pasado, futuros perdidos, personas queridas ni el idioma. Nunca entendimos a los extranjeros que lloraban su patria perdida. Crecimos huérfanos de China y con mi padre solo frente a la exultante familia de una matrona vasca, que nos enseñaba a recitar nuestros apellidos “Orduna, Alastuey y este: Iturriberrigorrigoñigoycoerrotaberrigoychea”. Mi apellido chino es Ng.

Desde 1980, fuertes olas migratorias de taiwaneses y fujianeses instalaron en la vida porteña rotiserías, restaurantes de tenedor libre, bazares de fantasías chinas. Y los supermercados. En los días del estallido social del 2001 Wang Zhao-He, el dueño de uno de ellos se hizo famoso frente a una cámara de televisión, llorando desconsolado: le saqueaban el supermercado, todo su trabajo, la descomunal empresa de venir a instalarse al país más remoto del mundo, el futuro de su familia. También aparecía una viejita argentina que se acercaba, le tocaba el brazo, intentaba consolarlo. Otros argentinos también querían consolarlo, lloraban con él. El intercambio de los pueblos a veces toma rumbos impredecibles.

La columna en Revista Ñ

 
Anuncio
Anuncio

DE ACÁ A LA CHINA

ENCUESTA

¿Qué le atrae más de China?